Una semana después de la erupción del volcán de Fuego, el dolor y la incertidumbre son latentes

Una semana después de la fatídica tragedia aún hay dolor por los fallecidos y dudas de los vivos de qué pasará con ellos.

Por Juan Carlos Ramírez

La semana pasada caía ceniza y arena expulsada por el volcán de Fuego. Eso era apenas el preámbulo de la muerte que dejó a su paso el flujo piroclástico en comunidades de Escuintla y Sacatepéquez. Una semana después aún hay dolor por los fallecidos y dudas de los vivos de qué pasará con ellos.

Para llegar a San Juan Alotenango hay que pasar por La Antigua Guatemala. Ahí pareciera que de a poco todo vuelve a la normalidad. La ceniza ha sido barrida y los turistas se pasean por la ciudad colonial.

El siguiente poblado es Ciudad Vieja. Ahí celebran el Corpus Christi. Más adelante está San Juan Alotenango. El tránsito está detenido y eso es por el sepelio de cuatro mujeres que murieron en San Miguel Los Lotes, aldea El Rodeo, víctimas de la furia del volcán. No todos los asistentes las conocían, pero si quisieron estar en el último adiós.

Una semana después

Grabriela Corina García Dávila y su hija Meylin Johaly Chávez García estaban con vida el 3 de junio, pero siete días después eran enterradas juntas. Ellas vivían en San Miguel Los Lotes, la colonia devastada, de la que ha quedado un rastro gris de muere y desconsuelo.

En la medida de que avanzan los cuatro féretros, quienes los acompañan se apretujan para ingresar al cementerio general. Detrás, una banda de músicos ejecuta temas como “Más allá del sol”. Comienzan a rodar las lágrimas.

En una fila de nichos son inhumadas Gabriela junto a su hija Meylin. También María Etelvina Charal. Un pastor da un mensaje que no alcanza para consolar el llanto de los familiares. Hasta un mando del Ejército aprovecha la tribuna fúnebre, y con biblia en mano, asegura que está para expresar sus condolencias.

“Salí con Dios y, si ya no regreso, es porque me fui con él”, se leía en el ataúd de Charal, en el también iba una de sus fotografías.

Al fondo del cementerio entierran a Dolores Pérez Paz, de 21 años. La comunidad expresa su dolor. Durante una semana se la han pasado enterrando a familiares y amigos, y saben que posiblemente se verán de nuevo las caras en la empinada calle que lleva al camposanto local.

Realidad

Las cuatro mujeres fueron veladas en el escenario del parque de San Juan Alotenango. En el sitio aún hay cortinas, un crucifijo y otros enseres a la espera de más féretros. Mientras eso ocurre, en frente fueron quebradas piñatas para entretener a los niños.

Inocentes, se empujaban, reían y se lanzaban al suelo por los dulces. Al terminar, regresaban con sus padres a su inmediata realidad; uno de los albergues habilitados en escuelas, iglesias y casas particulares.

A un costado del parque, en la 55 compañía de Bomberos Voluntarios regresaron sin éxitos los socorristas que buscaban los restos de Juan Bajxac y José Antonio Castillo. Dos bomberos de los que ya no se supo nada después de la erupción del volcán.

Daniel Tucux, director de mediación de la procuraduría de los Derechos Humanos, explica que no ha logrado comprobar las denuncias de mal uso de las donaciones entregadas en el centro de acopio o de abusos contra los albergados.

Ruth Espinoza cuida de sus tres hijas. Duerman con ellas y otras siete familias en un aula que es de 1ero. C, es para primaria, y por el momento, son las únicas cuatro paredes en las que las prefiere algo malo. No se puede dar el lujo de otra mala noticia, suficiente ha tenido con no ver su casa por una semana y tener la duda de qué pasará con ella y los suyos.

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