Luis Felipe Valenzuela

Cri cri, entre balas

Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7

Ayer fue el Día del Niño. Y de la Niña, claro está (En paz con la corrección política, aunque más allá de las formas, ser niña e indígena aquí implique una suerte que en realidad es infortunio).

Algunos padres de familia lo celebraron dándoles un regalo a sus hijos; es decir, movieron la economía y transformaron en consumo lo que, supongo, debería ser una fecha para meditar (Por lo menos en casa).

Otros lo recordaron con estadísticas espeluznantes: números contundentes a los que pocos prestan atención (Infinidad de discursos, campos pagados, proclamas, etc.

En muchos casos, puro blablabla). Y hubo, por supuesto, quienes lo ignoraron (Los más).

Escribo esto en una Guatemala que se entera a diario de que infinidad de menores sufren de distintos tipos de violencia (Y no solo los más obvios; es decir: balas perdidas, ataques con arma blanca o maltrato doméstico.

Padecen, asimismo, la falta de acceso a las aulas. El abandono. La desnutrición). En este país, así como se naturalizó la muerte de indígenas durante la lucha armada o la de cualquiera en estos años de posconflicto, ahora nos aprestamos a “acostumbrarnos” a que los niños “también son parte de las víctimas”. (Total, como suele decirse, “si a ese niño lo agredieron, en algo habrá estado metido”).

Fácil deducción de cruel simplismo. Pero muy común. Ya solo nos falta que haya activistas, defensores honorarios de la patria, que pidan que a los recién nacidos pueda llevárseles a la cárcel, por si se convierten en sicarios. (En vez de lograr que la niñez se prolongue lo más posible, la edad promedio de menores que son reclutados por el crimen para matar gente va bajando el apartado de “edad mínima”).

Lo cual nos vuelve una sociedad en la que hasta el niño que asesina es una victimario-víctima. Recuerdo ahora una frase de Pitágoras: “Hay que educar bien a los niños para evitar tener que castigar a los adultos” (Pero aquí, la violencia se aprende en casa; ni siquiera en la tele o en internet, sino por medio de ese comportamiento tan cultural y educativo de los maridos golpeando a sus esposas –en más del 95% de casos­–, o en el viceversa que también existe –para dar gusto a quienes sostienen y vociferan, con un feroz sentido de lo salomónico– que debería de haber tribunales de machicidio, porque demasiadas mujeres le propinan palizas a sus compañeros de vida). ¿Y qué decir del aspecto demográfico? De eso mejor ni hablar.

Los niños son una invaluable fuerza laboral. Y así ayudan en casa (¿Para qué mandarlos a la escuela, si como Población Económicamente Activa la pegan fácil, pues son baratos y tiernamente explotables).

Tampoco es útil hablar de la trata de personas; de esos niños que son vendidos “en línea” a moralistas bonachones que los compran para satisfacer su sórdido y detestable tornillo zafado.

O de esos embarazos tan repetidos entre los 10 y los 14 años que han llegado a cifras de espanto (Me acaban de contar el caso ocurrido en Oriente, en el que un valeroso y progresista varón de 35 años hizo “el favor” de casarse con una niña de 12 a la que había preñado, y seis meses después la devolvió “porque no servía como mujer”). Pero basta de pesimismos. ¿Existe acaso algo tan adorable como un niño? ¿Quién no recuerda al Ratón Vaquero, a La Patita o al Negrito Sandía? Genial Gabilondo Soler.

Y hablando de geniales, refiriéndose a los hijos, la canción de Serrat lo dice claro: “Nada ni nadie puede evitar que sufran” (Y tiene razón. Lo único que pido, desde este humilde espacio, es que no sufran tanto. Que no les metan un tiro. Que nos los apuñalen. Que los mismos padres no los traten como muñecos de trapo.

Que no haya un entorno tan nefasto que los orille a convertirse en pandilleros, matones o ladronzuelos). ¿Cómo recuerda usted su infancia? ¿Verdad que era bonito, a pesar de las ignominias de aquellos tiempos, poder salir a la calle?