¿Se han fijado que cada fin de año la mayoría de nosotros visualizamos los propósitos o las metas que queremos lograr el año siguiente? Hay quienes lo escriben en una servilleta, algunos confían en su poderosa memoria y otros en un archivo de Excel que van actualizando año con año. Independientemente de cuál haya sido el caso, si analizamos las listas de propósitos, probablemente el 50% de ellos conlleva realizar algún cambio, casi siempre con el objetivo de mejorar nuestra calidad de vida. 

Los ámbitos en los que nos podemos enfocar son muchos. Económico, laboral, personal, familiar, profesional, espiritual, etc. El problema es cuando son tantas las mejoras que queremos realizar en nuestra vida, que cuando vemos el testamento de lista de objetivos, perdemos las esperanzas y la voluntad necesaria para poder alcanzarlos.

Quieres lograr tantas cosas, tan difíciles y todas al mismo tiempo, que al final no logras ninguna. Por ejemplo, para 2015 te propones hacer más ejercicio, levantarte al amanecer, tomar vitaminas y comer sano. Todo va bien hasta que ves esa lista interminable de tareas. Te sientes abrumada y comienzas a dudar de tu fuerza de voluntad y de tu capacidad para quitarlas de tu vida de un día para otro. Cada vez que lees la lista, se te van quitando las ganas de llevarla a cabo. Es tanto lo que quieres cambiar o mejorar que no sabes por dónde comenzar. 

A fines de 2014 me encontré en una situación similar. Estaba en frente de una interminable lista de oportunidades de mejora. En ese momento me di cuenta de que, a pesar que había logrado avanzar durante el año pasado, muchos de las metas se volvían a repetir para 2015. 

Una frase se vino a mi mente: “El que mucho abarca poco aprieta”. Claro, quizás no es tan buena estrategia quitarte, de una vez, las cosas que te gustan y sustituirlas por cosas que no te gustan, o por lo menos, que no te motivan lo suficiente. 

¡Bingo! ¿Y si en vez de hacer una lista interminable de ramas y hojas que podar, me enfoco en lograr un objetivo a la vez?  Así, al subdividirlas en pequeñas metas, completarlas me llevará a lograr el objetivo final. 

Allí me di cuenta de que las listas de metas y objetivos se parecen más a una lluvia de ideas que a una planificación estratégica. Sabemos qué queremos lograr, pero no para cuándo. Tenemos claro qué hay que cambiar, pero no cómo lo vamos a lograr.

Parte de la desmotivación en el proceso de consecución de una meta es que, a pesar del esfuerzo que hacemos, no vemos resultados en el corto plazo y eso nos lleva a renunciar. 

El ir logrando pequeños objetivos nos motivará a querer alcanzar el siguiente, y así consecutivamente. Por ejemplo, enfocarte en leer un capítulo diario es más fácil y más accesible que lograr leer un libro al mes. Bajar cinco libras al mes se ve más factible que bajar 60 libras al año, etc.

El objetivo es crear una rutina donde nos concentremos en alcanzar un paso de la meta a la vez, y si algún día fallamos, en vez de sentirnos culpables, enfoquémonos en todo lo que hemos avanzado. Los verdaderos cambios no se logran de un día para otro, se logran a través de la constancia y de la perseverancia. 

Piensa en un objetivo, divídelo en fases, y pon todo tu esfuerzo y dedicación en la meta inicial. Paso a paso llegarás a la meta final.