“Guajero”. Desde la sugerencia fonética de la palabra se percibe la tragedia que guarda detrás. Porque es una de las peores versiones de la pobreza, en muchas ocasiones encarnada por un niño. Su labor: recolectar los desechos de otros. Su hábitat de trabajo: la basura. Lo que sabemos todos; lo que en el fondo nos importa poco o nada. En el relleno sanitario de la zona 3, uno no distingue si el olfato de quienes allí se ganan la vida domó el hedor nauseabundo, o si el hedor nauseabundo domó el olfato de quienes allí se ganan la vida. ¿Ganarse la vida? Qué ironía. Porque en realidad lo que se ganan es la muerte, a ritmo de gotero implacable, o bien a golpe de alud traidor como la semana pasada. (La primera vez que fui a ese vertedero, en 1987, lo hice con fines periodísticos y literarios. Tras leer un muy interesante y agudo estudio acerca de la cultura de la pobreza de la antropóloga guatemalteca Patricia Fortuny, me decidí a escribir sobre el tema. No fui solo. Me acompañó un activista que resultó ser guerrillero.

Mi conmoción de joven que jugaba a idealista se mezcló con un enfado visceral, cuya banda sonora era la nueva trova. No entendía cómo podía haber gente tan ultrajada por el destino. Fue en aquel terrible olor a ofensa donde la conciencia empezó a formarse en mí. Y aún no sé si fue por mi vocación pacifista que no acepté ser reclutado para la clandestinidad, o si la razón estuvo más ligada con la falta de coraje.)

Luego del triste episodio del miércoles 27, me encontré con un conocido del colegio que nunca me cayó bien. Nos saludamos muy amablemente, sin embargo. Y hablamos durante casi 20 minutos. O, para ser exacto, polemizamos. Él me recriminó haberle dedicado un tiempo estelar en la radio al infausto suceso en el relleno sanitario. “Eso no es noticia”, me dijo. “Sucede siempre”. Pero no fue ese predecible planteamiento el que me molestó, sino su perversa descripción de “los guajeros”, a quienes consideró “escoria que a nadie le importa”. Fui claro con él en cuanto a que iba a incluirlo en una eventual columna. Lo cual le pareció perfecto. Y sin que me simpatice su radical desprecio por la vida de esos trabajadores del basural, termino prefiriéndolo a la hipocresía de quienes dicen ser muy religiosos y solidarios, pero que en el fondo resultan aprovechándose cada vez que pueden del alarde caritativo, para mostrarse como seres humanos de corazón noble. Igual, no me siento con derecho a señalar a nadie. Yo tampoco soy ejemplo de cristiano superior. Ni de voluntario estrella. A lo sumo llego a escribir de esto con la fe de inspirar a alguien para que tome cartas en el asunto. (Como periodista he ido varias veces al vertedero a hacer entrevistas. En un par de ocasiones lo hice con la radio. Siempre me estruja el corazón enfrentar una precariedad de semejante calibre.

La historia de Guatemala es una colección de infortunios, en la que se han arruinado nuestros grandes momentos para lograr abrirnos camino hacia un país más justo. Uno desearía que esa mínima esperanza abierta a partir de 2015 no sucumba por desidia. Que no se pierda por acomodamiento ramplón. Que no se esfume por confundir el turismo ciudadano con la acción verdadera de una sociedad que se defiende.) Se respira el dolor en el basurero de la zona 3. Los guajeros imploran por volver a sus labores, aunque ello conlleve el permanente peligro de morir soterrados. No piden nada de regalado; buscan una oportunidad ¿Oportunidad? Sigo con las ironías de mal gusto. Pero debo insistir en que es así: ellos laboran con los desechos de otros para agenciarse, de manera honrada, el pan de cada día.

Lo que sabemos todos; lo que en el fondo nos importa poco o nada. Y en medio de esta Guatemala tan llena de contrastes y de iniquidades, donde políticos infames cobran sobornos de millones y abundan a su lado élites superficiales que solo existen en función de una absurda y egoísta bacanal, yo sigo preguntándome si en el relleno sanitario de la zona 3, es el olfato de quienes allí se ganan la vida el que domó el hedor nauseabundo, o si es el hedor nauseabundo el que domó el olfato de quienes allí se ganan la vida. ¿La vida? Sí, la vida. La vida que come de la basura.