Luis Felipe Valenzuela

Maradona y Klose

Escritor, periodista y director general de Emisoras Unidas 89.7

Estoy abrumado por la corrupción de este país. No solo por la del Gobierno, la del Congreso o la del Poder Judicial. La corrupción como tal; la cotidiana.

Y no porque sea nueva, sino por lo “natural” que se ve Porque, según muchos, quien desaprovecha la oportunidad para “forrarse” o se preocupa por no incurrir en ilegalidades e inmoralidades es un tonto o un retrógrado.

Además, los pocos que se atreven a tocar ciertos corporativismos corruptos que basan su comportamiento en el “hoy por ti, mañana por mí” siempre llevan las de perder.

Lo cual es lamentable y descorazonador.

Recuerdo el relato de un amigo cuya familia le había ganado un caso a uno de los mayores hospitales de Guatemala, y que cuando acudió a un sanatorio de la competencia, no querían atenderlo por el apellido.

Los tribunales de honor de la mayoría de colegios profesionales actúan de manera similar.

Ya sea lavándose las manos a lo Pilatos, cobijándose en normas obsoletas que respaldan al negligente o al estafador, o bien siendo laxos en reprender a un agremiado cuando comete atropellos contra algún cliente.

Dicho claro: la impunidad que protege corruptos no solo se genera en los juzgados, sino también en el diario desenvolvimiento social.

Y lo que es más alarmante: cada vez es vista con mayor frescura.

Todo lo anterior me vino a lamente cuando la semana pasada, revisando efemérides, descubrí que se cumplían 15 años de que el gran Diego Maradona se retirara del futbol.

Fue inevitable para mí recordar dos caras de su personalidad como jugador.

Y, causalmente, las dos muy evidenciadas en un polémico encuentro efectuado el 22 de junio de 1986, en el marco del mundial celebrado en México.

“El Pelusa” hizo dos anotaciones históricas aquel mediodía.

Empiezo por el segundo, en el que se llevó a todo el equipo inglés por delante con una filigrana digna de un elegido; hasta la fecha, es recordado como un gol de ensueño.

Minutos antes, Maradona había firmado el primero, de manera obviamente fraudulenta, pues se ayudó con su diestra para lograrlo.

Es el gol conocido como el de “la mano de Dios”.

Por años oí alabanzas dedicados a aquella “viveza”, a la que describían como parte de las genialidades del inigualable 10 argentino.

Con el tiempo, las críticas cambiaron de tono y hubo cronistas que lo señalaron.

Pero aun hoy, son innumerables los que consideran que fue un “listo” al habérsele adelantado al portero Peter Shilton, 20 centímetros más alto que él.

En contraste, semanas atrás, el jugador alemán Miroslav Klose anotó con la mano un tanto que ponía en ventaja al Lazio, formación para la que juega, y pese a que el árbitro dio por bueno el 1 a 0, el mismo Klose le indicó al réferi que se había ayudado de manera antirreglamentaria, lo cual trajo consigo que el gol se anulara.

Vale decir que el Lazio perdió el partido y que si Klose se hubiera hecho el desentendido, el resultado final hubiera podido ser diferente.

Pero en Klose prevaleció la honestidad, no la “viveza”.

Aunque su equipo haya salido derrotado.

Y ello lo engrandece y lo dignifica, aun y cuando nunca llegue a ser recordado con la admiración futbolística con que se guarda en la memoria colectiva a Maradona.

Acciones como la de Klose son las que necesita Guatemala entre sus ciudadanos para empezar a ver la luz.

Gente que, pese a ser favorecida por un sistema corrompido, se rebele y lo denuncie.

Y que aunque pierda, con sus acciones haga ganar a la causa de la ética por goleada.

Estoy abrumado por la corrupción de este país.

No solo por la del Gobierno, la del Congreso o la del Poder Judicial.

Hablo de la corrupción cotidiana.

Oír a corruptos obvios dándose baños de pureza es algo que cada vez soporto menos.

Un día voy a explotar.

Ya es demasiado.