Aprovecho el premio Nobel de Literatura concedido este año a Bob Dylan para referirme a un tema que me inquieta y hasta me molesta. Hablo de la descalificación a priori, sin conocimiento alguno de lo que se ataca. Recibí los mensajes y las llamadas de rigor la mañana de la noticia, casi como que si yo hubiera sido familiar del galardonado. El tono de varios de estos iba desde lo sardónico en términos literarios, como el de  “¿a quién le van a dar ahora el Grammy? ¿A Haruki Murakami o a Philip Roth?”, hasta el marcadamente burlón que iba incluso más lejos, como el de “¿y te contaron que el Nobel de Química va para Juan Luis Guerra por su aporte al estudio profundo acerca de la bilirrubina?” En resumidas cuentas, lo que argumentaba buena parte de quienes denostaron a la academia sueca  por “osar” otorgarle el galardón al cantautor era que “bajaban” de nivel el premio al concedérselo a un músico de fea voz, y no a un literato de los que tradicionalmente son vistos como tales. 

     No voy a entrar en el espinoso terreno de los gustos, porque no es el caso. Pero estoy convencido de que la obra de Dylan se sostiene poéticamente y que no se trata del gracioso favor para un advenedizo al que le dan un reconocimiento de ese calibre solo por razones de corrección política, como leí en algunos artículos, o bien para evitar que la gente tuviera que ir a buscar a Wikipedia los antecedentes del ganador, como leí en otros. De cualquier modo, uno puede decir que Dylan no es lo suficientemente bueno como poeta para ganar el Nobel, si y solo si conoce su obra; si y solo si ha pasado de oír “Blowin in the wind” el domingo en la misa, o bien si ha ido más lejos de la versión de Gun’s N Roses de “Knocking on Heaven’s door”. Pero descalificarlo únicamente porque no escribe libros, sin haber revisado nunca los espléndidos y profundos textos de sus letras, es un acto de ligereza y también de mezquindad. Tal y como suele suceder en la vida diaria con tanta gente que, solo por su extracción social, su género, su orientación sexual  o por su origen étnico son declarados “incapaces” sin darles siquiera el beneficio de la duda. Es cierto: Bob Dylan no necesitaba el premio. Como también lo es que pudieron haber escogido a un escritor cuya obra no ha llegado al gran público por falta de la catapulta como la que puede dar y ha dado la academia sueca otras veces. Sin el Nobel, por ejemplo, tal vez jamás me hubiese interesado por los magníficos cuentos de Alice Munro. Además, es oportuno recordarles a los detractores que la literatura no es solo la novela, como muchos piensan. Lo es el teatro, también. El genial Dario Fo, fallecido minutos antes de que la noticia de Dylan le diera la vuelta al mundo, fue un gran Nobel de las letras que vino del teatro. Y el reportaje es, asimismo, un género literario. Svetlana Alexiévich, la ganadora del año pasado, es magistral en esa línea. Y no escribe ficción.

No digo que Robert Zimmerman (Dylan) sea el único poeta que merezca el enorme reconocimiento que le han dado recientemente. Hay varios más. Pero su aporte ha sido fundamental y valiente para revestir de libertad y de grandeza a un género visto de menos por su carácter popular. Me refiero al de las canciones, en el que hoy día, gracias a él, disponemos de algunos muy profundos letristas que plasman en sus escritos poesía pura. Ya uno de ellos, Joaquín Sabina, sugirió a Joan Manuel Serrat para el Premio Cervantes. Y el inmenso Leonard Cohen, que también pudo ser Nobel de Literatura como cantautor, dijo que reconocer a Dylan es como “premiar al Éverest, porque es lo más alto”. Por cierto, aquí va una muestra de lo que Zimmerman escribía en 1963, a los 22 años, cuando aún no existía el movimiento ecologista. “Oh, ¿dónde has estado mi querido hijo de ojos azules? Oh ¿dónde ha estado mi joven querido? He tropezado con la ladera de doce brumosas montañas, he andado y me he arrastrado en seis autopistas curvadas, he andado en medio de siete bosques sombríos, he estado delante de una docena de océanos muertos, me he adentrado diez mil millas en la boca de un cementerio, y es dura, es dura, es dura, es muy dura, es muy dura la lluvia que va a caer”.

Uno puede decir “no me gusta”, “no lo comprendo”, “no me dice nada” o “no me llega”. Pero solo después de leerlo. Descalificar a un autor, sin conocer su obra, es una ligereza y sobre todo una mezquindad. Así sucede en la vida. Así y peor. Dylan lo dijo hace más de medio siglo en una hermosa pieza en la que llamaba a los padres y a las madres de la tierra a no criticar lo que no eran capaces de entender. Una canción que, por cierto, tiene en su letra una parte que encaja muy bien con la actual realidad de un país que conozco muy bien y que vivo a fondo todos los días. “Vengan congresistas por favor oigan la llamada y no se queden en el umbral, no bloqueen la entrada, porque el que resultará herido será el que se quede estancado, afuera hay una batalla furibunda que pronto golpeará sus ventanas y hará crujir sus muros, porque los tiempos están cambiando”. La historia se repite aquí y allá. Antes y después. Y cuando un artista logra universalizar su obra con certeza estética, no solo se sostiene en el tiempo, sino que inspira a muchas generaciones de seres humanos. Dylan es uno de esos. Un portento. Con su fea voz, que es única.