¿Qué clase de educación les estamos dando a nuestros hijos? “Excelente, porque el colegio al que van sale entre los mejor evaluados por el Ministerio de Educación y además es de los más caros del país, si hasta bono hay que pagar cada año y casi todos los alumnos van con guardaespaldas y en buenos carros.

Si vieran qué carrazos hay en la fila de entrada y salida”. Así se resume la evaluación que muchos padres, entre quienes pagan educación privada, hacen para escoger en qué institución inscribirán a sus hijos. Nada de malo hay en gastar mucho o poco dinero en educación, si se tiene la posibilidad es válido. Pero sería bueno que los padres evaluaran si el sistema actual es el mejor o si otras opciones son posibles.

Sin entrar a considerar el aspecto académico, porque nada hay más relativo, pues es innegable que lo que se paga por educación no siempre garantiza que el alumno salga mejor preparado. El punto a señalar es la travesía de llegar y regresar del centro de estudios, y algunos puntos que usualmente no entran en consideración al momento de escoger.

Padres e hijos se levantan a las 4:00 horas, algunos incluso antes, los más afortunados quizá a las 5:00. Salen de su casa a enfrentar largas filas de carros y luchan para llegar cuanto antes a su centro de estudio. Logran adelantarse al tráfico, y se estacionan en las afueras del colegio, a esperar unos 45 minutos a que abran. Los niños aprovechan para dormir un rato y así entrar con muchas ganas a las aulas y aprovechar el lapso antes de que empiecen las clases para desayunar mal.

Los maestros también tuvieron que realizar la travesía para llegar a su trabajo y no debe ser alentador encontrarse con un grupo de niños todavía medio dormidos. Sacar lo mejor de ellos debe ser complicado. El pensum de estudios exige que se cumpla con un amplio contenido educativo, todo para bien de los alumnos. El día en el colegio se distribuye en periodos destinados a cubrir todo el programa y lo que no se puede se deja de tarea.

Las clases terminan usualmente a las 14:00 horas, pero el trabajo sigue al llegar a casa. La jornada escolar se extiende, entonces, desde las 4:00 hasta las 18:00 o 20:00 horas.

Al final se tiene a niños adormitados, mal desayunados, comiendo refacciones de bajo contenido nutritivo –chucherías y panes con algo–, almorzando a deshoras, sin tiempo para recreación; lo que deviene en mal humor y rebeldía, porque lo de ellos es puro estudio, sin contar que las tareas también constituyen trabajo para los padres. Esa no puede ser una vida sana, ni física ni mentalmente.

Y ahí están los maestros tratando de formar niños que desarrollen pensamiento uniforme, sin tener en cuenta las circunstancias, y llaman a los padres al primer desorden: “Es que su hijo se queda dormido en clase”, “Viera que no pone atención y siempre dice que está cansado, sería bueno que lo lleve al doctor para que le recete algunas vitaminas”, “Hoy lo dejamos sin recreo porque le dijo ‘tonto’ a otro compañerito”. Si las faltas son mayores envían a los niños con el psicólogo o los suspenden, o recomiendan a los padres que mejor los cambien de establecimiento.

¿Qué tanto vale la pena la travesía por la educación? Sería mejor empezar por evaluar si es necesario tanto desgaste para llegar a los centros educativos. ¿Qué tanto puede aprovechar una larga jornada escolar un niño cansado? Es posible que unas cuantas horas diarias de distracción sean el mejor incentivo para conseguir captar la atención del educando. ¿Cuál es el beneficio real de las tareas?