“No podemos vivir en el pasado, pero sí debemos resolverlo. Porque para conquistar un futuro, primero tenemos que imaginarlo”.

Hoy escribo a retazos. Ideas sueltas sin un hilo conductor. Como siempre, pensarán algunos. Pero yo sigo. E intento un collage. Al fondo, Cemeteries of London de Coldplay. Y también una lluvia con relámpagos y truenos. Acaba de irse la luz. Vi más clara la noche por la ventana. Con su iluminación natural. Y me arrepentí de no haberme equivocado más veces en mi vida. En una entrevista muy provocadora publicada por El País, el filósofo George Steiner dice que cuando era niño “existía la posibilidad de cometer grandes errores”. Y después se refiere a las pifias monumentales de la humanidad e incluye al fascismo, al nazismo y al comunismo. “… pero si uno no puede cometer errores cuando es joven, nunca llegará a convertirse en un ser humano completo y puro. Los errores y las esperanzas rotas nos ayudan a completar el estado adulto”. En Guatemala, por esperanzas rotas no nos quedamos. Pero nuestros errores (que han sido horrores) apenas empiezan a servirnos. Aunque haya quienes se empeñen en negarlos o justificarlos.

Eli Weisel falleció el pasado fin de semana. Fue una de las voces fundamentales para que el Holocausto judío no pasara cruelmente inadvertido por la Historia. En su libro titulado La noche (1955), Wiesel se orienta y se sostiene en una idea central: “Olvidar a los muertos es lo mismo que matarlos por segunda vez”. Yo pregunto: ¿Se le hace acaso familiar esa frase en un país en que los desaparecidos del conflicto armado se cuentan por miles? Resolver el pasado es la piedra angular para ver hacia el futuro. Y no hablo de obsesionarse con lo que nos ha lastimado, sino de procesarlo hasta que ya no nos lacere tanto. Boris Cyrulnik, psiquiatra francés también víctima de los vejámenes de Hitler, escribe en su libro Los patitos feos (2001) que una infancia infeliz no tiene por qué determinar una vida, pues los traumas pueden trabajarse y superarse. En una charla sostenida recientemente con el periodista Joseba Elola, el hoy anciano Cyrulnik afirma que, en muchas ocasiones,   “nos vemos empujados a un torrente por una desgracia; algunos se dejan arrastrar y golpear, otros llegan a debatirse y, con un poco de suerte, se ponen de nuevo a flote”. De eso se trata. Vivir es, hasta cierto punto, una interminable narración de curar y curar heridas. Y también de perdonar. El caso del psiquiatra francés se resume así: estando en su cama, los nazis se lo llevaron detenido cuando apenas tenía seis años. Ahora es uno de los referentes de la resiliencia, eso que Wikipedia define como “la capacidad para sobreponerse a períodos de dolor emocional y situaciones adversas”.  

La lluvia no cesa. La luz viene y va. Sufren los aparatos eléctricos. Y yo insisto con estas ideas desperdigadas. Al fondo hay ahora otra música. David Gilmour con Rattle that lock (Revienta esa cerradura). Y, cueste lo que cueste, como se oye en la letra de esa canción, es preciso intentarlo. Reventar la cerradura que nos impide avanzar. El futuro se construye cada día; lo sabemos de sobra. Antes del 16 de abril de 2015, nos hundíamos diez centímetros por hora. Hoy nos levantamos dos milímetros cada semana. Pero hemos logrado ingresar al enfermo terminal en la sala de intensivos. E intentamos, con tropiezos, evitar que el barco mantenga el errático y trágico rumbo hacia lo que era un inminente naufragio. Otro más. Pero probablemente el que habría sido el definitivo.

Reviso twitter y me llama la atención el titular de una entrevista con Andrés Oppenheimer. “América Latina necesita menos poetas y más técnicos y más científicos”. El periodista argentino ha manejado esta tesis en varios de sus libros. El nuevo se llama ¡Crear o morir! En la nota del diario El Tiempo de Colombia, el autor explica su argumento con el ejemplo de un simple café. “De una taza que tomas en un Starbucks en Estados Unidos, el 97 por ciento de los tres dólares que pagas por ella va a todo lo que tiene que ver con la economía del conocimiento: el que hizo la ingeniería genética del café, la distribución, el marketing, el branding, la publicidad. Solo el tres por ciento va al productor de café. Entonces, la pregunta que nos tenemos que hacer en América Latina es de qué lado de la ecuación queremos estar. Si entre los que se quedan con el tres por ciento del valor de la taza o con los que se quedan con el 97 por ciento”. Su planteamiento podría irritarme, porque a mí me parece que al mundo le falta poesía para imaginarse mejor. Pero en realidad no me molesta, sino que me entusiasma. Ser pragmáticos para derrotar al subdesarrollo no necesariamente riñe con la profundidad humana.

O por lo menos no debiera hacerlo. Henry Ford fue contemporáneo de Carl Sandburg. Coincido con Oppenheimer en que a nuestros países les urge apostar por la educación. Y ello implica apostar por los maestros. Para que sean excelentes. Para que ganen bien. Para que haya evaluaciones permanentes de su tan importante trabajo. No prolongo más este desorden argumental. Solo me tomo la libertad de retocar una frase citada antes, en la que el gran Eli Wiesel se refería a la memoria histórica. Yo la transformo así: “Olvidar a los pobres es lo mismo que empobrecerlos por segunda vez”. No podemos vivir en el pasado, pero sí debemos resolverlo. Porque para conquistar un futuro, primero tenemos que imaginarlo. En Guatemala eso significa alcanzar el acuerdo mínimo para la visión de un país. Y aunque tal cosa se consigue con aportes diversos, su estructura básica no puede ser una colección azarosa y caótica de retazos. Ha de ser, según mi humilde opinión, un crisol en el que quepan los colores de lo poético, con ayuda temporal para quienes son oprimidos por la precariedad,   y el estímulo iluminado para los emprendedores que mueven y reinventan la economía. En pocas palabras, no queremos más crimen organizado, sino un “collage organizado”.