Es urgente que nuestro país diseñe, asuma y eche a andar su propia agenda. Y también que no toleremos titiriteros para desempeñar nuestro papel, tal y como los hemos permitido 

Cuando era niño, me conmovía y me inspiraba la historia de Tecún Umán defendiendo el honor de los k´iche´s, y por ende de los habitantes originarios de esta tierra, mi tierra, contra los invasores representados en el sanguinario Pedro de Alvarado. Más adelante, en mis veintes, era “sexy” y muy aguerrido repetir que el imperio yankee nos tenía oprimidos en la pobreza, y que en sus guerras ideológicas con la entonces Unión Soviética, ellos aportaban la pugna y nosotros los muertos.

El gran tema era el conflicto armado interno. La posible revolución más que la revolución posible. Aunque desde siempre detestara los totalitarismos y también me chocara el resentimiento social, por más justificado que fuera. En aquellos días, era broma habitual afirmar que en Washington no existían los golpes de Estado, porque allí no había Embajada Americana. Y también era usual identificar la prepotencia internacional en “los gringos” que pretendían enseñarnos a sumar dos más dos.

Pasados los años, luego de los abundantes hechos de sangre vinculados con el narcotráfico, la idea siguió siendo básicamente igual. El gran consumo de cocaína ocurre en Estados Unidos, pero es el corredor de paso, es decir nosotros, el que sufre las cruentas consecuencias. El Tío Sam no tiene amigos, sino intereses. Lo cual no es nuevo. De ahí su actuar de hoy y de antes.

En estos tiempos, por ejemplo, nos ofrecen la Alianza para la Prosperidad, no tanto por devoción humanitaria, sino para evitar la migración excesiva hacia su territorio, en especial de menores no acompañados. Pero además contribuyen en algo que, por afortunada casualidad, podría impulsarnos hacia un futuro más prometedor que el que nos deparaba la primera quincena de abril de 2015. Me refiero, obviamente, a la lucha contra la corrupción. A su aporte para que la impunidad deje de ser en Guatemala tan cínica y oprobiosa como en los últimos 60 años.

Y pese a que celebro que aún haya voces auténticas que reclamen el respeto para nuestra soberanía, por más ilusoria que ésta sea, no percibo de la misma manera a quienes, en aras de defender intereses y obsesiones, hoy se afanen para defenestrar al actual embajador de Estados Unidos, Todd Robinson, aduciendo que se inmiscuye (algunos agregan el “más de la cuenta”) en los asuntos internos de nuestro país.

Me indigna tanto nacionalismo falso. Porque si estuviéramos en 1954, los mismos que hoy se quejan y se molestan por las injerencias de la comunidad internacional, estarían alineados y felices de recibir a los “Sulfatos”, o de aguantar como procónsul a un detestable del calibre de lo que fue John Foster Dulles. Y son precisamente muchos de quienes más patalean por la intromisión diplomática en nuestros procesos domésticos, quienes comen pavo en el día de Acción de Gracias, dicen afectadamente “Mecdonelds” en vez de un normal Macdonalds, o usan múltiples términos en inglés que podrían decir en español sin ningún problema.

Aclaro que no promuevo una actitud entreguista. Solamente pido coherencia en el discurso. Y llamo la atención en cuanto a algo que han reconocido Tirios y Troyanos: sin la CICIG, ese “horrible y malévolo proyecto de izquierdas” que tanto criticaron muchos de los mismos que hoy gozarían si se declarara non grato al embajador Robinson, estaríamos en un fango de sangre y de impunidad que ni siquiera me atrevo a imaginar.

Y por cierto, percibo que el entendimiento entre el comisionado Iván Velásquez y “la Avenida de la Reforma” goza de buena salud. Asimismo, la comunicación entre la fiscal general Thelma Aldana y “la 20 calle”. Y no porque se les giren órdenes en el idioma de Walt Whitman, sino porque persiguen objetivos comunes. Resultado de eso: la lucha contra la corrupción, provenga de donde provenga, sigue avanzando, pese a las zancadillas y a las carencias. Y en ese contexto, considero un lamentable error del Nuncio Apostólico, y sobre todo del Arzobispo Metropolitano, sumarse a esa ola en la que lo más granado del “amor patrio” se ha subido a protestar.

Estoy de acuerdo con que, en un plazo razonable, Guatemala reclame su soberanía y su derecho a la auto determinación. Pero no es con alegatos patrioteros como podremos lograr la tan ansiada dignidad, sino con un liderazgo político que dé la talla y con unas élites capaces de ver más allá de sus intereses cortoplacistas y mezquinos. Es urgente que nuestro país diseñe, asuma y eche a andar su propia agenda. Y también que no toleremos titiriteros para desempeñar nuestro papel, tal y como los hemos permitido (y celebrado) casi desde que el país tiene memoria, con algunas honrosas excepciones.

Posiblemente, Todd Robinson ha ido más lejos de lo acostumbrado en materia de forma a la hora de ejercer las presiones a los funcionarios de turno. Pero no dudo de su resuelta acción para cumplir con lo que su país le ha encomendado. Y si esos intereses coinciden con los nuestros en cuanto a erradicar los privilegios de “los de siempre” frente a la justicia, me trago el orgullo y le doy mi respaldo. El tema es muy espinoso. Y es en las cortes donde se juega el futuro de esta Guatemala mía que tanto amo.

No podemos solucionar todos los problemas en un parpadeo. Y son muchos de verdad; muchos y dramáticos. No pido “países amigos” que nos acompañen en este difícil momento. Pero aprecio que nos apoyen en lo crucial, aunque a veces se equivoquen en el aval hacia gente que hace gran negocio de la burda victimización. Estamos intervenidos por todas partes. Los sindicatos del Estado son una muestra palmaria de eso. Otra es la influencia de algunos empresarios en ciertas leyes y nombramientos.

O la de unas cuantas iglesias para no ser fiscalizadas como se debe. O la de varios medios de comunicación. Aquí todos quieren tener injerencia en lo que les conviene, pero cuando la injerencia les juega en contra la abominan y, si pueden, la sabotean. ¿Intervención extranjera aquí? Sí. Como siempre. O tal vez como nunca. Decida usted. Detesto al falso nacionalismo, tanto como al nacionalismo falso.