“Un colapso a mediano plazo del mandatario Jimmy Morales no puede descartarse del todo. No hablo de algo inmediato. Pero el escenario de su eventual derrumbe emocional debe ser considerado”.

Un colapso a mediano plazo del mandatario Jimmy Morales no puede descartarse del todo. No hablo de algo inmediato. Pero el escenario de su eventual derrumbe emocional debe ser considerado. Las presiones que pesan sobre sus hombros se le multiplican, a veces sin necesidad. Y su falta de manejo se evidencia cada vez más, sin que pareciera disponer de consejeros capaces de darle luces. No me refiero a que el síncope de su gobierno vaya a llegar por la vía de una revuelta popular. Eso lo veo improbable. Sin embargo, no es descabellado que, en la desesperación de una encrucijada, se le ocurriera renunciar. Ahora me explico.

Aunque los dramas que Morales ha vivido durante su mandato no hayan sido tan intensos, una convergencia de conflictividades podría acabar con su paciencia. Es solo cuestión de sumar. El retiro del Congreso de la propuesta de Reforma Fiscal, los más de 150 bloqueos de carretera de los que se quejó recientemente, la golpiza que le propinaron ayer en el foro de la Cámara de Comercio, los memes que lo ridiculizan un día sí y el otro también, su falta de bancada en el Congreso luego de pagar un altísimo precio por ampliarla de mala manera, sus llamados al dirigente magisterial Joviel Acevedo para que lo ayude a cumplir con los 180 días de clase en la educación pública, la cercanía con un sector militar duro encabezado por el ahora diputado Armado Melgar Padilla, la situación precaria de la red vial producto de una herencia complicada y la siempre inquietante violencia evidenciada en el horrendo ataque del pasado viernes. Estas son solo algunas de sus preocupaciones de las últimas dos semanas. Pero de seguro se me escapan varias e ignoro otras que, en las sombras, siempre abundan en un puesto como el suyo. Su propuesta de impuestos, aunque valiente, no tuvo ningún respaldo político importante. Y le trajo duras críticas de sectores que, en su mapa de inicio, lo apoyaban de manera casi incondicional. No ha de ser ganga lo que Jimmy Morales vive en la actualidad.

Confieso, por ejemplo, que cuando se le salieron las lagrimas en ese desafortunado desayuno en el que habló como pastor, lo primero que sentí fue indignación. No me agrada que mezclen a Dios con los asuntos de Estado. Y, mal pensado que es uno, se me ocurrió que el llanto había sido producto de su bien conocido talento histriónico. Pero al revisar con detenimiento las fotos en las redes sociales, y especialmente en los diarios impresos al otro día, lo que vi fue a un mandatario a punto de desplomarse. Su cara lo decía todo. Y la expresión delataba su desasosiego interno. De ahí me viene la impresión de su mal momento. Percibo que una de sus fallas consiste en su comunicación. Coincido en ello con el analista José Carlos Sanabria, quien al opinar al respecto durante una entrevista en la radio, deslindó con sagacidad y certeza la diferencia entre la facilidad para comunicar mensajes políticos y aquella que se orienta hacia el entretenimiento.

Ahora bien, aunque me corra el riesgo de incurrir en contradicciones, pienso que Morales podría estarse ahogando, si no en un vaso de agua, sí en un mar cuya naturaleza es la tormenta y en el que la calma es siempre una excepción. Lo cual me lleva a pensar que, si logra establecer un par de prioridades, y además se asesora mejor en sus proyecciones públicas, podría sortear el vendaval y recuperar el ritmo. Ocupar la presidencia de un país como Guatemala no es sencillo ni siquiera para un brillante estadista. El mandatario Jimmy Morales no lo es. Por ello, sus pies de plomo deben combinarse con una lúcida intuición que a él no le falta. Y también precisa de decisiones, a veces arriesgadas, que pueden ganarle el respeto de muchos de sus críticos y, a la vez, darle un respiro. Oportunidades hay en su periferia. Algunas, de carácter colindante con lo osado. Pero otras, tales como evitar declaraciones comprometedoras, son cuestión de pura prudencia. Bueno es que recuerde que intentar quedar bien con todos no sólo es imposible, sino que contraproducente. Según mi muy humilde punto de vista, el secreto radica en “salirse de la caja” con agudeza y visión. Y en especial en algo que, en tiempos como estos, le convendría mucho si piensa en cualquier versión de su futuro. Me refiero a no ser ni corrupto ni ladrón. Asimismo, a una tarea que resulta incluso tal vez igual de ardua: en ni siquiera parecerlo. Confió en que Jimmy Morales retome estabilidad y equilibrio.

Creo en su buena fe y en su deseo de mejorar el país. Insisto: no es fácil a lo que se enfrenta. Le toca domar a un animal complicado lleno de espurios intereses. El problema no lo veo a corto plazo. Pero dentro de unos meses, si no lo apuntalan bien, el colapso puede llegarle.