"Admito que también me aburre, de solemnidad, la obstinación implacable de los hechos violentos. Y me golpea. Me taladra. Me cimbra".

Esta semana me siento cansado del mundo. Del mundo que cambia con cada parpadeo virtual (¿Qué hay de nuevo en la tecnología? ¿Acaso ya concretamos la sensualidad en la video-caricia o el erótico beso con sensaciones informáticas? ¿Podremos de pronto tomar terapia con un móvil capaz de descifrar nuestros laberintos mentales?). Me pesa la perspectiva de mis intuiciones. El albur con nebulosas. La inercia con retroceso (Trump ganó 9% más de popularidad desde que fue electo. Percibo que la depuración del sistema sufre ciertos quebrantos de salud aquí. Y por catarro que sea, me preocupa.

El director del Sistema Penitenciario se queja de la influencia política de Mariscal Zavala. No se aclara el terrible episodio de la muerte de Pavel Centeno. Estados Unidos sufre un nerviosismo inusual que contagia al planeta entero).

No me cansa la vida, sin embargo. Aunque haya razones. La vida me reta. Y me agasaja. Disfruto la primera temporada de “The Crown”. Por corta que haya sido. Me deleito con Netflix, en general. He visto últimamente tres filmes de la Segunda Guerra Mundial. “Winter in Wartime”, “Remember” y “Suite Francaise”. Y volví a “The Reader”. Y a “Black Book”. El nazismo fue horroroso. Y tal vez nunca se fue.

Recomiendo “Er Ist Wieder Da”, una deliciosa y reveladora comedia cuyo personaje central es Hitler. Sí, usted leyó bien. Escribí Hitler. Un Hitler que despierta en este siglo (¿Clarividentemente premonitorio? ¿El futuro que ya deambula por los titulares de las redes sociales? ¿La tercera gran guerra?).

Los ojos aventureros de mi hija me convidan a vivir con la guía de su doble faro. Su guía entrañable. Esa que me orienta cuando los mares de la angustia anochecen sin avisar. La que me devuelve los pasos cuando el escabroso camino intenta tragárselos.

Nada hay mejor ni más sublime que oír sus relatos cargados de asombro. Mi hija es el puente luminoso que me permite cruzar la más caudalosa duda y que me lleva, sin vacilaciones, hasta la orilla de mí mismo donde la ternura no conoce límites (Detesto ese mundo afilado y pérfido que le toca enfrentar. El de las envidias tóxicas. El de los traidores con caras de oveja. El de los expertos en envenenar almas).

En cuestión de días se fueron Leonard Cohen y Leon Russell. Y se recupera, tras un infarto, Luis Eduardo Aute. Me impresiona la última canción del genial cantautor canadiense. Se llama “You Want It Darker”. Es una obra maestra. Enigmática y brutalmente honesta. Solo él podía asumir la muerte con tanta poesía (“Magnified, sanctified, be thy holy name/Vilified, crucified, in the human frame/A million candles burning for the help that never came/You want it darker”). De pronto, como un péndulo en pleno electroshock, me torno meloso. “Fresa”, dirían mis amigos rockeros. La célebre “This Masquerade”, de Russell, me deleita en la versión de los Carpenters. La venerable voz de Karen, sumada al piano y a los arreglos de su hermano Richard me rozan el arpa íntima. Respirar es gratificante por tanta música. Por las canciones imperdibles. Por las osadas melodías que juntan destino con el coraje de un puñado de palabras. Y Aute, incluso enfermo, sigue recordándome -con su alevosía- lo terriblemente absurdo que es estar vivo, cuando un latido cercano se marcha hacia el otro lado de los kilómetros (“Pero, quiero que me digas, amor/que no todo fue naufragar/por haber creído que amar/era el verbo más bello... /dímelo... /me va la vida en ello).

Admito que también me aburre, de solemnidad, la obstinación implacable de los hechos violentos. Y me golpea. Me taladra. Me cimbra. Aún hoy, con tantos años encima, me cuesta aceptar que un ser humano le arrebate la vida a otro. Que lo torture. Que lo ultraje. Tampoco logro asumir que siempre haya alguien que justifique las atrocidades. Que las considere “necesarias”. Que las aplauda por hacernos el enorme favor de evitar un mal más grande (En una pesadilla veo desfilar jeringas que llevan consigo una aguja letal. Y presencio el fusilamiento de las ideas. Ahí donde ruedan las cabezas más valiosas tras la diligente acción de una guillotina de indiferencia. Las masas se linchan entre sí creyendo salvar su ilusorio e perverso status quo).

Pero este mundo que me irrita y que me agota. Que me satura y me fastidia. Este mundo exhaustivo en desesperanzas y en tropelías, que me deja extenuado, se redime en un prodigio sin par cuando los ojos aventureros de mi hija me convidan a vivir con la guía de su doble faro. Nada hay mejor ni más sublime que oír sus relatos cargados de asombro. Es mi deber y mi razón de alma combatir esos escabrosos caminos, que abundan, cuando éstos intenten tragarse sus pasos. El puente luminoso disipa las dudas y proclama la ternura. Aunque las noticias no sean buenas. Aunque la infamia siga ganando adeptos. Lo escribí antes y lo reitero: Me cansa el mundo, no la vida.