"El mensaje por Facebook publicado el pasado domingo por el mandatario, en el que afirma en tono desafiante y defensivo que “sí hay presidente”,  es un clásico error innecesario. Y es innecesario".

Se fueron como agua los primeros seis meses de Jimmy Morales en la presidencia. El tiempo, implacable como es, no perdona cuando de desempeños en el poder se trata. En realidad, no perdona a nadie en nada. Y es el juez más implacable. El mensaje por Facebook publicado el pasado domingo por el mandatario, en el que afirma en tono desafiante y defensivo que “sí hay presidente”,  es un clásico error innecesario. Y es innecesario, porque pudo evitárselo con solo sopesar pros y contras durante un par de minutos.

De haberse tomado el respiro, seguro hubiera descartado esa publicación. O si contara con algún asesor de peso que lo guiara. Pero, al parecer, ese lúcido consejero no existe. O por lo menos no lo consulta con frecuencia.Es sumamente fácil criticar desde cualquier llanura a Morales. Pero antes de hacerlo, conviene asimismo meditar. La gente votó por él como reacción a los políticos tradicionales, a quienes con justa razón desprecia.

Eso es bien sabido. Y aunque muchos saldrán ahora con el argumento de que ellos no le dieron su respaldo en las urnas, en la democracia gobierna quien saca más votos. Por lo menos en lo formal. El problema radica en que llevar al puesto a alguien que carece de competencias para ejercerlo, como nos ha ocurrido tantas veces, trae consigo las consecuencias que ya conocemos. En el caso de Jimmy Morales, la situación es incluso más dramática, porque el momento de Guatemala exige un hombre de Estado que sepa, entre otros aspectos, aquilatar sus fuerzas y escoger con certeza sus batallas.

Y además, que conozca el arte de la comunicación, el cual, aunque suene contradictorio, no se le da al presidente, pese a sus dotes histriónicos y a las muchas tablas que carga tras de sí. No es un secreto que Mario Taracena le ha robado el show y que el Congreso se volvió el centro neurálgico, no solo del debate político, sino sobre todo de los pincelazos de cambio. Ha sido Taracena, y no Morales, quien ha sugerido las acciones más interesantes, esté uno de acuerdo o no con ellas. Por otro lado, el protagonismo de los personajes de la justicia también lo ha eclipsado.

Hoy día, competir en el ámbito de liderazgo con Iván Velásquez y Thelma Aldana no es cuerdo ni posible. Sin embargo, con todo y los reflectores que persiguen al jefe de la CICIG y a la titular del MP, es preciso recordar que las luces en el Ejecutivo iluminan un escenario con grandes posibilidades, si quien dirige la obra sabe ganarse el terreno del libreto diario. En ese caso, el apoyo de Morales a la cruzada anticorrupción debería de ser más notorio y proactivo. Como cuando fue, con acierto, a solicitarle al Congreso, junto con el ministro de Finanzas, hacer viable el presupuesto para que la justicia, la Universidad de San Carlos y el Ministerio Público contaran con más recursos.

Todo lo contrario de lo visto en su manejo con las donaciones en salud, o con las proclamas en defensa de las fuerzas armadas, a las que alaba por hacer pupitres en vez de proyectarlas como un Ejército del siglo XXI, dedicado a cuestiones de defensa de la soberanía, la cual está muy “en veremos” en diferentes partes de nuestro territorio, incluyendo las áreas protegidas. En este viejo y testarudo vendaval, Morales tendría que enfocarse en una o dos temáticas esenciales que lo apuntalen y lo fundamenten para mantener la nave a flote.

Pienso que podría pasar a la historia con decoro y hasta con lauros, si logra sortear el embrujo de las vetustas y malhadadas mañas, no solamente de los políticos, sino también de quienes suelen rodearlos en los negocios turbios. Propuestas indecentes, sin duda le han hecho. Y le seguirán haciendo. ¿Qué espera para denunciar las arbitrariedades y las bajezas con que el aparato público se mezcla con el aparato privado? Hablo de hacerlo con pelos y señales. ¿Cómo explicarse que, habiendo sido tan eficaz en la campaña con el tema migrante, se atreviera a lanzar la desafortunada broma de la “mano de obra barata” para el muro de Trump? Morales posee cierta sagacidad.  

Lo que le falta es capitalizarla. Y eso empieza por reconocer sus limitaciones. Estadista no es. Compararlo con Ronald Reagan es un absurdo. Y quienes insisten en semejante despropósito le hacen daño. Pero durante los meses previos a ganar las elecciones mostró que podía articular ideas y que el ingenio no le falta. Llegó a decir en un debate que estaba dispuesto a entrarle de lleno al tenebroso capítulo de los pactos colectivos en el Estado, por más costo político que tal cosa le acarreara. Pese a ello, hoy es normal que se enoje frente a preguntas incisivas de los reporteros que cubren la fuente del Ejecutivo, o que reaccione mal frente a sus detractores en redes sociales. “La crisis se produce cuando lo nuevo no acaba de nacer y lo viejo no acaba de morir”.

La genial frase de Bertolt Brecht describe las coordenadas clave de su reto y de lo que enfrentamos hoy como país. Lo que le toca a Jimmy Morales no es fácil. Es urgente que lo asuma. Y que actúe en consecuencia. Lo reitero: tonto no es. De hecho, diría que es muy listo. Pero es diferente verla venir, desde una tarima proselitista, que platicar con ella, ya con la banda presidencial puesta.

Las palabras de John F. Kennedy sugieren con claridad lo que, según yo, el mandatario debe hacer: “Un hombre inteligente es aquel que sabe ser tan inteligente como para contratar gente más inteligente que él”. Tres asesores de primera le faltan. Tres buenos, pero de verdad. Y una sola intuición para hacerle caso a las ideas más lúcidas. El vendaval de los tiempos lo reclama. El viejo y testarudo vendaval.