“En otras palabras, lo que se colige de tal relación es que no podemos sentarnos a esperar a que las autoridades resuelvan el problema. No es aceptable demorarnos años en intentar corregir una catástrofe que nos ha servido de espejo social desde hace tanto”

El lago y la basura. El basurero en el lago. Un lago vuelto basural. Ninguna de estas frases caza con una sociedad saludable. Mucho menos cuando cada año se ve como normal que, tras las primeras lluvias, un cuerpo de agua a escasos kilómetros de la capital parezca un coágulo de lepra. En los dos meses iniciales de precipitaciones, al lago de Amatitlán le han llegado siete mil metros cúbicos de desechos sólidos. Pero serán 30 mil al final de la temporada húmeda. O tal vez más. Los números solo nos ayudan a formarnos una idea. Una idea cruel e infame, si se me permite. Según Oscar Juárez, titular de la Autoridad para el Manejo Sustentable de la Cuenca y del lago de Amatitlán (AMSA), la mayoría de los desechos que lo dañan son de origen residencial.

Para recuperar esa cuenca, el experto Eduardo Villagrán calcula que es preciso invertir unos US300 millones, es decir, más de Q2 mil millones. Y si por alguna razón divina se consiguieran esos fondos, resultados se verían en un lapso de entre cinco y 10 años. Es obvio que no estamos hablando de “agüita mágica”. Ni de soluciones fáciles. Ni de acciones aisladas. Además, es evidente que este drama va mucho más allá de conseguir recursos, aunque valga añadir que el actual presupuesto de AMSA es de Q25 millones. De ahí lo oportuno de empezar por lo básico. Es inaplazable que el manejo de la basura se vuelva una prioridad de interés nacional. El cálculo de las fuentes municipales coincide en que solo cuatro de cada 10 vecinos paga por extracción.   

Sin embargo, de acuerdo con el alcalde de Villa Nueva, Edwin Escobar, el 90% de la gente en las áreas marginales del municipio   a su cargo no contrata ese servicio. Los datos espeluznantes abundan. De hecho, ya me excedí en este artículo haciendo el desfile de números. Saturé con cifras algo que se evidencia con mayor contundencia en el agua verde y fétida de la “Playa de Oro”, donde botellas, pelotas, llantas y hasta cadáveres forman parte del museo flotante de la ignominia en el agua de esa costa lacustre. No existe conciencia clara del riesgo que conlleva postergar las decisiones que urge tomar. Igual a lo que ocurre en múltiples temas del país. Porque de poco o de nada servirá que se invierta en “curar” al lago, si las causas que lo intoxican siguen pisoteándolo a sus anchas y el acuerdo para extirparle las llagas se tarda una eternidad. El liderazgo de los alcaldes de la cuenca, así como de las cabezas del Ejecutivo y del Legislativo,   son fundamentales para que el asunto no se postergue. Si falta afinar el aspecto legislativo, que se actúe de inmediato.   Si la ley vigente da para ejercer algún control, que las comunas se ocupen de que se cumpla lo estipulado.  

Y que el presidente Jimmy Morales le otorgue una importancia de Estado a fijar plazos y a exigir cambios. El tema de las aguas residuales es clave para avanzar. Virginia Mosquera, experta en el manejo de cuencas, afirma que existen dos clases de éstas: las que surgen desde las casas y las que se generan en las industrias. En el lago de Amatitlán, el 86% de la desdicha es de origen doméstico. Pero el 14% restante, según la ambientalista recién citada, incide de manera terrible en el desastre.  

E n otras palabras, lo que se colige de tal relación es que no podemos sentarnos a esperar a que las autoridades resuelvan el problema. No es aceptable demorarnos años en intentar corregir una catástrofe que nos ha servido de espejo social desde hace tanto. Y escribo “espejo social”, porque buena parte de nuestra trágica historia se refleja en la baja autoestima de no defender, como corresponde, nuestro patrimonio. Y también en permitir, con una patológica apatía, que colapse lo mejor de lo que nos distingue.

Porque así como vimos languidecer en suciedad a Amatitlán, sin levantar la voz, podemos perder otras maravillas naturales que forman parte de nuestra identidad, a un relativo corto plazo. Ya es noticia lo de la Laguna del Pino. Atiltán no se queda atrás. Y mejor no sigo porque me deprimo. Y me encolerizo. Y me da “algo”. El lago y la basura. El basurero en el lago. Un lago vuelto basural. Ninguna de estas frases caza con una sociedad saludable. La basura debe ser basura. Y el lago debe ser lago. ¿Hay alguien que discrepe conmigo?