Una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual.
Según la Organización de las Naciones Unidas “ONU mujeres” 70% de la población femenina sufre de violencia a lo largo de su vida a manos de su pareja.


El pasado 25 de noviembre se celebró el Día internacional de la violencia contra la mujer. Sin embargo, ¿qué sacamos con seguir celebrándolo si, al paso de los años, seguimos en el mismo círculo vicioso y no logramos erradicarlo, o al menos disminuirlo?


El CICAM explica que la violencia contra la mujer tiene un carácter cíclico, que propicia que la afectada no pueda salir y sufra las consecuencias durante muchos años. Es así como se entra en un círculo vicioso, lleno de dolor, rabia, culpa y arrepentimiento.


Hoy quiero compartirles el ciclo de violencia doméstica y sus características con el objetivo de que identifiquemos las posibles señales de alerta que nos ayudarán a  evitar que seamos víctimas de abuso o violencia psicológica, física o sexual.


El hombre abusador posee una necesidad imperativa de demostrar y ejercer el poder y control que posee. Tiende a comportarse cariñoso en público y violento en privado.
La pareja está constantemente tratando de agradarlo y de pasar desapercibida, evitando, a toda costa,  la confrontación y llevando la fiesta “en paz”.


El inconveniente radica en que independientemente de cuánto intente la mujer ser perfecta, él siempre encontrará algún pelo en la sopa que será la razón suficiente para iniciar una discusión. Como el objetivo final es descargar su ira, buscará las excusas que sean necesarias.


En un gran porcentaje, los detonantes de los altercados tienen su origen en los celos patológicos e infundados, llegando a armar verdaderas películas de los “amoríos” de su mujer, controlando cada movimiento que hace y dudando de la información que recibe. “¿Donde estás, con quién, quién te llamó por teléfono?” son algunas de las constantes preguntas que realizan.


Una vez comete la agresión, que no necesariamente tiene que ser física, comúnmente niega lo sucedido o tiende a minimizarlo.  Incluso llega al punto de hacer sentir culpable de lo sucedido a su mujer hasta hacerle creer que es ella la responsable por haber comenzado la pelea, logrando que se confunda y llegue a cuestionarse si realmente tuvo la culpa o no.


Después de la fase de negación o distanciamiento viene la de reconciliación, que es cuando el agresor intenta conquistar nuevamente, comportándose como el hombre encantador y amoroso que era cuando se conocieron. Es en este momento cuando él promete cambiar y utiliza frases cómo: “Nunca más lo voy a hacer”, “lo hago porque te amo”, “no puedo vivir sin ti” ,“tú eres la única que puede ayudarme a salir de esto”, etc.


Toda esta “ternura” produce que ella se quiebre, aflorando el instinto maternal de la mujer. Es aquí cuando comienza a autoconvencerse de que él va a cambiar y que esta vez sí es “la última”. Cayendo en la historia de nunca acabar y en una inevitable relación de codependencia.


¿Cuántas veces le has creído que va a cambiar? ¿Cuántas veces te has jurado a ti misma que es la última vez?


No dejes que pasen por encima de ti, eres una mujer valiosa que merece que la amen y respeten.
Es momento de ponerle un alto a esta situación. Basta de promesas. Los cambios se demuestran con hechos, no con palabras.


Quien realmente te ama te dará caricias, jamás golpes.


No más violencia contra la mujer. ¡No más!