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La celebración de la Epifanía, conocida popularmente como el Día de los Reyes Magos, marca el cierre de las festividades navideñas en gran parte del mundo hispano. El protagonista indiscutible de esta jornada es la Rosca de Reyes, un pan cuya historia se remonta a la Edad Media en países europeos como Francia y España, aunque sus raíces más antiguas se vinculan a las Saturnales romanas, donde se elaboraban panes redondos con higos y dátiles para celebrar el solsticio de invierno.

Con la llegada del cristianismo, la tradición fue adoptada y transformada para conmemorar la visita de Melchor, Gaspar y Baltazar al Niño Jesús. La forma circular u ovalada de la rosca simboliza para los creyentes el amor infinito de Dios, que no tiene principio ni fin. Por su parte, las frutas cristalizadas o escarchadas que adornan su superficie, como el ate, los higos y las cerezas, representan las joyas incrustadas en las coronas de los Reyes Magos.
Un elemento fundamental de este pan es la figura del Niño Dios escondida en su interior. Este acto de ocultar la figurilla simboliza el momento en que María y José protegieron a Jesús de la persecución del rey Herodes. En países como México y Guatemala, la tradición dicta que quien encuentra al niño se convierte en su “padrino”, asumiendo el compromiso de ofrecer tamales el 2 de febrero, Día de la Candelaria, extendiendo así la convivencia comunitaria.
