Luis Felipe Valenzuela

Apático - Indiferentes

Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

Nuestra sociedad es indiferente y apática hasta los tuétanos. Desentendida de sus terribles problemas, prefiere ver hacia otro lado y dejar hacer. Aquí todavía hay secuelas del miedo surgido durante el conflicto armado, cuando las reuniones de más de tres eran mal vistas.

A lo que se añadió la ola de pensamiento que venera el individualismo extremo, así como una bola de gritones antidesarrollo, cuyo conservadurismo se disfraza de “progre”.

Vaya coctelito para un país donde la violencia ha sido recurso recurrente para “arreglar” sus asuntos.

Vaya tragedia doméstica. Todo ello ahuyentó la posibilidad de que la gente entendiera la vital importancia de los intereses colectivos; esos que debemos defender con tareas ciudadanas y acuerdos sensatos.

Escribo lo anterior a propósito del condenable y cobarde asesinato de dos niñas, ocurrido la semana pasada.

Fueron muchos los padres que me dijeron cosas como esta: “Cuando oí la noticia, lo primero que pensé fue en abrazar a mis hijos y en darle gracias a Dios por tenerlos vivos a mi lado”.

Palabras más, palabras menos, ese era el discurso. Y yo lo entiendo, porque es una reacción humana frente a un crimen de tan ruin calaña.

Lo que me perturba es que no pasemos de ese amoroso abrazo y que buena parte de nuestra respuesta sea vociferar para que se aplique la pena de muerte.

El odio nos corroe; nos urge la venganza. Y, aunque lamento admitir que eso también es comprensible desde la perspectiva humana, pienso a la vez que el liderazgo nacional debería salir, sobre todo en casos como este, a pedir cohesión entre las personas, a presionar para que se esclarezca el horrendo asesinato y a transformar la indignación en acciones.

De más está decirlo, pero no veo en la pena capital la tan ansiada solución. Y me choca que el argumento declaradamente a su favor sea usado en forma burda por tantos políticos o por aquellos que se regodean al satanizar a los derechos humanos, pero no proponen nada.

Y yo rechazo la idea de “defender” al asesino o de tratarlo como si fuera un angelito; prefiero prevenirlo como tal.

La criminalidad existe y punto. Hasta en las sociedades con instituciones fuertes hay desquiciados que, de pronto, se meten a una escuela a disparar. Es bueno meditarlo: si la consigna es “ojo por ojo”, dentro de poco “nos quedaremos todos ciegos”, como decía Gandhi.

Prefiero entonces basarme en las ideas de Cardoza, en cuanto a contrarrestar el refrán de “cría cuervos y te sacarán los ojos”, con el de “cría ojos y te sacarán los cuervos”.

Y eso se logra con una vigorosa sociedad que no permita que sus políticos se burlen de ella, haciendo propaganda anticipada, violando la ley con descaro, o bien comprando diputados o funcionarios, sin que el mismo presidente interponga una denuncia para que el Ministerio Público investigue sí o sí. La realidad violenta de Guatemala es vertiginosa. Demasiado.

Pero ni eso exonera a los medios de comunicación de darle seguimiento a noticias tan abominables como la que motiva este artículo. Afirmo de nuevo lo dicho tantas veces: aquí el escándalo de la semana es sustituido por los dos de la semana siguiente.

Lo cual marca, asimismo, el comportamiento social de la mayoría de la gente, que se traduce en indiferencia, apatía y desidia patológica hacia nuestros graves problemas.

No basta con abrazar a los hijos cuando sucede una desdicha tan aterradora como la de las dos niñas asesinadas; es urgente trascender de ese abrazo e ir en busca de la justicia.

Solo así podremos prevenir que mañana las víctimas sean nuestros hijos, y otros los padres que le den gracias a Dios de que no les tocó a ellos en esa ocasión.