“Dios castiga sin palo, dice mi mamá. Porque ahora que es legal la propaganda, a nadie le interesa el bla, bla, bla de los candidatos. Y en ello radica buena parte de los globitos de desprestigio contra las manifestaciones”.
 

Es preciso seguir escribiendo acerca del movimiento ciudadano. El titular de una reciente nota de la BBC es un gran elogio para el pueblo: “Cómo una protesta pacífica cambio un país violento”. Y eso que aún queda mucho por hacer y múltiples zancadillas qué sortear. Con todo, no podemos quejarnos del intenso mes y medio que nos ha tocado vivir. Ha sido emocionante. Asombroso.

Y también de enorme estímulo. Por primera vez en decenios, la gente se ha permitido pasar a la historia y no da señales de querer permitir que la historia vuelva a pasar sobre la gente. Sin embargo, rondaron las dudas antes de la manifestación del sábado. Hubo quienes pensaron con temor que la Plaza iba a verse vacía y que la convocatoria iba a decaer luego del retiro de quienes organizaron lo que, con éxito, se denominó #RenunciaYa.

De hecho, hasta circularon mensajes de campaña negra en las redes sociales contra la actividad sabatina. Un call center se activó con el objetivo de fijar en la mente de la clase media que detrás de todo estaba la ex guerrilla. Por ahora, no les funcionó. Pero el sabotaje va a arreciar en los próximos días. Eso se intuye.

Y yo esperaría que los grupos, las familias y los particulares que de buena fe están presionando para que los cambios se concreten, no vayan a incurrir en el dramático y patético error de volverse cómplices, sin querer, de quienes añoran que esta “primavera” se acabe. La clave de esto radica en no perderse en consignas obsesivamente ideológicas o en otras sectorialmente específicas, así como en procurar, hasta donde se pueda, en mantener el espíritu conciliador con que se inició este despertar.

Mientras más incluyente sea el llamado, mejor nos irá como fuerza colectiva. Y perdón que insista, pero estoy convencido de que el argumento más consistente de enlace entre ricos y pobres, derechas e izquierdas, indígenas y ladinos, hombres y mujeres, rojos y cremas, y zurdos o diestros, es la exigencia de que la justicia llegue hasta las ultimas consecuencias en los casos ya conocidos y en los que vengan. Sea quien sea el imputado. Sea quien sea el funcionario. Sea quien sea el corruptor.

Porque ello abarca, tanto la lucha frontal y sin cuartel contra el saqueo inclemente en las arcas nacionales, como el castigo y la advertencia para aquellos que delinquen en las calles, o que ven en la muerte por encargo un jugoso negocio. Asimismo, la exigencia de que no haya una impunidad tan escandalosa como la que se nos ha impuesto, seria otro enérgico llamado de atención para los políticos en contienda; esos que pretenden mantener, aunque lo nieguen, el modelo burdamente clientelar y de latrocinio en el que ven al Estado como a una vaca a la que hay que ordeñarle hasta la sangre.

Estoy de acuerdo con que el presidente Otto Pérez Molina debería de renunciar. Su legitimidad está a milímetros de llegar a cero. El caso que se sigue contra quien fuera su hombre de confianza, Juan de Dios Rodriguez, es razón suficiente como para que se retire del cargo, aparte de muchas otras que han acompañado su precario manejo de los últimos 50 días. Entiendo que ya hay dirigentes de peso del sector privado que lo leen así. Incluso algunos conservadores de visión progresista ya plantean la necesidad, no solamente de sustituir al actual jefe del Ejecutivo, sino al mismo vicepresidente Alejandro Maldonado Aguirre.

Y eso se puede alcanzar sin romper el orden constitucional. Es decir, sin Golpe de Estado. Pero se precisa de una ejecución política responsable que, por fin y sin marañas, busque el bien común y no el de unos cuantos. Es cierto: hay varios riesgos en eso. Pero también está comprobado que quien no se la juega no llega a ninguna parte. Me resisto a creer que no haya seis notables dispuestos a darle un respiro al país. Y digo seis, porque son dos las ternas que se necesitan.

Es indispensable que la población indignada logre un punto sin retorno. Y ello solo es posible si las demostraciones de calle no se dispersan ni se distorsionan. A mí tampoco me gustan las opciones electorales que llevan las de ganar. Y existen múltiples injusticias del sistema que considero detestables. No abogo por una gesta lírica y sin tropiezos, pero sí por una que consolide con las imperfecciones de rigor esta oportunidad tan única. De ahí mi petición a los liderazgos duros de ambos lados del espectro político, para que se centren en lo que hoy es prioridad.

Y esa prioridad es, como lo proclama el titular de la BBC, un cambio por la vía pacífica que de verdad transforme a esta sociedad tan enfermizamente acostumbrada a la violencia. De nada nos sirve una estabilidad de cartón. Esa la hemos tenido por años. Lo que nos ha faltado es autoridad como pueblo para acorralar a los corruptos y no permitirles sus cínicos desmanes cometidos con los recursos públicos. Los problemas estructurales siguen ahí. El hambre no ha terminado.
La desigualdad sigue siendo atroz. Las movilizaciones sociales están vinculadas de manera esperanzadora con la posible movilidad social de los grupos más vulnerables.

Ello, siempre y cuando no se tome a moda la protesta y que, contrario a los entusiasmos efímeros, se siga adelante hasta llegar a logros concretos. Lo ideal en el corto plazo: modificaciones serias y bien hechas de la Ley Electoral y de Partidos Políticos. Hoy más que nunca, además, esta primavera que vivimos nos obliga a intentar la titánica búsqueda de encontrar lo menos malo en la papeleta de votación.

Ojalá tengamos la sabiduría y la fortuna de poder hallar y posteriormente respaldar a esa opción tan añorada. Reitero: la menos mala; la que no nos destruya el proceso. Mientras tanto, la campaña continua, dormida e intrascendente, por la efervescencia ciudadana. Y eso me alegra. Y mucho.

Dios castiga sin palo, dice mi mamá. Porque ahora que es legal la propaganda, a nadie le interesa el bla, bla, bla de los candidatos. Y en ello radica buena parte de los globitos de desprestigio contra las manifestaciones. Damas y caballeros: no dejemos que este movimiento legítimo y decisivo para Guatemala se hunda por lo mismo de siempre. Permitirlo seria más que pecado.