“Quería cruzarme la ruta y los carros no pararon”, me expresó, en una reunión de vecinos, doña Tomasa García, reprendiendo con dureza y severidad lo que en ocasiones he afirmado: el peatón tiene el derecho de paso. La vía publica como tal la integramos todos, nadie escapa a esa afirmación.

Todos tenemos responsabilidad en su correcta o incorrecta utilización. Los peatones deben de tomar en cuenta que para circular y tener la prioridad de paso hay ciertas áreas, por ejemplo los “pasos de cebra”, las banquetas, pasarelas o lo que denominan zonas de seguridad y no donde se nos da la gana, ya que se corre demasiado riesgo, sin toda esa señalización y espacios designados que la identifican, en la relación compleja de quien camina y de quien se desplaza por motores.

En la Ciudad de Guatemala, hay más de 110 pasarelas, la mayoría de uso publico, ya que también hay privadas en algunas conexiones de edificios.

Esos pasos peatonales públicos aéreos son la inversión de los impuestos que tributan los vecinos, y al no utilizarlas pecan contra su patrimonio, además de correr el riesgo de ser embestidos y, en ocasiones, sin derecho para reclamar, porque se han cruzado indebidamente una vía, en total desprecio por su vida y la tranquilidad de otros, que se ven afectados, bajo una pasarela, sobre un puente o, en el peor de las casos, en aquellos encuentros de rutas, con mas de 10 carriles de circulación de automotores, donde la lógica y la imaginación jamás permitirían esa osadía, pero que cerca del área de El Trébol sucede constantemente, porque algunas personas con sus capacidades físicas sin problemas se cruzan corriendo, se saltan las bardas, los arriates y torean cualquier tipo de vehículo.

Los peatones tienen la obligación de cruzar en las esquinas, en aquellos casos donde no hay una señalización específica para peatones y dice el Reglamento de Tránsito que también en forma perpendicular a la vía no deben ni pueden desplazarse en diagonal a una intersección y también prohíbe cruzarse frente a vehículos parados temporalmente.

En el caso de que un vehículo atropelle a un peatón en esas vías con zonas de seguridad, dice la ley que el conductor estará exento de toda responsabilidad, pero mientras se investiga y se desarrolla el proceso de aporte de pruebas y demás estaría totalmente relacionado con esas consecuencias negativas, es decir, ligado a un proceso que lleva entre dos o tres años para deducir responsabilidades, perdiendo tiempo y pagando abogados, solo porque a alguien se le ocurrió no utilizar una pasarela cercana.

En otras culturas, la legislación de movilidad peatonal y de motores tiene un espacio significativo dentro de esas sociedades, muy contrario al régimen de transitar en la República de Guatemala. La Ley de Tránsito actual fue aprobada en 1996 y con el crecimiento poblacional y el desarrollo automotriz, minuto a minuto, pierden el espíritu de su creación, podría hasta decir que esta normativa resulta obsoleta, para estos tiempos, aunque es lo único que está a nuestro alcance, para la administración del tránsito, es decir obsoleto pero utilizable.

Urgen cambios significativos a todas esas normas, donde deben tener eco las súplicas que hacen los sectores poblacionales con capacidades diferentes, ante la falta de educación y conciencia vial, para permitirles el derecho de paso, para cederles un espacio en el autobús, para la construcción de parqueos exclusivos destinados a vehículos estructurados para su traslado. Las palabras de quien me reclamó en público enamoraron el silencio en esa reunión y provocaron esto que hoy usted lee; al quererme retirar la busqué y le pregunte dónde fue, para saber en qué podíamos ayudarlo, me dijo que en el Periférico, allí donde circulan mas de 75 mil carros diarios y su velocidad promedio es de 60 km por hora. Con una sonrisa le dije que tuviera mucha precaución, que allí no se podía cruzar y le recordé que a escasos 30 pasos, pudo haber subido la pasarela de la gloriosa colonia Bethania. Doña Tomasa García tiene razón, pero no tanto.