Perdonar es darse permiso para vivir en paz

“Otro de los actos más heroicos y fortalecedores es saberse perdonar a uno mismo. No ser tan cruel con los errores cometidos. No flagelarse ad eternum por haber tomado aquella decisión, y no la que a la vuelta de los años hubiese sido tal vez la mejor”.

Perdonar es darse permiso para vivir en paz

Perdonar es más que un arte; es el oficio puro de la sobrevivencia. Solo se dobla la página cuando uno es capaz de seguir leyendo. O cuando se está dispuesto a escribir nuevas historias. O disponible para permitir que los relatos sigan contándose en la propia piel. Recuerdo ahora a una espléndida mujer que me acompañó durante un tiempo. Su vida no había sido fácil. Sufrió violencia psicológica en casa. Un país hostil hacia su sensibilidad. Y también un par de episodios de abuso con atrocidades de por medio. Sin embargo, su cara siempre sugería la frescura de una mañana nueva. Sus gestos, sin esconder lo vivido, eran un caudal de esperanza permanente. Le pregunté cómo lo lograba. “Aprendí a perdonar”, me dijo. “Solo así me limpio el alma”. Siempre la recuerdo como se recuerda a quienes logran que uno aprenda la vida. Se precisa de un inmenso coraje y de una sabiduría plena para perdonar bien. Aquellos que no lo hacen se carcomen a sí mismos.

La diaria respiración es todo un aprendizaje. Yo quiero aprender a perdonar mejor de lo que lo hago ahora. El arte de la sobrevivencia es el oficio puro del perdón. Yo lo entendí por una mujer, hoy lejana, que me acompaña hasta la fecha con su legado bendito. Pero enfrento una sociedad que, en vez de buscar el perdón, lo que hace es instigar al odio. Sabotear la reconciliación posible. Romper amistades de décadas atrás. Eso duele. 

"Pero aprendiendo la lección, el oficio puro de la sobrevivencia sigue siendo limpiarse el alma. Por ello, perdonar es más que un arte. Perdonar es darse permiso para vivir en paz".

 

No creo en esa manida expresión de “perdón con olvido”. Olvidar es otra cosa. En tal sentido, la defensa y la lucidez radican en una especie de memoria selectiva que nos libra de capítulos horrendos de la existencia, para así no vernos afectados por un fardo emocional que nos impida dar pasos renovados. Abundan las contradicciones en esto. Pero insisto: perdonar sirve de poco si aquello que se disculpa permanece en su idéntico sitio de ofensa y de ultraje. No casa con la coherencia absolver a un criminal si este va a seguir matando gente. Hablo de la impunidad deliberada o de la que se basa en un sistema. Porque con una decisión judicial de ese tipo, lo que se le está diciendo a él y a la sociedad es “vaya y siga haciendo de las suyas”. No funciona tampoco hacer “borrón y cuenta nueva” con un familiar que por sus excesos en las “furias alcohólicas” daña las relaciones del núcleo, si el que recibe la oportunidad de un cariño sanado no asiste a una terapia y solo deja de beber durante tres o cuatro días.

“Perdonando demasiado al que yerra se comete injusticia con el que no yerra”, decía Baldassare Castiglione, escritor italiano. Porque entonces, a las primeras de cambio, lo que no habrá será precisamente eso: el cambio. Y todo seguirá igual. Es importante que exonerar del resentimiento a quien ofende no signifique un permiso para reincidir cuando se le dé la gana. Se necesita que haya voluntad para que las condiciones mantengan el sendero estable que se concede con una indulgencia. Hablo del mundo ideal, en algún sentido. Pero regreso a mi idea original. Perdonar no ayuda tanto al perdonado, como al que perdona. Lo libera. Le quita el plomo del alma. Le da paz.

Otro de los actos más heroicos y fortalecedores es saberse perdonar a uno mismo. No ser tan cruel con los errores cometidos. No flagelarse ad eternum por haber tomado aquella decisión, y no la que a la vuelta de los años hubiese sido tal vez la mejor. Uno de los casos más complicados y dolorosos es perdonarse el no haber seguido los pasos de una vocación. Me refiero a los millones de médicos que debieron ser abogados, o a los millones de abogados que debieron ser escritores. Sobran las frases manidas en esos casos, pero la más común no deja de ser un bálsamo que da fe. “Nunca es tarde para empezar”.

Esa la percibo más acorde con la salud mental y espiritual de los seres humanos. “Perdónalos, porque no saben lo que hacen”, dijo Jesucristo en la cruz. Lo afirmó pidiendo la disculpa divina para quienes le estaban matando injustamente. Esa grandeza es incluso mayor cuando uno intuye que sí sabían lo que hacían. Como ocurre aún hoy. Gente que ofende y que atropella, a sabiendas de que incurre en un vejamen.

Pero aprendiendo la lección, el oficio puro de la sobrevivencia sigue siendo limpiarse el alma. Por ello, perdonar es más que un arte. Perdonar es darse permiso para vivir en paz.