Luis Felipe Valenzuela

Que se acabe

Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7

El mercadeo oportunista y superficial, que nunca falta, se ha aprovechado, a su modo, de la celebración del 13 B’aktun. Las charlas y las películas, así como algunos inflados documentales, hicieron negocio aquí y sobre todo allá con este nuevo ciclo maya.

Todo para explicar las teorías del “fin del mundo”, para nada relacionadas con la espiritualidad de los pueblos originarios y el magno acontecimiento. Por suerte, el tema ya no es si el planeta colapsará o si pasaremos tres días a oscuras. Hay expectación de lo que ocurrirá en Guatemala entre el 20 y el 21 de diciembre.

Pero tal vez más en países lejanos de aquí. Y no descarto que ello sea otra variante de nuestro ancestral racismo. Aunque lo que me mueve a escribir acerca de esto sea otra de las aberraciones que nos distinguen. Existe cierta decepción de parte de los operadores de turismo por la comparativamente escasa raja que se le ha sacado a esta conmemoración histórica, científica y social.

Al lado de lo que México ha vendido en este aspecto, pareciera que quedamos muy rezagados. Y eso pese a que, según los registros del Inguat, el número de visitantes ha subido en los últimos meses. Por su lado, la mayoría de organizaciones indígenas se siente desencantada por la visión que el Gobierno impulsó para, supuestamente, darle realce a la fecha.

Lo que me lleva a concluir en que, de nuevo, no hubo acuerdo posible. Exactamente igual a como sucede en materia política y económica. De manera idéntica a como en un condominio no se alcanza un consenso para que quienes poseen mascotas no perturben, con sus minas, a quienes detestan el cuidado de animales domésticos. O las gracias del Congreso, que en su accionar pusilánime pone al borde del precipicio la ya de por sí precaria gobernabilidad de la Guatemala del tercer milenio.

Nadie me lo está preguntando, pero a mí sí me gustaría que el mundo se acabara este viernes. Este mundo de desigualdades extremas, digo. De obstinaciones cerriles que desembocan, sin rubor, en la explotación del hombre por el hombre. El mundo de la violencia intrafamiliar que se ejerce, con la naturalidad más cruel, en hogares de todos los estratos sociales.

El mundo de la corrupción obscena. El de los sicarios que apenas son adolescentes. El de los enfermos que se mueren por falta de medicinas. El de los vociferantes que piden cosas imposibles para no perder su financiamiento o el del cinismo de élites que cavan su propia tumba y que se llevan consigo a millones de personas. Ese mundo sí quiero que se desmorone.

Ese que irrespeta a los débiles, incluidos los niños, los ancianos, los ríos y los árboles. El que atropella a la incipiente justicia con sus embestidas implacables para asegurar la impunidad. El de las matanzas como la de Tactic o la de Connecticut. En fin, tantas cosas. Hay quienes ven en el Oxlajuj Baktun una oportunidad para que, en vez de acabar con esta situación tan ruda y despiadada, podamos modificarla para enmendar nuestros yerros históricos, y así dar el salto hacia un contexto menos tóxico.

Se me ocurre ahora mismo que los mestizos debemos acercarnos más, y sin prejuicios, a la cosmovisión indígena. Entender, de una buena vez por todas, que somos un país pluricultural. Dejar de ser tan etnocentristas. Y en el caso de nuestros líderes, comprender que hay muchas vidas en juego alrededor de cada decisión.

El próximo 14 de enero, por citar un caso, puede ser la última senda que se le abra al jefe del Ejecutivo para enderezar el rumbo. Es tiempo ya de que les declare la guerra a los negocios turbios. De que sea un hombre de Estado. De que se atreva a depurar a quienes solo llegaron al poder con vocación de rapiña. Él ha expresado intenciones de hacerlo.

Y la palabra jala, es cierto. Pero el ejemplo arrastra. ¿A quiénes y a cuántos va a destituir, señor presidente? Nombres para la lista no le faltan.