Luis Felipe Valenzuela

Todo por nuestro Chávez

Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Por extraño que parezca, cuando me confirmaron el deceso del presidente Hugo Chávez no pensé en los venezolanos que lo odiaban, sino en los cubanos que viven en Miami. Tanto que han esperado la muerte de Fidel Casto y, aún así, se fue primero el creador del socialismo del siglo XXI. Ironías de la vida, me dije.

Porque de haber fallecido Castro a los 58 años, tal como le ocurrió a Chávez, ello hubiese pasado en 1984, antes de que la Perestroika se echara a andar. Y más allá de los datos sardónicos, pues no es agradable ni cristiano desearle la muerte a nadie, el sufrido fin del mandatario del país más petrolero del continente revela muchas de nuestras contradicciones, siempre tan proclives a los juicios a priori, ya sea para descalificar sin piedad o bien para enaltecer más de la cuenta.

Chávez encarnaba ese comportamiento en su versión tropicalmente folclórica. Por un lado, entre quienes lo detestaban en Guatemala por imponer un régimen intolerante y férreo, abundan los que venerarían a un presidente que, al estilo totalitario, no diera margen a manifestación alguna que interrumpiera el tráfico y que, por orden expresa de los mandos gubernamentales, protegiera a la minería y cuanta inversión -legítima o no- se acercara al país, si fuera necesario con el apoyo de las fuerzas armadas.

Por otro lado, entre quienes le quemaban incienso al Comandante y lo consideraban un héroe antiimperialista, no faltan los que odian el militarismo y vociferan cada vez que el actual gobierno se decanta por elegir exoficiales para ocupar algún puesto. Sin embargo, el uniforme de Chávez no les molestaba. Ni siquiera les ofendió que le diera cobijo a Romeo Lucas cuando, ya muy enfermo, se marchó a vivir a Caracas. En fin, como es usual, las extremas y sus círculos de influencia, que son extendidos, hacen del argumento una pieza acomodaticia de acuerdo con su visión del mundo.

Como todos, Chávez tuvo luces y sombras. Aquí se le temía y en serio. Pero también se le añoraba. En ese plano, nuestra clase política y su corrupción insaciable nos lleva sin pestañear hacia un precipicio de consecuencias inimaginables, que pone en peligro esta púber democracia. Aunque carezcamos de petróleo. Y precisamente quienes vituperan a Chávez y a su herencia populista son quienes a diario contribuyen, con su estrechez mental y su conservadurismo a ultranza, a que algo muy similar, pero con atrofias locales, nos golpee más pronto que tarde.

Y por su lado, quienes glorifican su retórica bolivarina y sueñan con su boina roja de medio lado también le hacen el juego a nuestro fallido sistema y erosionan esta precaria estabilidad con sus peticiones imposibles y sus obsesiones ancladas en el pasado. Es deleznable odiar a Chávez por haberle dado al pobre, pese a lo disfuncional del método; es patético adorarlo porque hablaba mal de Estados Unidos. Negarle su carisma y su habilidad como líder es mezquino.

Pero ver hacia otro lado y soslayar su despilfarro del boom petrolero, así como su desprecio por la libertad de prensa sería insensato. Mientras tanto, la vida y sus ironías. Fidel Castro está vivo. La libertad en Cuba no levanta cabeza. El obsoleto bloqueo sigue en pie. Y aquí, sin sonrojo, vamos construyendo nuestra próxima debacle. Me pregunto: ¿Por qué citamos tanto a Einstein y seguimos esperando resultados diferentes haciendo siempre lo mismo? ¿A alguien se le ha ocurrido que mientras menos pobres, más consumidores? ¿Será que solo con transferencias condicionadas se logra eso, o habrá que estimular en serio a los emprendedores creativos que respetan la ley? ¿Por qué somos tan permisivos con el comercio ilícito? ¿Cómo aceptar que haya tantos empresarios que aún defiendan con garras sus privilegios? ¿Por qué el Estado rehúye sus obligaciones regulatorias? ¿Quieren saber de qué somos capaces los guatemaltecos? Pregúnteles a los migrantes; ellos tienen la respuesta.

No Nicolás Maduro con sus arengas lacrimosas. No Evo Morales con su teoría del envenenamiento. Pero, ciertamente, tampoco muchos de los discípulos de Manuel Ayau.