“Uno de los investigadores del estudio concluyó: luego de tantos años trabajando, él sigue siendo igual de pobre. Triste realidad”.

El Asíes publicó ayer el estudio “Trabajadores agrícolas temporales: historias de vida laboral”. Además de los datos sobre el trabajo temporal en Guatemala, muestra los rostros que regularmente no miramos o bien no queremos ver. Esos rostros de la pobreza, desigualdad, exclusión y marginación que trabajan en el campo de sol a sol,   en condiciones infrahumanas y paupérrimas. Nos recuerdan los grandes desafíos que tenemos como país para promover el desarrollo humano integral.

El estudio utilizó como metodología las historias de vida. Este es un enfoque cualitativo que nos acerca a lo humano y cotidiano, recogiendo experiencias y presentando una narrativa. Por ello, quiero aprovechar este espacio para compartir con ustedes un pequeño extracto de las historias contadas por las personas entrevistadas, e invitarlos a que descarguen el documento en la página de ASIES: www.asies.org.gt.   Adelanto que la investigación es, como lo describió un buen amigo en Twitter, humana, conmovedora, frustrante, cruda y brutal.

Las historias del estudio narran los primeros años de vida de las personas, las memorias que tienen de su experiencia en el trabajo agrícola y terminan describiendo la situación en la que se encuentran en la actualidad. Uno de los entrevistados es Carlos González Jocotán, que nació en el caserío Las Lajas, aldea Oquén, del municipio de Jocotán, departamento de Chiquimula.

Don Carlos, que inició su vida laboral a los 15 años , describe el trabajo en las fincas de algodón con estas palabras, que extraigo de manera textual de la investigación.

No existían días de descanso. Si deseábamos no trabajar ya sea porque nos sentíamos muy cansados, por no haber dormido bien o por estar con un algún mal, teníamos que hacernos los enfermos. Esto era raro, pero a veces estábamos con malestar o hasta hambre y si queríamos cambiar algo, eso hacíamos. Al hacer eso, el caporal anotaba en su libreta que el ausente no trabajaría ese día, por lo tanto, no tenía derecho a recibir el bastimento que la finca proporcionaba. Entonces el trabajador que no cumplía su jornal, se iba a los quíneles a pescar o atrapar camaroncillo para tener algo diferente de comer, pero era raro cuando se hacía. Ese día no era pagado y si en realidad estaban enfermos, debían de asistir al dispensario en la aldea cercana, donde les proporcionaban medicamentos para el dolor, todo esto a cuenta del trabajador.

Durante la jornada de trabajo si se presentaba alguna persona enferma y su padecimiento podía soportarlo, buscaba alguna yerba para curarse o pedía asistencia a alguno de sus compañeros. De los malestares más frecuentes que manifestaban los trabajadores temporales eran el dolor de cabeza, insolación, dolor de cuerpo o de estómago y calentura. Al estar malos [enfermos] utilizábamos yerbas como el apazote, manzanilla, tres puntas, venadilla y el shake. Estas hierbas las llevábamos de nuestra casa. En los años posteriores a 1980 don Carlos ya no viajó a las fincas de algodón. Él para esa fecha tenía 38 años de edad y había trabajado en el corte de algodón alrededor de 23 años, de manera consecutiva. Luego de esta experiencia empezó trabajar en las fincas de café, más cerca de su casa, en Esquipulas.

En las fincas de café relata que los trabajadores temporales tenían la oportunidad de descansar de cuatro a siete días en su hogar y luego regresaban a la finca, a proseguir el trabajo de corte. Esta actividad la realizó don Carlos durante la década de 1980 a la década de 2010. Cuando tenía 67 años se retiró de este oficio, debido a que no podía ejecutar ciertas tareas, como levantar canastos, llevar la carga por más de cuatro kilómetros en sus hombros.

Al retirarse del corte de café, su segunda experiencia laboral, don Carlos, con lágrimas en los ojos y con la mirada de desconsuelo de su esposa, indicó: no recibí nada de dinero, ni un centavo, ni las gracias por el trabajo de toda una vida. A pesar de haber trabajo en la misma finca en todos esos años de manera honrada y cumplida, respetando a los patronos y haciendo las cosas bien. Uno de los investigadores del estudio concluye. Uno de los investigadores en la presentación del estudio concluyó, en referencia a la larga vida laboral de uno de los trabajadores: luego de tantos años trabajando, que él sigue siendo igual de pobre. Triste realidad. ¿Qué opina usted?