Luis Felipe Valenzuela

Presos de los presos

Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7

Odio el crimen, sea éste organizado o no. Detesto el despojo inclemente del que somos objeto, todos los días, a manos de maleantes. Y rechazo las acciones sanguinarias de los hampones que mutilan familias por robar un celular. Mi posición es clara: no soy un protector de los asesinos ni de los secuestradores ni de los extorsionistas ni de los ladrones ni de los violadores.

Y, sin embargo, me preocupa que el Sistema Penitenciario sea un caos permanente, siempre a punto del colapso. Que sus cárceles no sirvan ni siquiera como reclusorio y que nunca se espere de ahí un rehabilitado. Que los presidios sean “bombas de tiempo” y que el hacinamiento llegue en algunos casos al 134%.

Pero hay algo que me aflige aun más. Y es esto: que gente universitaria e instruida, que lee noticias con frecuencia, que tiene acceso a la tecnología y que vive razonablemente bien, sostenga y proclame que a los presos debe quemárseles vivos y someterlos a torturas “para que aprendan” y escarmienten.

La justicia es justicia, no venganza. Y aunque rechazo, por necio, el discurso pro Derechos Humanos que no expresa con claridad sus argumentos y termina pareciendo una oficiosa salvaguarda de los peores reos, coincido con su tesis en que tratarlos de manera cruel e inhumana es ponerse a su mismo nivel. O sea rebajarse.

Es cierto que algunos no tienen remedio; que son sociópatas rematados y que jamás serán ciudadanos de bien. No quisiera, ni en la peor de mis pesadillas, pasar una noche con ellos compartiendo sector en alguna celda “controlada” por el Estado.

Como tampoco quisiera algo así para mis amigos decentes que veneran la idea de que haciendo “limpieza social” en las cárceles se arregla la violencia de Guatemala. Por ello, procuro siempre opinar en favor de que las prisiones del país mejoren; abogo porque los reos sean tratados como lo que son: privados de libertad; castigados por el sistema al que han ofendido con delitos.

Es fundamental, asimismo, que no sean las mafias internas las que “gobiernen” los penales. Por ello, como ciudadano, pido que se le asignen más recursos a presidios, porque es urgente (hace décadas) que se construyan cárceles de máxima seguridad y apartados en los que un detenido por accidente de tránsito, no se vea amenazado por un sodomita que guarda prisión por asesinato.

Pero eso lo comprenden poco los que sostienen que a los reos hay que quemarlos vivos como “accidentalmente” ha ocurrido en otros países. Y eso me recuerda aquella mentalidad tan nefasta de que, si en esa comunidad de 75 personas sospechamos que 7 son comunistas, bien vale la pena matarlos a todos para que la duda no quepa de que se ha “exterminado el mal”.

O bien, la consabida respuesta que consideraba explotadores a todos los empresarios, y por ello se secuestraba hasta ancianos para pedir rescate. Lo cual nos remite a las partes cavernarias de nuestra historia reciente. A ese neanderthal mezclado con nazi que tanto nos perturba la inteligencia.

Para que la cadena de justicia funcione como tal es imprescindible que la sociedad, y no solo el gobierno de turno, preste atención al problema. Que lo hablemos con seriedad y sosiego. Que evitemos la cerril argumentación basada en el “razonamiento del hígado”. Repito: Odio el crimen. Detesto el despojo. Rechazo las conductas sanguinarias.

Mi posición es clara: exijo que se arregle –en lo mínimamente posible- la permanente debacle del Sistema Penitenciario. De lo contrario, nuestra maltrecha justicia seguirá siendo rehén de su propia negligencia, así como de sus procesos truncos. Y la gente que lucha todos los días por salir adelante contra el viento y la marea de los vejámenes de los delincuentes, seguirá siendo presa de los presos, una y otra vez.