Luis Felipe Valenzuela

Sangre en la niebla

Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7

Aunque parezca increíble, la tragedia de Totonicapán estimula a los extremistas que se regodean de que en Guatemala no haya acuerdo posible.

Por un lado, algunos (muchos), que de manera cruel consideran que “ya era hora de que esos que bloquean carreteras sufrieran las consecuencias”.

Por el otro, aquellos que han proclamado que este gobierno es genocida y que ahora, luego de la matanza, “tal como lo advirtieron”, reiteran que la contrainsurgencia salvaje está de regreso.

En ambos fanatismos, sospecho, lo que menos duele es la congoja de los familiares por sus víctimas.

Y lo que menos preocupa es la urgente necesidad de reconciliación para este país.

Pregunta 1: ¿tiene lógica que el Presidente y el Ministro de Gobernación, ambos exmilitares, ordenaran dispararles a manifestantes, a sabiendas del aluvión de condenas que les iba a caer? Pregunta 2: ¿es sensato pensar que los líderes de los 48 cantones, que han demostrado serenidad en sus afirmaciones, provocaran a los antimotines para disponer de mártires? La respuesta, en ambos casos, es NO.

Sin embargo, la polarización suda el encono. Sin grises. Como suele ser aquí.

Vuelvo entonces al infausto 4 de octubre.

Había un preacuerdo alcanzado; los bloqueos estaban por terminar. Pero la desgracia acechaba con sus implacables pájaros negros. Y por ahora no vislumbro una solución satisfactoria para este pierde-pierde.

Tal vez se procese al guardia privado, quien se supone abrió fuego inicialmente; de seguro se encarcelará a cinco o seis soldados.

Pero eso no va a desactivar el conflicto ni hará justicia completa. Tampoco bajará la intensidad de las discordias. Los bloqueos continuarán.

Y quienes insisten en que el Gobierno es genocida, de la mano con aquellos (muchos) que veneran “la limpieza social” cual presea, mantendrán en permanente jaque a la Guatemala del siglo XXI, incapaz de prender una luz de esperanza para que las mayorías sumidas en la pobreza, la violencia y el desamparo institucional obtengan fuerzas como para soportar las adversidades que nos llevan con apremiante frecuencia a potenciar nuestras desventajas, en vez de hacerlo con nuestras oportunidades.

¿Y qué decir de la oposición? Imagino que estarán celebrando que el titular del Interior enfrente semejante cataclismo.

He ahí uno de los orígenes de nuestra errática historia: carecer de una visión de Estado; alegrarnos por la desgracia ajena cuando es “otro” el que ocupa el poder.

Lo hicieron antes los del Patriota durante los años de Colom. Lo hacen ahora los de Lider, ansiosos por ocupar “la guayaba”.

¿Y el Gobierno? Bien, gracias.

Con un manejo precario de la crisis.

Una crisis que se inicia con el tremendo error de movilizar gente armada al área de las tensiones, pero, sobre todo, al no atender a tiempo la conflictividad.

Y, sin embargo, ¿cómo culparlos de intentar reestablecer el orden? No es gracia que se interrumpa el paso en una carretera.

Como se ve, esto es demasiado complejo.

Mientras tanto, ocho familias en Totonicapán lloran y sufren, aunque a pocos en Guatemala les importe realmente su desdicha.

Perturba decirlo, pero creo que en pocos días, si es que no ya, la mayoría estará más preocupada por comprar el iPhone 5 que en profundizar, con seriedad y sin apasionamientos, acerca de este triste e indignante episodio de los muertos en la cumbre de Alaska.