“Estoy de pésame por la partida de mi nana y, a la vez, animado porque Lucrecia Hernández Mack aceptó el tremendo desafío de lidiar con el ministerio de Salud”.

Hace varios días que la ropa de la tristeza es la que me cubre el maniquí. Ese que sale muy temprano de su casa y que le inventa coreografías novedosas a la inercia. Ese que finge un optimismo a prueba de congojas, pero que lo hace en su faceta profesional, sin pretender engañar a nadie. Estoy de luto; del riguroso. Aunque me vista de colores; de los cotidianos. De aquellos que alguna vez permitieron el arco iris. Y cuando abro los ojos cada madrugada, en vez de rendirme frente a los laberintos de la ansiedad, intento sobreponerme con un esquivo y a la vez vigoroso escudo de actitud. El que me permite, a tientas, levantar el cuerpo y adherirme a la jornada. Ahora me explico: hace dos semanas perdí a mi nana; la mujer que me cuidaba de chiquito. Mi Mamía. Y de no haber sido por una tierna mariposa que me ha recordado con pinceladas vivaces su anecdotario juguetón, la travesía luctuosa habría sido sumamente desolada.

A veces, cuando abunda el sufrimiento en un enfermo se termina dando gracias por su descanso eterno. Para ello, es preciso doblegar al egoísmo. Ver más allá. Ese, creo, es mi caso. Y lo comparto no por auto compasión, sino porque me cuesta escribir de algo diferente. Por más que hayan transcurrido los días. Y sé bien que no es gran cosa mi pesadumbre, si se compara con la de quienes son golpeados, sin previo aviso, por la violencia atávica de este país.

Fue inevitable ser asediado por un nudo en la garganta cuando, por azares del destino, oí indiscretamente   a una mujer relatando la tragedia de una familia que, semanas antes, había enterrado a un joven profesional, padre de tres niños, víctima de unos asaltantes que le dispararon sin piedad previo a despojarlo de su automóvil. Me enteré en una fila del banco que se prolongó; no pude eludir prestarle atención a la charla. Mi quebranto es muy pequeño al lado de esa terrible aflicción. No digamos de aquellas que se escriben hora tras hora en los hospitales nacionales, donde la codicia insaciable de los corruptos ha pavimentado el camino que los llevará derecho hacia el infierno, después de enfrentar, espero yo, al sistema de justicia. En las emergencias se vive la precariedad en su versión más angustiosa. Con un problema que es estructural, no de coyuntura.

De ahí que, en medio de tanta carencia, me dé esperanza el nombramiento de Lucrecia Hernández Mack en la cartera de Salud. Como me la dio, en su momento, la llegada de Mariano Rayo. Ciertamente, sus perfiles y sus recorridos son distintos. También sus orígenes ideológicos. Me causa pena que en Guatemala sigamos permitiendo que se descalifique a priori a alguien que aterriza en un puesto público, por la manera en que se supone que ve al mundo, o por el sector al que se supone que representa. Hernández Mack se juega mucho aceptando un despacho tan desgastado.

Me alienta, sin embargo, que quien haya recomendado su nombre adentro del gabinete fuera el ministro de Finanzas, Julio Héctor Estrada. Por dos razones: una, porque es un hombre muy capaz y con visión de Estado; dos, porque es el mejor aliado que ella puede tener a la hora de la inminente crisis. No será fácil que esos Q400 millones que la nueva titular de Salud espera conseguir a un plazo razonable, le sean situados en su asignación presupuestaria con la urgencia que se necesitan. Tampoco creo que con esa suma, en un abrir y cerrar de números, las cosas mejoren de manera definitiva en la red hospitalaria. Hay postergaciones muy hirientes en el sistema. Algunos sindicatos intransigentes y maleados.

Deudas lacerantes y crueles. Robo hormiga al por mayor. Negocios de turbulencias criminal con algunos proveedores torvos que todavía siguen vigentes. Conozco innumerables historias de horror que se resumen en gente que ha muerto por falta de medicamentos, después de padecer lo indecible por no disponer de recursos para pagarse atención médica privada, la cual, he de decir, no siempre corresponde con calidad a lo exagerado de sus precios.  

Estoy de pésame por la partida de mi nana y, a la vez, animado porque Lucrecia Hernández Mack aceptó el tremendo desafío de lidiar con el ministerio de Salud. El maniquí con vísceras e ilusiones que despierta con mi ADN cada mañana confía en el tiempo para sanarse el dolor del alma. Me aferro a una vainilla de doble augurio que se guíe por un surco de avellanas. Mi nana descansa en una cama sin premuras que cuida la Virgen de Guadalupe.

Reitero mi rechazo por la condena anticipada que los trogloditas emiten contra la nueva ministra, solo por llevar el apellido Mack entre sus credenciales. E insisto: me entusiasma, a su manera, como lo hizo, a la suya, Mariano Rayo a finales de 2015. El luto recurrente de este país entrañable y nuestro debe ir cediendo frente a los colores por los que tanto luchamos en el reto cotidiano. Hablo de los colores de siempre. Los que tanto le gustaban a mi inolvidable Mamía. Los que alguna vez permitieron el arco iris.