“El solo hecho de conocer dónde quedaron los desaparecidos le bajaría muchísima tensión a esta olla de congoja contenida. Y además, sería una muestra de humanidad en medio de una polémica muy intensa y encendida”. 

Escribo de buena fe y con el deseo de promover armonía. Pretendo plantear mi visión de lo que ocurre en el tema de la disputa ideológica revitalizada, consciente de que mi verdad no es ni la única ni la mejor. Vivo en un país polarizado, y no en uno que padece ataques de polarización.

Siento que Guatemala está enferma. Lo cual no es nuevo para nadie. Y también percibo que existe una codependencia nociva entre los actores más beligerantes de este permanente desacuerdo y su muy particular lectura de la historia. Lo cual tampoco es arribar a una verdad novedosa. Me choca la necesidad patológica de muchos interlocutores, públicos y privados, que alimentan su razón de ser en el odio.

Unos, porque “viven” de eso; otros, porque sin eso no “viven”. Y me ofende tanto radicalismo, pues en medio están las víctimas. Sí, las víctimas. Esas que se vuelven invisibles en las apasionadas polémicas y en las intensas discusiones. Y lo recuerdo: los familiares de los muertos y de los desaparecidos no tienen ideología a la hora de sufrir. No se llora con lágrimas fascistas o con llanto marxista. El dolor duele en la derecha o en la izquierda.

Duele y deja rastro. Y rechazo por ello la superficialidad con que suele tocarse el tema. Sea con implacable hígado para vituperar al contrario, o con blando corazón para defender al afín. Fue guerra, es cierto. Pero buena parte de los caídos eran civiles sin armas. Y aunque quiero creer que quienes se ocuparon de propiciar la firma de los Acuerdos de Paz lo hicieron de buena fe, resulta evidente que el camino elegido para intentar la curación de las heridas dejadas por el conflicto no funcionó como se esperaba. Basta con revisar las redes sociales cada vez que ocurre algún incidente relacionado con la guerra civil para que comprobemos la saña con que se discute. El desprecio con que se ataca.

La vehemencia con que se insulta. Y mientras tanto, el día en que se dieron las detenciones de los militares en retiro, por azares del destino terminé almorzando con la mamá de un desaparecido. Y ella, con lágrimas en los ojos, me preguntó si con estas acciones legales había alguna posibilidad de saber el paradero de su hijo. Aclaro, para darle más panorama a la historia, que no se trata de un desaparecido sospechoso de ser comunista. Se trata de un inocente que fue secuestrado por los excesos de aquellos cruentos tiempos, en los que muchos cayeron por ser simples correos sin saber o por decir alguna palabra de más en contra del régimen.

No me parece aceptable defender a los militares en retiro que han sido señalados, aduciendo que la paz se firmó y que no es conveniente abrir las llagas del pasado. Y no lo acepto porque son casi las mismas voces que, en su momento, denostaron los Acuerdos. Muy bonito: cuando hubo que impulsar los pactos alcanzados, entonces no. Pero cuando conviene a mi visión del mundo, entonces sí. Por otro lado, tampoco respaldo la idea de que se condene a los militares solo por haber sido parte del Ejército en los aciagos tiempos del conflicto.

Entre los oficiales hubo de todo, igual que entre los comandantes de la URNG. Pero si se arma un caso sólido y con suficientes pruebas en delitos que no entran en la amnistía, es la justicia la que debe funcionar sin ver caras ni apellidos. Lo mismo tendría que pasar con el lado guerrillero. Si hay pruebas y casos verificables, que proceda el Ministerio Público. Y que lo haga sin contemplaciones. Ahora bien, si de lo que se trata es de intentar rutas alternativas para la reconciliación, es el momento de que los líderes expongan su capital político y alcen sus voces para las propuestas.

Y aunque desconozco si es viable en lo jurídico, el camino tomado por Sudáfrica podría ser una de las salidas: perpetradores que confiesan sus crímenes a cambio de no ser juzgados. Y que lo hagan militares y guerrilleros. Y, si es posible, civiles involucrados en las decisiones. Y la misma comunidad internacional. Ya con eso se ganaría mucho, siempre y cuando hubiera honor y verdad en los testimonios.

Porque así podría saberse a quién perdonar. El solo hecho de conocer dónde quedaron los desaparecidos le bajaría muchísima tensión a esta olla de congoja contenida. Y además sería una muestra de humanidad en medio de una polémica muy intensa y encendida que, aunque despierta pasiones e interés, nos hunde con su rencor obsesivo y malsano.

Es imposible judicializar todos los casos. Pero es asimismo inaceptable que propongamos doblar página sin enfrentar con coraje y honestidad intelectual las atrocidades que se vivieron en Guatemala durante la lucha armada. Europa todavía está aprendiendo de las dos grandes guerras del siglo pasado.

Y, pese a la experiencia, en sus narices ocurrieron las matanzas en los Balcanes durante los años 90. La historia no es ni puede ser una sola. Cito el artículo de ayer de Edgar Gutiérrez: “El Ejército ganó aplastando brutalmente cientos de comunidades indígenas, muchas de las cuales la guerrilla sublevó de manera irresponsable sin tener capacidad militar”.

Eso refuerza el motivo por el cual decidí escribir este artículo. Me refiero a los familiares de quienes sufrieron, de parte del Ejército o de la guerrilla, el asesinato o la desaparición forzada de sus seres queridos.

Señores polemistas, defensores de lo indefendible, pro aquí y pro allá, anti esto y anti aquello, apologistas, redesocialistas y demás hierbas, por favor no lo olviden: hay gente que sufrió y que sigue sufriendo por el exceso de sangre derramada. Insisto: en medio están las víctimas. Y eso merece respeto. El dolor duele, sea uno de derecha o de izquierda.