Luis Felipe Valenzuela

Narcos al volante

Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7

El drama lo he conocido casi de primera mano en días recientes. ¿Qué hacer cuando al tener un accidente de tránsito, el otro automóvil es conducido por un narco o por alguien que lo parece?

He aquí el primer relato: una pareja va hacia Puerto Barrios con la idea de disfrutar los paisajes de Río Dulce. Pocos kilómetros antes de llegar, un tráiler frena de manera abrupta. A ellos no les sucede nada, porque van guardando la distancia prudencial.

Pero muy cerca viene una camioneta tipo agrícola, con vidrios ultra polarizados, y se les incrusta en el bumper trasero. Estupor momentáneo. Dolor de cuello. Cinturones salvadores. “¿Estás bien?” “Eso creo”. Respiran profundo y ambos coinciden en la frase. “El que pega, paga”.

Hasta que se bajan a determinar los daños y se encuentran con dos tipos que, haciendo alarde de sus armas, les “informan” que no van a responsabilizarse. En la carretera, el ambiente es desolador. Ella lo detiene a él para que ni siquiera rezongue. Cuando los sujetos se van, solo queda en su memoria la doble mirada prepotente; el despreciable desdén.

Desconsolados, se abrazan y surge el llanto.

Aparecen entonces, de la nada, unos habitantes de los alrededores.

Su sentencia es unánime: “Déjenlo así; con esa gente, mejor no meterse”. Aquí, por lo menos, no hubo autoridades de por medio. Fue tan solo un episodio más de la ley de la selva. Esa en la que no hay Estado al cual acogerse.

La que vivimos en buena parte de Guatemala. Dos días después, una amiga me cuenta otro relato similar. Su esposo conducía por una calle de la zona 10, léase llevaba la vía, cuando colisionó con un vehículo de similares características a las de la historia anterior.

Es decir: agrícola, ultrapolarizado y, como guinda, con blindaje evidente. De este emerge un hombre en obvio estado de ebriedad y con una actitud desafiante. No hay manera de perderse: se había pasado el “alto”.

Pero su discurso altanero e inabordable lo delata. No va a hacerse cargo.

Y entonces decide meterse de regreso a su carro, no sin antes lograr que la patrulla de la PNC que “intenta mediar” en el percance, se decante a su favor y decida que el culpable del accidente es quien iba sobrio y en su vía. Los ajustadores de seguros convocados por ambos pilotos arriban minutos después.

El asunto del “siniestro”, si llegara a tribunales, está más que arreglado, con el parte policial a la medida del infractor.

Los agentes no se amedrentan ni siquiera por los testigos.

Al borracho no hay poder humano que lo saque de su vehículo. Es entonces cuando el ajustador del seguro le recomienda al verdadero ofendido que mejor se vaya; que le dé gracias a Dios de que “le sale barata la broma”. Y que se marche pronto, antes de que la cosa empeore.

¿Frustrante, no? Porque sin pretender criminalizar a quienes comparten nacionalidad con Shakira y García Márquez, hay un detalle que logra determinarse en ese “confuso incidente”: el ebrio era colombiano y adentro de su automóvil había muchos dólares. Irse de allí era, hasta cierto punto, lo más sensato.

¿Cuántas historias similares habrá en nuestro país? ¿Qué consuelo tenemos los ciudadanos comunes y corrientes cuando nos ocurre algo así? Hoy en día, hasta bocinarle a un lento que vaya adelante da miedo. Y que conste: no es agradable escribir esto.

Pero ha de ser peor vivirlo. Que Dios nos libre y nos ampare. Y, sin embargo, no se vale rendirse: alguna manera habrá de no claudicar frente a estas adversidades.

Fortaleciendo la justicia, por ejemplo. No prestándose al juego perverso de la corrupción.

Es lo que nos queda hasta que logremos consolidar nuestras aún muy débiles instituciones.