“Con todo respeto, señor embajador, no hay excusa para su uso del lenguaje en menosprecio de la soberanía del pueblo de Guatemala en sus últimas declaraciones durante días recientes. Al leerlas me causó tanta sorpresa que tuve que llamar a varias fuentes para confirmar que fueran ciertas, antes de escribirle estas líneas”.

En días recientes, en forma muy poco profesional y de una fuente que dudosamente puede llamarse legítima (robarse información de un servidor privado de una firma privada no es periodismo, es robo), la prensa mundial se ha dado un festín con los llamados “Panama Papers”, generalizando y llamando a todos los empresarios o a las personas que tienen una compañía “off shore”, lavadores de dinero, evasores de impuestos, criminales, ladrones y toda clase de epítetos e improperios.

Es clásico del que no domina un tema iniciar con generalizaciones y juzgar apresuradamente con su poco criterio y menor razonamiento, especialmente cuando muchos medios se suben al frenesí de la especulación o del escándalo. No hay nada que venda más papel y aumente más el rating de cualquier medio de comunicación que el sensacionalismo barato y los titulares escandalosos. Pareciera ser que para algunos que no entienden pero ni lo más esencial de la ética periodística, mucho menos de lo que significa el periodismo, el escándalo fácil es lo que hacen pasar por información o por noticia. Miles de miles de empresas y de personas individuales en todo el mundo incorporan empresas fuera de plaza, u “off shores”, para facilitar el comercio internacional y también buscar mejores tasas impositivas, proteger su privacidad y la de sus familias y agilizar las operaciones internacionales.   El simple hecho de ser propietario de una corporación extranjera no vuelve a nadie un criminal, ni un evasor de impuestos, ni un lavador de dinero.

Lo que creo que sucede realmente es que hay muchísimas personas que no entienden de empresas, que tienen prejuicios ideológicos o resentimientos contra el capital legítimamente adquirido, que prefieren el rumor, la descalificación automática y el prejuicio, a la información, la investigación imparcial y el periodismo serio. Es más fácil darle e inflamar más el incendio de un escándalo mediático que entender una noticia, entender sus extremos y alcances, y formarse un criterio propio, lo más alejado posible de prejuicios o conclusiones automáticas.

AL SEÑOR EMBAJADOR: Señor embajador, cuando lea estas líneas inmediatamente sabrá que es usted al que me refiero. Le escribo con el único afán de tratar de mejorar la importantísima relación bilateral tan necesaria entre su país y el nuestro.   Con todo respeto, señor embajador, no hay excusa para su uso del lenguaje en menosprecio de la soberanía del pueblo de Guatemala en sus últimas declaraciones durante días recientes. Al leerlas me causó tanta sorpresa que tuve que llamar a varias fuentes para confirmar que fueran ciertas, antes de escribirle estas líneas.

No dudo yo, señor embajador, que usted, en forma sincera, se interese por los asuntos guatemaltecos, que le impacte la pobreza de muchos guatemaltecos o que quiera usted persiguiendo los intereses de su nación (que en el tema del combate a la corrupción se alinean totalmente con el pueblo de Guatemala), atacar la corrupción estatal y el lavado de dinero en nuestro sistema financiero y político, pues no solo es un riesgo para nosotros mismos, sino para ustedes también, especialmente en el ámbito del terrorismo internacional y en otros temas coyunturales relacionados con esa amenaza global.

Sin embargo, señor embajador, con respeto, sus declaraciones hacen una falsa disyuntiva, una falacia non sequitur, clásica, pues usted supone que los que nos preocupamos por la soberanía y la forma en que varios embajadores la han violado y violan sus obligaciones internacionales expresadas en varios tratados sobre relaciones diplomáticas entre estados; no nos preocupamos por los asuntos de la pobreza o la muerte infantil por desnutrición en nuestra patria.   Nada más alejado de la verdad, señor embajador, los guatemaltecos y los empresarios en Guatemala pagamos decenas de miles de millones de quetzales en impuestos a un gobierno corrupto que roba y despilfarra esos recursos de una forma hasta criminal, de allí vienen tantas carencias.

No es necesario, señor embajador, que usted me responda ni le responda a sus críticos, ya todos sabemos el argumento. Lo que sí se hace necesario, pues entre caballeros así debe ser, es que usted presente una disculpa pública por sus declaraciones, donde abiertamente menosprecia usted a todo el pueblo de Guatemala, que es el único soberano en esta tierra, pues vera usted, señor embajador, todos los guatemaltecos queremos a nuestro país, deseamos verlo mejorar, y al igual que ustedes queremos que continúe la lucha contra la corrupción y el lavado de dinero en donde quiera que exista dentro de nuestro sistema, pero lamentablemente sus declaraciones le restan credibilidad a su honorable persona y son totalmente contraproducentes en esta lucha que, estoy de acuerdo, ustedes y nosotros queremos librar, pero con respeto mutuo y con la más básica regla entre las naciones, señor embajador, pues, como usted sabrá, el gigante de Oaxaca, así lo dijo una vez: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.