Luis Felipe Valenzuela

Habemus duda

Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Hay, como mínimo, dos maneras de leer la renuncia del papa Benedicto XVI: una, que el Santo Padre deja su inmenso poder, consciente de que no es capaz de desempeñar el cargo por su avanzada edad; otra, que las revelaciones de su mayordomo, sumadas a terribles hechos ilícitos a lo interno de la Iglesia, lo perturben tanto que lo obliguen a refugiarse en un monasterio a la espera de su destino final.

Si la razón de su salida es la primera, mis respetos para Joseph Ratzinger. No es fácil declinar el homenaje permanente y la reverencia incondicional de millones, por una vida apartada y discreta. Sería, en todo caso, un enorme acto de humildad y de consecuencia, digno de elogiarse.

Ahora bien, si se trata de algo que se asemeja más al segundo argumento, tal vez el hoy Papa Emérito haya desperdiciado una inmejorable oportunidad para pasar a la historia como un líder fuera de serie y hasta superar a su célebre antecesor. Baso mi especulación en datos noticiosos: el primero, que Ratzinger solo entregará el informe completo de la situación que enfrenta el Vaticano a quien lo suceda en la silla papal.

A nadie más. El segundo, que en el camino a ser electo, en 2005, describió las responsabilidades que se le avecinaban como “la guillotina”. Y si alguien de los “papables” de aquellos días sabía a lo que iba, ese era el teólogo alemán. ¿Por qué describir el puesto de Sumo Pontífice como “la guillotina”? ¿A qué clase de presiones es sometido el sucesor de San Pedro cuando lo proclaman como tal? Es preciso recordar que la Iglesia es una institución humana, formada por gente de carne y hueso que igual sufre de tentaciones y de tropiezos.

Llevar sotana no garantiza estar exento de nuestra tan mundana vocación hacia el pecado. Cualquiera que se decanta por el oficio religioso se ve sometido, no solo a un escrutinio de mayores exigencias, sino además a una condena mucho más severa cuando, por la razón que sea, se resbala. Abundan los católicos que expresan desencanto por la falta de modernización en las estructuras eclesiásticas. Quisieran, por ejemplo, que se aboliera el celibato.

Pero también existen otros que ven descabellada y perversa esa propuesta, y que preferirían un clero pintado en tonos de ultra conservadurismo. Opiniones no faltan. Lo cierto es que, paralelamente, hay aspectos políticos en juego. Guatemala es un país en el que, cada vez más, el protestantismo va ganando adeptos.

Resulta incontable la cantidad de iglesias neopentecostales que se abre en el interior. Además, buena parte de la elite económica no termina de perdonarle a la curia local su apoyo a causas populares, en algunos casos llegando al colmo de asegurar, sin pruebas, que hay obispos anti desarrollo que reciben millones de euros para oponerse a proyectos de inversión. Hasta rencores de la lucha armada quedan.

En fin, volviendo al tema original, el trabajo del Papa no ha de ser fácil. Yo fui bautizado católico y, aunque no voy a misa los domingos, me sigo contando entre su feligresía cautiva y crítica. Respaldo el planteamiento de la Conferencia Episcopal en cuanto a la creciente conflictividad que nos amenaza. Rezo todas las noches y agradezco a Dios amanecer vivo cada día. Apoyo la libertad de culto y jamás me peleo con nadie por no suscribir mis creencias.

Lo que sí detesto es que hagan negocio con la religión. Que se aprovechen de un púlpito o de una tarima para forrarse de dinero, a costa de vender la salvación divina. En eso, me choca cualquiera que se las lleve de “elegido del Señor”. Sobre todo, si va con guardaespaldas y blindada. Ojalá el próximo Papa se atreviera a renovar a la Iglesia para acercarla más a la gente.

Para lograr poco a poco que quien se presente como integrante de la grey, le dé vergüenza tolerar el racismo, la oprobiosa desigualdad, la limpieza social, los negocios vende patrias y los privilegios clientelares.

Así, el grandioso ejemplo de Cristo dejaría de ser solo parte del discurso y pasaría a gobernar las acciones diarias de quienes, católicos o no, se presenten como “buenos”.