Luis Felipe Valenzuela

1976/2012

Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7Puedo recordar cada espantoso instante. Cierro los ojos y siento el hamaqueo iracundo e interminable; el turbulento ruido con el añadido de los vidrios cayendo. El estupor tenebroso causado por un monstruo colérico que nadie podía detener.

Y todo a oscuras, en la penumbra del pavor y de la turbación extrema. Lo único que iluminaba aquella pesadilla era la batuta protectora de mi madre, que con su voz aguerrida nos dirigía para situarnos debajo de los dinteles de las puertas.

Fueron casi 50 segundos de horror que, aún hoy, me marcan. Era la madrugada del 4 de febrero de 1976. Afuera, el pánico hacía presa del vecindario en un episodio de lúgubre desasosiego.

Gente en paños menores a la que antes solo había visto en la formalidad de lo cotidiano, o bien de punta en blanco. Tiritábamos más de miedo que de frío.

Nunca olvidaré la tenue luz de una linterna por la que alcancé a ver, con alteración, los anaqueles casi vacíos de una librera cuyos volúmenes yacían amontonados en el suelo.

Mi casa no se había desplomado, pero adentro imperaba el caos. La incertidumbre. El desorden. Mientras tanto, más de 20 mil personas habían perdido la vida en menos de un minuto.

¿Cómo olvidar aquella angustia? Y por ende: ¿cómo no identificarme con la gente de San Marcos que hoy sufre las secuelas de la despiadada e impredecible furia telúrica? ¿Cómo ignorar su congoja y su desesperación?

Que la capital no lo pierda de vista: si la “decisión” de la naturaleza se hubiera corrido unos kilómetros, aquí estaríamos lamentando innumerables pérdidas humanas y materiales.

Escasearía el agua. La energía eléctrica no abundaría. Tal vez tampoco los celulares. Veríamos colas en las gasolineras.

Dormiríamos en carpas. Muchas viviendas, de pobres y de ricos, estarían reducidas a ruinas, ya fuera por estar mal edificadas o por situarse en laderas vulnerables.

Por ello, no ha dejado de golpearme que tantos citadinos para quienes la mañana del 7 de noviembre no pasó de ser un susto, apenas presten atención al drama que vive el occidente del país. La actitud es harto conocida. También nos afecta en lo político.

O en lo ciudadano, para decirlo mejor. El terremoto de la semana pasada debe llamarnos a la reflexión en múltiples campos. Uno, en el de la supervisión que se ejerce sobre las construcciones.

Hay estafadores que por negligencia o dolo engañan a la gente. A mí ya me ocurrió con un arquitecto. Y las leyes, en estos casos, ponen en desventaja a la víctima. Demandarlo puede salir más caro que las reparaciones.

Y no lo denuncio en este espacio, porque no me aprovecho de mi columna para asuntos personales. Pero claro: pronto lo haré público por medios legítimos y éticos de acuerdo con mi profesión de periodista.

Pregunto: ¿dormirán tranquilos aquellos que, conscientes de que han hecho mal una obra, saben que en un país sísmico pueden causar muertes? La lección de 1976 no la aprendimos del todo. Los primeros años hubo más cuidado, pero con el tiempo la tendencia fue hacia el relajamiento.

Aquí se sigue construyendo donde no se debe y con los materiales anacrónicos. Muchas veces, por pobreza. Pero también por timos en que al cliente se le da gato por liebre.

Por experiencia propia recomiendo: si usted se lanza a la hermosa (aunque ardua) tarea de construir algo, busque siempre una segunda opinión. La falta de escrúpulos de algunos puede salir muy cara en una zona de alto riesgo como Guatemala.

Y tómelo en cuenta: los constructores tramposos son homicidas en potencia. En cualquier país del mundo, pero especialmente en uno como el nuestro, deberían estar en la cárcel.