Luis Felipe Valenzuela

Lea

Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7 @lfvalenzuela

El horrendo y deleznable crimen que arrebató la vida a la penalista Lea de León debe poner en guardia a toda la sociedad. Y también despertar nuestra más vigorosa capacidad para indignarnos. Es un asesinato vil, como todos, pero que puede significar un parte aguas en este momento del país. De hecho, ya tiene una incidencia de ese calibre.

Y dependerá de la efectividad de la justicia en esclarecerlo para que, o se transforme en el principio de una tenebrosa seguidilla de episodios sangrientos, o bien en el freno categórico del sistema contra sus enemigos más ruines y sádicos.

El mensaje lo enviaron con el sello que caracterizó a nuestros peores tiempos. Aquellos que se resumen en el título de un libro de Carlos Figueroa Ibarra que se llama “El recurso del miedo”.

Matar a balazos a una connotada profesional del derecho, a plena luz del día, muy cerca de la embajada de Estados Unidos, en hora pico de tránsito y la tarde de un 14 de febrero, cuando mucha gente va a celebrar el cariño, real o ficticio, es una afrenta mayor.

Y no es solo una amenaza directa al gremio de abogados, sino sobre todo un despiadado golpe al régimen. Una bofetada al ministro de Gobernación y un acorralamiento incómodo al Ministerio Público. Mi colega y amigo Edín Hernández, viudo de la abogada, lo dijo con certeza en el sepelio: “No voy a aceptar que me entreguen a un motorista asesino y me digan ‘este fue’…”.

Guatemala entera no puede conformarse con eso como resultado de la investigación. O caen los autores intelectuales, o esto se hunde en un remolino trágico. Lea de León era una litigante con coraje que siempre trabajó con ahínco. Defendía sus argumentos de manera fundamentada y jamás rehuía el debate.

Podía uno estar de acuerdo con ella o discrepar, pero siempre se le vio lúcida y serena en el intercambio de planteamientos. Había ganado prestigio por su valentía; por ser una operadora de justicia que no le hacía el feo a casos difíciles. Era una apasionada de su oficio y fuente muy abierta para los medios de comunicación, en los que, al ser consultada, solía proporcionar más datos de interés que palabrería sin sustancia.

Es decir, no litigaba burdamente por la prensa, sino que compartía sus puntos de vista sin caer en el excesivo manejo ventajista del espacio, como sí suelen hacerlo algunos de sus colegas, a veces “apalabrados” con periodistas que simpatizan con determinadas causas.

Yo le tuve cariño a Lea casi desde conocerla, pues ella fue muy afectuosa con mi padre, abogado también. La encontré un par de veces en casas de amigos comunes y confieso que me impresionaba ver a una mujer tan beligerante en tribunales, en una faceta tan domestica y relajada al lado de Edín y de su hija.

Una niña hoy de ocho años que le adhiere dramatismo y congoja al horrendo y cobarde crimen del que fue víctima, cuando acababa de celebrar sus 50 años y aún tenía tanto qué darle al país. Insisto: todo asesinato es vil y abominable. No hay vida que valga más que otra.

Pero hay crímenes que cimbran a una sociedad. Casos, como este, que por el bien de todos deben esclarecerse de manera prioritaria. El reto que enfrentan el Ministerio Público y la cartera de Gobernación es descomunal. Pero no solo esas dos instituciones.

Es el país completo el que se encuentra en riesgo. El peligro es evidente: o detenemos esta vorágine de sangre ahora, o regresamos al terror de los ochenta. Mi muy apreciada Lea de León no podrá descansar en paz, mientras no sea aclarado plenamente el desalmado crimen que le segó la vida.

Estoy molesto. Dolido. Indignado. Ya no sé ni cómo definir este puñal en el hígado que me llega hasta el corazón. Los ojos claros de Lea y su voz más bien dulce me lastiman la llaga. Esto es apabullante. Perturbador. Repulsivo.

A veces siento vergüenza por ciertos integrantes de la raza humana. Los asesinos de Lea, por ejemplo.

Crimen

“Es un asesinato vil, como todos, pero que puede significar un parte aguas en este momento del país”.

Luis Felipe Valenzuela, director general de Emisoras Unidas