Haber ganado por segunda vez en mi carrera el Maratón Internacional de Miami representa algo más que una medalla. Sin duda es algo especial que le ha da un impulso importante a mi carrera y a mi vida, gracias al apoyo de mis compañeros de equipo, mi entrenador, mi patrocinador y mi familia.


El domingo, cuando me quedaban pocos metros para ingresar en la meta, tenía la vista fija en los edificios y en las señales que me decían que estaba cerca, pensé en muchas cosas: el sacrificio de estar lejos de mi hija, de mis seres queridos, lo duro de los entrenamientos y en la gente de San Marcos, que es un lugar que me ha dado todo; sin duda, fueron momentos muy especiales que dejé escapar en el momento que celebré la victoria.


Esta fue la cuarta vez que corrí un maratón y, respecto de los dos años anteriores en los que participé en Miami, varias fueron las cosas que hicieron la diferencia.


Las principales fueron haber corrido al lado de mi compañero Elvin Cu, quien demostró un gran nivel; las condiciones climáticas que fueron muy diferentes al sol, la humedad y el calor que caracterizan a Miami y, sobre todo, la experiencia y el aprendizaje que he adquirido en las anteriores carreras.


Lejos de lo que sucedió el año pasado cuando participé en el Maratón de Düsseldorf, Alemania, y pasé muy rápido los primeros 21 kilómetros, algo que después me pesó en el cierre, esta vez me sentía fuerte para ir adelante, pero decidí reservarme para el final y pensar más con la cabeza fría la estrategia en el recorrido.


Contrario a otras cosas en la vida diaria, un maratón no se puede planificar y exige tener suficiente madurez y concentración para tomar decisiones en un tiempo corto, las cuales luego deciden un resultado.


Haber comprendido esto y hacerlo valer en una carrera tan exigente y desgastante ha sido uno de los triunfos más importantes no solo como atleta, sino como un ser humano.