Ser presidente en un país como el nuestro ha de resultar latoso casi desde el arranque. De ahí que solo quienes de verdad aman el poder se metan a semejante camisa de once varas. Y solo ellos aguantan. Jimmy Morales lleva 26 días en el cargo y ya se le nota cansado. E irascible. Y repetitivo.

Tal vez porque el guion se le empieza a desdibujar en cada comparecencia pública, en especial cuando los periodistas le formulan preguntas incómodas (Escribo al mismo tiempo que se disputa el Súper Tazón. En Estados Unidos se consumirán 1,300 millones de alitas de pollo durante el encuentro. Soy franco: no me interesa nada de lo que ocurra en el campo de juego. Y no estoy de humor como para comida grasosa. Son otros los entusiasmados con eso. Allá ellos con su pasión; la respeto. Me quedo con mi taza de café para ahuyentar el frío. Y también con las alas de mi incondicional y a la vez errática esperanza. Me estimula pensar que habrá salida para ver la luz al final de este laberinto de túneles donde la bajeza abunda. Mas no siempre soy tan optimista. Recuerdo una frase que leí hace un par de horas: “El único final feliz es el fin de semana”.)

El presidente no se ha oído bien en las dos conferencias de prensa que ha convocado. La primera vez, por su descontrol frente a la razonable duda de cómo había pagado su estadía en el hotel Adriatika, la cual, de hecho, debió de haber liberado sin vacilar; la segunda, fastidiado por varias preguntas que lo llevaron hasta la penosa situación de pedir grabaciones preparadas o celulares con el tuit listo para leer, como si fueran celadas para los reporteros.

Y ni siquiera ha llegado al mes en estas lides. No se hace ningún favor el mandatario cuando reacciona hepáticamente a los cuestionamientos que le plantean. Además, la dinámica tiene que mejorar. Los periodistas deben lanzar su pregunta puntual, no tres en una.

Y varios de los temas tendrían que adelantarse durante los 10 días previos por medio de su portavoz. Jimmy Morales es un muy buen comunicador. Pero si se disgusta lo arruina todo. Como le pasaría a cualquiera. Un presidente perdido se enoja. Un presidente que se enoja, pierde. Un enojado en la presidencia hace que pierda a la población. Y una población enojada hace que la presidencia lleve las de perder (Coldplay en el medio tiempo del Súper Tazón.

Ni siquiera me da curiosidad qué equipo va ganando. Pero la música me recuerda que ciertas canciones son “un torrente de sangre para la cabeza”. Me viene a la mente la línea de “The Scientist”, una de mis canciones preferidas de esta banda británica: “Nadie dijo que iba a ser fácil”. Y no lo está siendo. Y no lo será. Pero puede ser incluso más difícil si no se endereza el rumbo de inmediato. Urge capacidad de adaptación; en ocasiones, tal y como sucede en el Futbol Americano, la pelota no es precisamente redonda.)

Resulta despreciable el transfuguismo de 57 diputados en lo que va de esta legislatura. Y es triplemente ruin que varios de estos congresistas se cambien de bancada el mismo día que se aprueban las reformas a la Ley Orgánica del Legislativo. Me cuesta entender que FCN Nación haga quedar tan mal al presidente al aceptar a ocho de estos desvergonzados.

Y aunque aplaudo que Jimmy Morales tome distancia de semejante bochorno, de todas maneras no le alcanza. Igual no queda bien. Su rechazo tendría que ser más enérgico. Hasta debiera romper con la bancada oficial, pues de cualquier modo le aporta poco más que nada, o nada para ser exacto. Insisto: en el único sitio donde el presidente debe sumar es en la gente.

Mientras se mantenga vertical en la transparencia y evite los negocios sucios, el respaldo seguirá de su lado (Me sirvo un súper tazón, pero de sopa. Si tomo más café a esta hora, el insomnio hará de las suyas con mis angustias y no habrá ansiolítico que funcione. Sigue el partido. Fuera de Coldplay no me atrajo ningún otro artista del intermedio. Ni Bruno Mars ni Beyoncé. La sopa me sienta bien para el frío. Mi nariz está helada. Prefiero a los vikingos que a los piratas. Amo Netflix).

Va bien el Congreso de la mano de Mario Taracena. El viejo político que se atreve a echar a andar lo que el nuevo político no se anima a hacer. Aclaro, sin embargo, que prefiero calidad y no cantidad en la aprobación y reforma de leyes. Con todo, son varios los diputados que muestran voluntad de intentar algo serio. Pienso entonces en el Presidente de la República. Soy de los que no quieren que él fracase. Y albergo la esperanza, por errática que sea, de que logrará entrar en ritmo. Insisto: no quiero que Jimmy Morales fracase. Aunque me choque y me irrite que le conteste mal a mis colegas reporteros y que los trate “de tú” o “de vos”. Pero deberá subirse cuanto antes al caballo de la lucidez. Un presidente perdido se enoja. Un presidente que se enoja, pierde. Un enojado en la presidencia hace que pierda a la población.

Y una población enojada hace que la presidencia lleve las de perder. Para avanzar, Jimmy Morales la tiene mucho más complicada que un quarterback en un Super Bowl. Le pido por ello que sea decidido, estratégico y cauto. Y sobre todo: honesto.