“Es horroroso lo ocurrido en San José Pinula.  Por si lo habíamos olvidado, nos recordó que la seguridad es la asignatura pendiente”.

Es de noche ya, pero sigo oyendo las ambulancias con sirena abierta rumbo a San José Pinula. Esas que perturbaron el aire dominical con su ulular tenso y lacerante. No las oí nunca en realidad. Y las oigo siempre. Las conocí desde la comodidad acuática del vientre materno. Las llevo conmigo por la historia de la tierra donde nací. Y también oigo la explosión. La más reciente. La de años atrás. La de los estómagos asfixiados. La de los bosques con hambre. Al fondo, Bob Dylan. The times they are a-changing.

Ojalá que para bien. Recuerdo las palabras de Todd Robinson, embajador de los Estados Unidos, durante la entrevista radial del viernes pasado: “No me importa que me digan Cristo Negro, comunista o fascista; me importa la gente sin oportunidades y aquella que no tiene comida”. No le agrego ni le quito nada. Solo le doy la razón. Muchos lo quisieran fuera. Yo, ¡oh antipatriota!, prefiero una tutela implacable capaz de asustar a los rufianes y los corruptos, que una decorosa relación bilateral permisiva con los saqueadores del pueblo que asaltan con descaro las arcas de la nación. Estoy listo y conforme: ya pueden quemarme vivo. Soy lacra. No me merezco este hermoso país. Hubo de todo esta semana. Cuándo no.

A mí me golpearon emocionalmente varias veces. Intentaron humillarme. Y también jugarme la vuelta. Mas solo hubo algo, antes del domingo, que me sumió realmente en la tristeza. Fue una noticia repentina: Óscar, un prometedor joven a quien veía laborar con ahínco en un supermercado donde voy con frecuencia, perdió la vida en un accidente de tránsito. Dejó dos niños pequeños. Y una esposa desamparada llena de contusiones espirituales y de rasguños en el porvenir. Es desoladora la historia. Y yo quejándome por mis líos. Mientras tanto, sigue sonando Zimmerman. Ahora canta A hard rain’s gonna fall. Para la familia de Óscar será durísima esa lluvia. Ya lo es. Él no tuvo necesidad de “tocar a las puertas del cielo”; llegó ahí sin escalas. El que conducía el automóvil que lo embistió se dio a la fuga. No sé si por saberse culpable; carezco de esa información. ¿Habrá ido borracho y sin licencia? Podría ser.

Eso es dolorosa y criminalmente común en Guatemala. Demasiado. Pero insisto: desconozco detalles del hecho. (Las categóricas palabras del Secretario Adjunto de la Oficina de Asuntos Narcóticos Internacionales y Aplicación de la Ley de Estados Unidos, William Brownfield, me trajeron a la mente lo expresado por un querido amigo, de nombre Edgar, una vez que nos reunimos a tratar a fondo el tema de la impunidad. “Nunca pensé que iba a firmar algo en respaldo de la CICIG”, dijo aquella tarde mi tan entrañable compañero de grupo. Y una expresión similar utilizó Brownfield para referirse a “su error” cuando consideró que la Comisión no iba a caminar en Guatemala.

“Reconozco que me equivoque”, afirmó sin ambages. Y en la entrevista por la radio añadió esto: “De los 10 mil millones de dólares que he manejado desde 2011, los mejor invertidos han sido, sin duda, los 36 millones asignados a la CICIG”. Brownfield es tejano. Y es sumamente directo, pese al tono diplomático que usa. Intuyo y sé que sobran los que quisieran proclamar que la Comisión es un fiasco. Algunos de ellos son funcionarios públicos, otros podrían llegar a ser magistrados de la Corte de Constitucionalidad y unos más son diputados.)

Es horroroso lo ocurrido en San José Pinula. Por si lo habíamos olvidado, nos recordó que la seguridad es la asignatura pendiente, de las muchas que tenemos, cuyos informes se escriben con sangre. Por ahora, los Masters of war siguen mandando mucho más de lo que quisiéramos. Y no hablo solo de las tan odiadas pandillas. Hay gente peor a la que, oh sorpresa, se le rinde culto social sin recato ni vergüenza. Me refiero, entre otros, a aquellos a los que ningún tribunal condenaría a la pena de muerte. (Fue polémico Todd Robinson al decir que las cortes en su país están abiertas para cualquier diplomático que quiera asistir a un juicio.

Pero allá en Estados Unidos no hay procesos con la carga política y polarizante como el de Sepur Zarco, aunque a lo mejor sí haya desalmados que señalen de prostitutas a las víctimas de una violación. Sigo impresionado por la crueldad y el odio con que muchos se expresaron de esas valientes mujeres. Las descalifican por solicitar resarcimiento. Les levantan falsos. Las desprecian. Asimismo, imagino que habrá quienes hayan hecho negocio con este juicio. Nunca faltan los aprovechados. El autor de Maggie’s farm lo canta claro y a la yugular. Es un genio.)

Guatemala se juega el futuro en las audiencias de esta semana. Sin condenas nos hundimos. Y si los “peces gordos” salen libres, ya oigo al coro vociferando que “ellos siempre supieron que la CICIG no iba a funcionar y que lesionaba nuestra soberanía”. Dylan no para de poetizar con su inconfundible voz. Mi adorada hija dice que canta muy feo. Y aunque tenga alguna dosis de razón, confío en que algún día le encuentre el gusto al autor de Just like a woman, es decir, al gran Robert Zimmerman. Es por ella y su generación que los viejos como yo luchamos.

Es a nosotros, los que venimos de los horrores de la guerra (sí, de los dos lados; en eso estamos de acuerdo), a quienes nos corresponde darles apoyo a los que empiezan en la vida para que inventen de nuevo este país. Y eso nos surte de energías renovadas para no desmayar en el intento. Veo al pasado y pienso: “Era mucho más viejo entonces; soy más joven que eso ahora”. Grande Bob. Me duele pensar en Óscar; él tendría que estar aquí haciéndome bromas cuando su Barcelona le hace la vida amarga a mi Madrid. Vuelvo a oír la sirena rumbo al sitio del bombazo en el autobús.

La he oído desde siempre. No quiero seguir oyéndola. Prefiero que Dylan cante al fondo con esa fea voz que tanto me inspira. El ulular no cesa; los gritos son desgarradores. Cualquiera pudo haber ido pasando por allí. Cualquiera. Todos somos San José Pinula.