“Lo bueno es que, de toda esta podredumbre, algo provechoso puede salir. Y recalco el `puede´, porque la resistencia del hampa es y será enorme”.

Me alegra mucho el regreso de la Plaza como instrumento de inspiración ciudadana. Y hablo de un instrumento musical que se afina con los cantos de una Guatemala que se reinventa. Más allá de lo lírico, no me extrañaría que ese sábado de noticias sorprendentes haya coincidido a propósito con la convocatoria a manifestar. Y si así fue, enhorabuena. Resulta fundamental que la gente no desmaye en sus afanes por darle seguimiento a un proceso tan decisivo para nuestro futuro.

La consigna es clara: caiga quien caiga, el paso de la justicia debe mantener su ritmo. Con debido proceso. Con Derechos Humanos. Y también con una serenidad valiente. Es ahora o nunca. O aprovechamos esta, o nos hundimos. Y la Plaza, no solo en su versión sabatina, sino sobre todo en aquella que une esfuerzos y talentos para contribuir con el gran acuerdo, es más que importante en este momento. Importante de verdad. Esencial.

Me espanta cada nueva revelación de la CICIG y el Ministerio Público en cuanto a lo que, según sus investigaciones, ocurría en el gabinete de Otto Pérez Molina. Y me espanta no porque me extrañe, sino por lo despreciable que sugieren los desmanes descubiertos. Es repugnante el desprecio hacia los desposeídos de este país; la falta de solidaridad con quienes apenas logran reunir lo suficiente como para comer cada día. Y aunque estemos acostumbrados al abuso de poder y al saqueo sistemático, los episodios que han venido sucediéndose desde abril de 2015 nos muestran un medio mucho más podrido de lo que la mayoría imaginábamos, incluso en nuestros delirios extremos y monstruosos.

Los atropellos son dignos de una película de gángsters, pero de cuarta categoría. Digamos Martin Scorsese en lumpen. Porque la narrativa de la Guatemala corrupta del siglo XXI encarna personajes despiadados e insaciables, a los que nada ni nadie les importaba. Bien lo dijo el comisionado Iván Velásquez: “El actuar de estos funcionarios refleja un enorme egoísmo”.

Y de comprobarse lo que la tesis de la CICIG y el MP sostiene, aquí hemos asistido a un festín inmisericorde en detrimento de gente que se muere por falta de medicamentos, de estudiantes que asisten a escuelas públicas casi en ruinas, y de millones de niños que padecen desnutrición crónica, lo cual los marca para siempre en la ruta de la desgracia. El diagnóstico nos lo sabemos de memoria.

Pero no deja de ser espeluznante que los casos sigan desfilando de manera interminable, como que si una versión exacerbada de la Caja de Pandora nos hubiera invadido el destino. Lo bueno es que, de toda esta podredumbre, algo provechoso puede salir. Y recalco el “puede”, porque la resistencia del hampa es y será enorme. Y, en su momento, implacable. Por ello aspiro a que la sociedad vaya articulándose en forma tal que, aunque haya tropezones, el recorrido redentor siga. Lo correcto es que los exfuncionarios contra quienes pesa una orden de captura internacional se entreguen cuanto antes, como lo hizo Ana Graciela López cuando, estando de viaje, regresó de inmediato al enterarse de que era requerida en Guatemala para aclarar su situación jurídica.

Así lo dijo ayer en una entrevista el politólogo Manuel Villacorta, a lo que el analista Renzo Rosal añadió que “quien nada debe nada teme”, lo cual también es lúcido en un contexto como el actual. ¿ O es que alguien le cree al expresidente Pérez Molina cuando afirma que quienes están cooptando al Estado son la Comisión, el MP y la Embajada de Estados Unidos?

La Plaza vive. Y espero que se multiplique. No solo en su versión sabatina, como escribí antes, sino en la del día a día. Precisamos de una Plaza que transforme la visión apática del ciudadano común, en un quehacer permanente que inspire miedo en los saqueadores inescrupulosos que abundan en TODOS los ámbitos del país. Aunque hasta ahora la hayan desempeñado de manera tan exitosa, Iván Velásquez y Thelma Aldana no pueden solos con esta titánica tarea. Para apoyarlos, no hay esfuerzo vano ni aporte desechable. La Madre Teresa lo dijo: “A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara esa gota”. Lo reitero: Thelma e Iván nos necesitan. Conmigo cuentan. ¿Y con usted?