“La audiencia intermedia de La Línea promete ser un punto de inflexión para saber si hay esperanza en el futuro, o si las garras del pasado seguirán arañándonos   sin piedad. Ya lo mencioné antes: confío en Thelma Aldana y en Iván Velásquez. Mi brillante amigo que los considera “súper héroes” me hace ver que de esa clase de “paladines de la justicia” solo se precisa cuando es necesario enfrentar a “súper villanos” como los de aquí.”.

No es descabellado pensar que se urdan maniobras de toda índole para desprestigiar a la CICIG y al Ministerio Público. Concretamente, a sus cabezas visibles. A nadie debe extrañarle que esté corriendo mucho dinero en esa sucia faena. Y que se intente lo indecible para encontrar la tecla específica   con el fin de golpearlos. Total, lo han hecho antes. Por ello, tomo muy en serio cuando circula información que sugiere posibles conspiraciones para tratar de restarle credibilidad a los casos en curso; esos que vinculan a poderosos, vengan de donde vengan. Las voces que ponen en duda si hay pruebas suficientes como para condenar a los implicados no precisamente abogan por el debido proceso. Lo que pretenden es confundir y crear zozobra. Preparar terreno por si se logra intimidar a un tribunal, o al equipo de fiscales. Así funciona el hampa. Ciertamente, una argumentación judicial debe estar sustentada de manera categórica, y no siempre el relato mediático le corresponde en contundencia. Yo confío en lo afirmado hasta el momento, tanto por Thelma Aldana como por Iván Velásquez. Aunque insista en prever que incurrirán en equivocaciones y en tropiezos.

Un amigo me decía recientemente que le angustia en demasía que dependamos tanto de esos dos “súper héroes”, porque ambos son humanos y, por lo tanto, falibles. Le di toda la razón. Porque, además, les sobran enemigos. Y me refiero a enemigos de la peor calaña. Fue por ello tan preocupante el manejo que le dio la Corte Suprema de Justicia a la diligencia para conocer si el ex presidente del Congreso, Gudy Rivera, gozaba o no de antejuicio. Algo de absoluto trámite y sin sustento les llevó seis horas de enredos. Sospechoso e inexplicable. En especial porque era Lunes Santo, y esa ha sido la tónica: resolver cuando la gente ya no presta atención. (Al día siguiente fue lo de Bruselas. Una sobrina mía pudo haber ido en el metro en que estalló la tercera de las bombas. Cuatro guatemaltecos resultaron lesionados en el episodio trágico del aeropuerto. Es el horror en su versión 2.0. La gente sabía que algo así iba a suceder; solo desconocía cuándo. Concuerdo con el análisis de The Economist en cuanto a que en Europa tendrán que acostumbrarse a este peligro permanente. No hay otro camino por ahora. Y concuerdo también con quienes piden que condenemos con la misma indignación los cruentos ataques en Irak y en Paquistán. El terrorismo es una bajeza propia del lumpen que proviene el inframundo y un despreciable escupitajo del radicalismo demoniaco. Lo más vil de la raza humana.)

Una de sus contrapartes más logradas es la genialidad de la especie que contribuye con la estética. Exactamente el caso de Johan Cruyff. Lamenté su partida tan precipitada. Aunque era publico su padecimiento de cáncer, pensé que iba a superarlo. “El futbol me lo dio todo, y yo también se le di todo al futbol”. Esa frase suya la leí en El Gráfico de Argentina en 1978. Nunca se me olvidó. Cruyff jugó siempre en los equipos contrarios a mis simpatías, pero me inspiró como pocos un enorme respeto. Era genial. Y su testimonio de vida es inspirador. Quienes lo conocieron describen la fórmula de su éxito como la perfecta combinación entre el talento y el jamás rendirse. Su rebeldía en el campo era una fiesta. En una de las excelentes crónicas que leí después de su fallecimiento, el escritor cierra su nota así: “Cruyff buscó el regate imposible: amagó, tocó y se fue; el balón le llora”. (Todo lo contrario que la pelota de la selección nacional, bajo la dirección de Walter Claverie. Ahí no hay llanto, pues siendo el mismo equipo es otro. Y aunque por el traspiés de haber perdido contra Trinidad y Tobago terminemos no clasificando, llama la atención lo alcanzado contra Estados Unidos el pasado Viernes Santo. Es cierto que Superman Motta nos salvó infinidad de veces y que contamos con una ventaja casi de camerino. Pero dio gusto ver a los muchachos fajándose sin complejos frente a un rival en varios aspectos superior, sin que se les desmoronara el coraje en los momentos más tensos.) Eso mismo espero del país para lo que tendremos que enfrentar ahora que la Semana Mayor quedó atrás.

Vienen turbulencias de diversos tipos. Violencia selectiva e indiscriminada. Infamias políticas de lodazal. Servilismo vendido al postor más ruin. Ese menú putrefacto que conocemos de memoria. La audiencia intermedia de La Línea promete ser un punto de inflexión para saber si hay esperanza en el futuro, o si las garras del pasado seguirán arañándonos   sin piedad. Ya lo mencioné antes: confío en Thelma Aldana y en Iván Velásquez. Mi brillante amigo que los considera “súper héroes” me hace ver que de esa clase de “paladines de la justicia” solo se precisa cuando es necesario enfrentar a “súper villanos” como los de aquí. Y eso perturba e intranquiliza. Pero contrario a lo que considero será el capítulo inmediato en Europa en relación con el terrorismo, yo no me conformo con acostumbrarme a los atropellos de los malvados que en Guatemala se pintan las caras con los colores de la corrupción y del asesinato. Prefiero apostar por el virtuosismo ciudadano que crea, como lo hizo Johan Cruyff en su momento, en seguir luchando siempre. Como espero que lo haga la Selección. Esa Selección cuya camisola debemos ponernos todos para enfrentar a los duros y nefastos rivales del diario vivir.

A los rivales que nos han amargado la historia con la crueldad llevada hasta las últimas consecuencias. Nos acechan varias impunidades. Es hora de multiplicar a los “súper héroes”.