“Debemos aceptar que, lo que pasa en nuestras vidas es producto de nuestras propias decisiones; por más que tendamos a culpar a alguien más”.

“No sé qué hacer. Cuando pareciera que he tomado una decisión, me entra la duda nuevamente. Pareciera que no tengo los fundamentos necesarios para decidirme por una. Todas tienen sus pros y sus contras. ¿Y si me equivoco? ¿Y si después me arrepiento?“

Uno de las obstáculos más comunes en la toma de decisiones es el temor. Temor producto de no saber lo que vendrá. Temor a tomar una mala decisión, o simplemente temor al cambio que esa elección conlleve.

Lo que está claro es que el temor no nos llevará a ningún lado. Debemos aceptar que lo que pasa en nuestras vidas es producto de nuestras propias decisiones; por más que tendamos a culpar a alguien más.

Estamos claros que queremos distintos resultados para nuestra vida, y para lograrlo comenzaremos por tomar buenas decisiones.

Visualiza:

El primer paso es tener claro qué quieres. A dónde quieres llegar. Cuál es tu propósito en la vida. Cuáles son tus metas de aquí a 5 y 10 años.

Hay un dicho que me encanta. Si no sabes a dónde vas, cualquier camioneta te lleva. ¡Y es cierto! Antes de comenzar el proceso, debemos hacer un filtro inicial y preguntarnos. ¿Alguna de estas opciones me alejan de mis metas de vida? Una vez que hemos sacado de la lista estas opciones, damos el segundo paso.

Investiga:

Lee, busca, pregunta e indaga toda la información que te pueda ayudar. Pon atención en que la información que recabes sea objetiva; no elijas únicamente la que quieres escuchar o la que te conviene. Incluso puedes añadir tanto los errores como los aciertos del pasado. En ocasiones son grandes maestros.

Crea:

Ahora, con toda la información que tienes, vas a hacer una lluvia de ideas, con el objetivo de definir las opciones que vas a elegir. No juzgues ninguna, ni por descabellada, imposible o retrógrada que parezca. Anota todo lo que venga a tu mente. Escríbelo en un cuaderno o en una pizarra.

Analiza:

Observa, de la forma más neutral, tu lluvia de ideas. Léela un par de veces y luego rescata 3 opciones. Recuerda que deben encaminarte a tu propósito y evalúa el impacto que cada una de ellas traerá a tu vida y a la de quienes te rodean.

Siente:

En ocasiones pensamos que los procesos de toma de decisiones son netamente racionales o emocionales. Sin embargo, debemos ocupar tanto nuestra cabeza como nuestro corazón. Hay opciones que probablemente son las que más nos convienen, pero no las que más deseamos. Por ejemplo: a mí me convendría aceptar un trabajo con un sueldo fijo. Sin embargo, solo la idea de tener un jefe me da urticaria. ¿ Seré feliz con mi decisión, si tomo el empleo fijo?

Decide:

Una vez que pusimos propósito, cabeza y corazón, y pasamos las opciones por los tres filtros, podemos tomar una decisión.

Puedes hacerlo a través de pros y contras o poniendo una ponderación a cada opción. Lo importante es que una vez elijas, estés convencido que es la correcta y la que te haga feliz.

Ya has tomado una decisión, ahora piensa en qué debes trabajar para afrontar esa decisión armado de las herramientas y habilidades que necesitarás para triunfar.

Tú decides qué camino tomar, elije el que te realice, te haga crecer y te produzca felicidad.