“Así como el perro, muchos de nosotros tenemos un clavo que nos duele. Un clavo del cual nos quejamos y lamentamos todos los días. Un clavo que, pinchándonos, nos recuerda el dolor que sentimos por no querer cambiar la situación".

Había una vez un joven que le gustaba mucho subir los cerros corriendo. En una ocasión, perdió el norte, costándole mucho encontrar el camino de vuelta a su hogar. Tuvo que caminar durante horas buscando algún paraje que le evocara familiaridad; sin embargo, lo único que encontró fue la misma casita de madera, en el punto del cerro más alto.

Su sed era tan grande que decidió ir en busca de un vaso de agua. Al llegar a la casita, tocó la puerta y un señor mayor atendió a ella.

- ¿En qué le puedo ayudar?, preguntó el anciano.

- Solo le pido, señor, un vaso de agua para calmar mi sed.

- Tendrá que subir al poso y servírsela en este recipiente, pues a mí tampoco me queda, respondió el anciano.

El joven, muy presto, inició su ascenso hacia el pozo y, mientras más subía, más se acercaba un sonido de lamento, que le llegaba hasta el fondo de su ser.

Cuando se percató de que el sonido provenía de la misma dirección del pozo, comienza a apurar el paso, preocupado de auxiliar a la persona que estaba sufriendo.

Al llegar arriba, ve a un perro acostado sobre una tabla, aullando del dolor.

Inmediatamente llena el recipiente y baja, corriendo, a la casita a avisarle al anciano.

- ¡Señor, señor, venga, es urgente!, grita el joven, con mucha preocupación.

El anciano abre la puerta tranquilamente y le dice: Dígame, joven.

- Su perro está enfermo, al parecer se quebró una pierna, ¡y no puede moverse de ahí!

El anciano con una gran parsimonia le contesta: El perro está ahí porque quiere, no tiene ningún hueso roto.

El joven, asombrado, le contesta: No entiendo, señor, si no le pasa nada, por qué aúlla así del dolor.

- Es muy simple -contestó el anciano-, el perro está acostado sobre una tabla que tiene un clavo, y a pesar de que puede moverse y dejar de sentir dolor, sigue ahí. No hace nada para cambiar su situación. Él puede perfectamente salir de ahí, pero no quiere. Es él el que tiene que decidir salir.

 Así como el perro, muchos de nosotros tenemos un clavo que nos duele. Un clavo del cual nos quejamos y lamentamos todos los días. Un clavo que, pinchándonos, nos recuerda el dolor que sentimos por no querer cambiar la situación.

Los clavos se pueden representar de muchas maneras, rencores, malos hábitos, mentiras, adicciones, baja autoestima, desmotivación, etc.

 Hagamos un ejercicio. Piensa por un momento qué es lo que más te duele hoy de tu vida. ¿De qué te lamentas? ¿Qué es lo que siempre quisiste hacer y nunca te atreviste? ¿Qué te quita el sueño en las noches? ¿De qué te arrepientes?

 Quitarse un clavo es un proceso de profunda reflexión, y la única manera de que el clavo salga por completo es tomando la decisión y aceptando que algo debemos hacer si queremos dejar de sufrir por ese clavo.

 Nunca es tarde para cambiar. El dolor es opcional, siempre y cuando decidas accionar.