“Todo un maestro como era, Alfonso Sifontes jamás fue petulante ni jactancioso. Era hombre de equipo. Sencillo. Y de eterno buen humor, con el chiste colorado en la punta del ingenio. Además, enciclopédico para la música, pulcro en su lenguaje y coqueto en su indumentaria”.

La última vez que llegó a trabajar le fue difícil caminar hasta la cabina. Se apoyó en unas muletas, pero sobre todo en su voluntad inquebrantable por cumplir con su deber. Era un hombre de radio completo. No como los de antes, sino como los de siempre. Como todos aquellos profesionales que aman su oficio y que lo respetan hasta las últimas consecuencias. Su voz era un techo donde su público encontraba posada y abrigo. Pedro Alfonso Sifontes, don Ponchito, era un virtuoso del micrófono, cuya gracia mayor consistió en perfeccionar el arte de acompañar a la gente; de acompañar con cariño y calidad, lo cual hacía casi a cualquier hora porque su máximo deleite era estar al aire.      

La mañana en que la noticia de su partida se volvió tendencia en las redes sociales, recibí varias llamadas que me lo dibujaron entero. Guatemaltecos del más variado origen y de las profesiones más diversas lamentaban lo que, con toda razón, veían como una pérdida de alcance nacional. Y no solo ocurrió aquí. Eduardo Ibarrola, embajador de México en Holanda, se comunicó conmigo desde La Haya para expresar su congoja. Y lo hizo con auténtico dolor. Lo mismo pasó con Gustavo Zuleta y otros connacionales que en Estados Unidos se sintieron más cerca de su tierra gracias a esa musicalidad del habla que hacía de don Ponchito, además de un integrante de la familia en miles de hogares, todo un notable de la dulzura. Muchos de sus oyentes lo lloraron, a pasear de no conocerlo personalmente. Políticos y analistas que van a Emisoras Unidas a debatir sobre las vicisitudes del país, recordaron como memorable el haberle saludado. Su gusto por las canciones de Roberto Carlos logró fusionar su propia vida con ese “amante a la antigua” que el cantante brasileño hizo célebre. Y esa vocación romántica, aderezada con piezas de Nicola di Bari, lo volvieron un hombre de gitano corazón a quien seguían las mujeres para iluminarse de su encanto. No es ningún secreto: don Ponchito deja muchas fans, luego de su paso por la radio. Fans que lo quisieron siempre. Fans que lo volvieron parte de sus vidas.                                                                                                            

Alfonso Sifontes era el ejemplo del perfecto caballero. Siempre galante, con una palabra dulce para cada dama a su alrededor, pues así como le decía “monumento” a una, describía como “su novia” a otra. A lo que sumaba cumplidos característicos a las demás compañeras de trabajo como “virgencita” o “nena”, sin repetirse nunca. Don Ponchito es el único ser humano que he conocido a quien las bondades no le surgieron cuando dejó de respirar. Para nada. Porque así de bien como se habló se él cuando se supo de su deceso, igual se le describía cuando estaba entre nosotros. Y eso lo hace excepcional. Su estilo, además, era irrepetible. Cuando se le preguntaba acerca de su nacimiento, jamás dudaba en decir que era de Cuilapa, pero al referirse al año en que vino al mundo, su respuesta era categórica: “Nací en mil novecientos punto com”, con la carcajada de rigor.

Todo un maestro como era, Alfonso Sifontes jamás fue petulante ni jactancioso. Era hombre de equipo. Sencillo. Y de eterno buen humor, con el chiste colorado en la punta del ingenio. Además, enciclopédico para la música, pulcro en su lenguaje y coqueto en su indumentaria. Gozaba a lo grande cuando me derrotaba en el “el duelo” de los viernes. Nos la pasamos muy bien juntos. Le debo mucho. Sus enseñanzas en cuanto al respeto al oficio son memorables para mí. Los denodados esfuerzos que puso de manifiesto para aprender inglés son inolvidables y de enorme ejemplo. Y la manera como se fue me mostró , asimismo, la decencia y el coraje de un hombre digno y cabal. Jamás se quejó. Jamás se hizo la víctima. Jamás pidió nada. Y lo único que quería era volver a trabajar cuando su salud se lo permitiera. Voy a echarlo mucho de menor. Y si es cierto lo que dice una de sus canciones favoritas, en cuanto a que “la distancia es como el viento”, cada vez que se muevan los árboles o que algún pañuelo se deje llevar, su estampa me lo recordará tal y como era: un virtuoso del micrófono, cuya gracia mayor consistió en perfeccionar el arte de acompañar a la gente, con esa voz de techo en que su público encontró siempre posada y abrigo. Se nos fue un grande. Un caballero. Gracias por todo, don Ponchito.