Nos gusta hablar de política, porque nos encanta el poder. Así somos los seres humanos. Y como hablar de la política implica hablar de poder, entonces nos fascina hacerlo. Nos embelesa criticar a quienes ocupan los puestos clave. Y estamos convencidos de que, en su lugar, lo haríamos mucho mejor. Eso, por cierto, no es descabellado de pensar en Guatemala, pues los funcionaros públicos nombrados por la dedocracia oportunista suelen ser muy mediocres. Sobre todo, últimamente. A lo que se suman las presiones de un sistema aún demasiado turbio y obsoleto. Poner a circular opiniones en torno a diversos tópicos, especialmente políticos, se ha vuelto muy común en los años recientes. Para bien y para mal. Es sumamente estimulante que la libertad de expresión goce de una salud tan vigorosa y de un vigor tan saludable. Pero ello trae consigo el inevitable y a veces despiadado linchamiento en las redes sociales, cuya naturaleza arbitraria conlleva que nadie se salve en la vorágine de sus mensajes, los cuales pueden acarrear, según el caso, insultos y descalificaciones sin control alguno.  

Es el signo de los tiempos. Y, en ocasiones, cuando un ministro dice tonterías sin recato, un dirigente proclama cinismo a los cuatro vientos, o una figura pública muestra su racismo, su homofobia o su desprecio por la humanidad, uno termina hasta alegrándose de que los golpes y las reprimendas les lleguen casi desde cualquier parte. Eso también es humano. Tal vez penosamente humano, pero humano al fin. A veces, sin embargo, ocurre lo contrario, y en vez de sancionar a los cafres de la opinión o a los adalides del descaro, es a los inocentes a quienes se les propina la implacable golpiza de la bestia anónima, que igual ataca desde las sombras de una cuenta falsa, o bien desde la furia impune de un usuario registrado que, por no ver a los ojos a su víctima, se solaza en despedazarla sin siquiera ruborizarse. De hecho, es el ejercicio de un poder el que rige este tipo de conductas. Y es precisamente ese “ejercicio del poder” el que nos delata como seres humanos, también para bien y para mal.

Vivimos un intenso episodio en el que los medios de comunicación asisten a un encuentro muy complicado con la historia. En el mundo, son muchos los diarios que quiebran o que reducen nómina, a merced de la ola digital. Aquí en Guatemala, como consecuencia de varios acontecimientos ocurridos durante los últimos meses, la prensa se ve sometida a un escrutinio implacable del cual no puede ni debe salir ilesa. Es más, el huracán ya es parte de la cotidianidad de la mayoría de consorcios mediáticos. Y, como en todas las profesiones en un país tan corrompido como el nuestro, solo le queda salvarse por medio de la depuración. Una depuración que, por las condiciones del oficio, es imprescindible que sea transparente y autocrítica. Una depuración que, además, precisa de la mano decidida y empoderada de su público, pues la vigilancia lúcida de las audiencias es vital para no permitir el reclutamiento de activistas a sueldo vinculados con grupos criminales, así como tampoco de redacciones débiles que no reclamen la mínima independencia editorial para operar con decoro. Coincido con el maestro Bastenier cuando señala que, en el periodismo, la opinión es el “género más barato”.

Aduzco que lo dice porque hoy en día cualquiera opina, periodista o no, pero pocos saben escribir un buen reportaje o armar una entrevista de calidad. Muy pocos. Y son menos aún aquellos que logran reportajes y entrevistas que aporten elementos para desarrollar la ciudadanía. El advenimiento de las redes sociales como fenómeno masivo de difusión de ideas se celebra, entre otras muchas razones, porque los medios de comunicación tendrán que dejar su despreciable actitud de “cuarto poder” para convertirse en instituciones de pleno servicio. Solo las verdades con “utilidad social”, como diría Javier Darío Restrepo, serán las que le permitan larga vida al oficio periodístico. Y con esto me refiero a investigar lo que motive y propicie los cambios que beneficien a las comunidades. A evidenciar el egoísmo sanguinario de la corrupción que, por robarse millones, deja sin asistencia médica y sin educación a los desposeídos. A denunciar la prepotencia malandrina de quienes lucran sin medida, en vez de conseguir ganancias enormes pero razonables. A poner sobre aviso a la sociedad de falsos liderazgos populares que medran de mala manera a costa de la efectividad estatal. Razones y temas para trabajar sobran. Lo que falta es enfocarse en el meollo de los anhelos colectivos. Y dedicar el talento a procurarle esperanza al prójimo.

Cambiar el sórdido y mediocre modo de manejar los asuntos públicos es uno de los objetivos inmediatos para nuestra sociedad. Y esto trae consigo regular con decisión y coraje a los poderosos. Fijarles límites. Mantenerlos a raya. Como escribí al principio, nos gusta hablar de política porque nos encanta el poder. Así somos los seres humanos. Y como hablar de la política implica hablar de poder, entonces nos fascina hacerlo. Pero es tiempo de hablar menos y de actuar más. Es cierto que hablando se entiende la gente, pero también es cierto que caminando es como se hace camino.

La prueba del manejo de poder, sin incurrir en abusos, es tal vez la máxima a la que se somete una persona. El poder seduce y traiciona. El poder nos vuelve inclementes y sádicos. El poder nos evidencia y nos da la oportunidad de lucirnos, como también de colapsar en el más hondo de los abismos. El ansiado y apetecido poder. Ese que nos quita el sueño y nos lo envilece. El poder del poder radica en poder hacer el bien sin que el poder del poder nos haga mal. El querer es el mejor poder. Es el poder del querer. El poder querer. El querer queriendo. El poder del poder.