Hermanos y hermanas, qué alegría celebrar una vez más la Pascua del Señor, los misterios de Cristo que nos han dado nueva vida. La Semana Santa es la semana más intensa del Año Litúrgico, en la cual se reflexiona y se hace memoria de los misterios de la Pasión, Muerte y Gloriosa Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

A esta semana en el principio se le llamó la “Gran Semana”, ahora le llamamos Semana Mayor o Semana Santa, que inicia el Domingo de Ramos y culmina el domingo de Resurrección. A partir de allí tenemos 50 días de fiesta “La Pascua del Señor”. Sin embargo, para muchos católicos este tiempo se ha convertido en una ocasión para el descanso y la diversión, que no está mal que lo hagan, pero participando siempre en las actividades espirituales desde el lugar donde se encuentren. Muchas veces esta realidad nos hace olvidarnos de lo esencial: la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.

Celebrar bien la Semana Santa es darle a Dios el primer lugar, participando en todas las celebraciones litúrgicas. Para nosotros es un tiempo de profunda reflexión sobre nuestra condición de vida, dirigiendo nuestra mirada a Cristo crucificado que, por amor, extendió sus brazos en la cruz para sellar un pacto indeleble. Hermanos, estos días son de intensa actividad religiosa, de muchas expresiones de piedad popular, que, si bien son bellísimas e importantes, no son lo esencial. No busquemos lo superficial, busquemos e identifiquémonos con lo más importante: el amor de Dios por nosotros (Cf Jn 3,16). Detengámonos un momento para reflexionar sobre lo esencial de esta celebración: El Santo Triduo Pascual.

Tres días que son los más importantes dentro del Año litúrgico, en ellos están la Fuente y la Cumbre de toda la vida cristiana. El Jueves Santo celebramos la institución de la Eucaristía, promesa que se hace realidad (Cf Mt 28,20); Jesús envía a sus apóstoles a hacerlo en memoria suya (1Cor 11,24), con lo cual también instituye el Sagrado Orden Sacerdotal; finalmente este día Jesús nos invita a vivir la caridad para con nuestros hermanos. El Viernes Santo celebramos la Pasión, Muerte y Sepultura de Jesús, que se convirtió en escándalo para los judíos y locura para los paganos (Cf. 1Cor 1,23); la muerte de uno solo devolvió la vida a todos.

Hoy actualizamos este misterio de amor, que trasciende nuestra razón humana y que solo podemos comprenderlo de rodillas junto a la cruz. El Sábado Santo, la Vigilia Pascual que es la madre de las Vigilias, es la celebración del triunfo del Señor sobre la muerte y sobre el pecado, la vida triunfa sobre la muerte, la luz sobre las tinieblas, Cristo glorioso se levanta del sepulcro y renueva el mundo. El Domingo de Resurrección, el gran día de la Buena Noticia: el sepulcro está vacío, no está aquí, ha resucitado (Cf Lc 24,6). Es el día de la nueva creación, del hombre nuevo, del nuevo Pueblo de Dios. 

Hermanos y hermanas, vivamos intensamente estos días, que nuestra vida se renueve, que nuestro camino se allane, que nuestros pasos se aseguren en el Señor Resucitado.