Me imagino que el artista sugiere con esa imagen que el abogado colombiano no desmaye en su lucha por las causas justas y que comparta esos guantes con la fiscal general, Thelma Aldana.

En el manual de estilo del diario El País me impresionó, hace ya varios años, leer esto: “El periódico no publica informaciones sobre la competición boxística, salvo las que den cuenta de accidentes sufridos por los púgiles o reflejen el sórdido mundo de esta actividad”. Yo apenas iba a cumplir 30. Y a una edad así, posturas de ese calibre me parecían algo muy cercano a la osadía. A ello, casualmente durante la misma temporada. se sumaron unas líneas en uno de sus editoriales que describían al deporte de los guantes como  "barbarie organizada y exaltación de la violencia de hombre a hombre".

Y aunque lo "políticamente correcto" se desbordaba en aquel texto, admito que me convenció. Sin embargo, muchos lustros después, para ser exacto el pasado fin de semana, disfruté con nostalgia en ese mismo diario "anti box" unas excelsas notas periodísticas y varios lúcidos artículos de opinión relacionados con la muerte de Muhammad Ali, boxeador a quien la historia concede un cinturón de celebridad deportiva y de poesía visionaria, ganado tanto en el arte de hablar verdades incómodas pero necesarias, como en el de fajarse en el ring frente a rivales de toda índole. Nunca he sido aficionado al pugilismo. En ninguna de sus versiones, he decir. 

Pero me es inolvidable la noche del 8 de marzo de 1971, cuando a instancias de mi mamá viví la emoción de “la pelea del siglo”, en la que Joe Frazier le quitó el invicto a Ali y así retuvo el título de los pesos completos. Woody Allen y Norman Mailer, entre otros, estaban en el público de un abarrotado Madison Square Garden. La derrota de Ali, aunque triste para el niño que yo era entonces, iba a mostrarme su verdadera estatura humana con el correr  del tiempo. Previo a ese combate, también con mi madre como cómplice, vi por vez primera a Ali cuando noqueó al argentino Ringo Bonavena, en un match en el que me percaté de lo que realmente significaba eso de “flotar como una mariposa y picar como una abeja”. El baile de Ali era un espectáculo aparte. Pero lo que de verdad me hizo interesarme en él fue su negativa a ir a la guerra de Vietnam.

Nunca vi en ello una pizca de cobardía. Todo lo contrario: su moral pacifista la percibí siempre muy auténtica. Me gustaba que rechazara públicamente viajar miles de kilómetros para matar vietnamitas, y que prefiriera perder su título e ir a la cárcel con tal de mantener sus principios . En aquellos tiempos no entendía lo que significaba su conversión al Islam ni sus reivindicaciones raciales. Más adelante, cuando comprendí la dimensión de sus consignas, incluso me encariñé más con el personaje. Pero antes de ello, el 30 de octubre de 1974, sucedió un episodio que jamás podré olvidar.  De aquella noche guardo en mi memoria lo que, a simple vista, era una masacre inminente. George Foreman, joven campeón de todos los pesos que en sus ocho combates previos había terminado con sus rivales antes del segundo asalto, era el claro favorito para noquear a Muhammad Ali, siete años mayor que él y lejos de su mejor momento. El escenario fue Kinshasa, Zaire, hoy República Democrática del Congo.

Ali, atrincherado en las cuerdas, parecía condenado a caer de un momento a otro. Su cuerpo recibía un castigo descomunal de parte de Foreman, que multiplicaba sin piedad golpes y golpes en los costados de su oponente. En el octavo round, como lo recogen las crónicas de la época, Ali aprovechó su momento y concretó su estrategia. En una estupenda maniobra, castigó a su rival con la dosis necesaria para sacarlo de balance y lo llevó a la lona frente a los ojos incrédulos de millones de espectadores. El milagroso Knock Out se dio segundos más tarde. Lo imposible había ocurrido. Ali era de nuevo el campeón. El bocaza.

El rebelde. El arrogante. Esa pelea es un ejemplo contundente de lo que una voluntad y un plan, en armonía, son capaces de lograr. El resto es historia. Y en tal sentido, lo escrito por Jorge F. Hernández me lleva a pensar en lo mucho que significó Ali para que Estados Unidos, y de algún modo el mundo, dieran pasos firmes y certeros en el desafío, aún por completarse, de otorgarle la igualdad a los negros en este planeta. Si no, que lo diga Barack Obama. Cito a Hernández: “ De las entrevistas y toda aparición pública, hay que aquilatar que el campeón las aprovechó todas para siempre anteponer la virtud y la honesta creencia en sus ideas al servicio de las mejores causas: la lucha por los derechos civiles, la oposición a toda guerra, el alivio para los desposeídos, el fomento y promoción del deporte y luego, la alerta de eso que ahora todos sabemos que es la enfermedad del Párkinson que lo fue minando poco a poco desde la lejana época en que nos era absolutamente desconocida”.

Así es: Ali sufrió de un Párkinson implacable, el cual sobrellevó con dignidad y con el respeto de prácticamente todos sus antiguos rivales, en especial el de George Foreman, a quien ahora veo como un bonachón risueño, incapaz de matar a una mosca. Estoy de acuerdo con que, frente a la vertiginosa realidad de Guatemala, puede verse insulso un artículo centrado en Muhammad Ali. Pero confieso que una de las principales inspiraciones para escribirlo fue ver el genial y poético Fo del pasado domingo. En éste, el incomparable caricaturista dibuja a Ali, ya camino hacia el cielo, dejándole los guantes a Iván Velásquez, titular de la CICIG.  

Me imagino que el artista sugiere con esa imagen que el abogado colombiano no desmaye en su lucha por las causas justas y que comparta esos guantes con la fiscal general, Thelma Aldana. Me gustó mucho el titular del artículo de Jorge F. Hernández, aparecido precisamente en El País, ese periódico que “no publica informaciones sobre la competición boxística, salvo las que den cuenta de accidentes sufridos por los púgiles o reflejen el sórdido mundo de esta actividad”. En el encabezado se lee: “Poeta a puñetazo limpio”. No podía ser de otra manera: estaba hablando de “El más grande”.