“El que viene después del Black Friday. Dos días antes del Cyberlunes. Me pregunto: ¿Cuántos de quienes me rodean habrán preparado pavo el pasado jueves de Acción de Gracias? ¿Se imagina alguien a los gringos comiendo fiambre el 1 de noviembre?”. 

¿Qué hago en este centro comercial? Aparte del ridículo, deambulo y me adhiero a la algarabía enajenada. Me dejo llevar por la convocatoria tentadora. Por la reluciente seducción. Las rebajas que van del 20 al 50 por ciento de descuento. Hasta el 70, en algunos casos. Mucho de lo que no se vende, presumo. El gran negocio. Mas no para mí; para los comerciantes.

La economía que se mueve con la pujanza de una clase media que “se compra” su efímera felicidad, en el supuesto glamour de las tiendas y de las marcas. Me confieso culpable: siendo intimista caigo en la trampa. Pero en mi defensa apunto que se me oprime el corazón cuando veo tanta superficialidad. E inevitablemente pienso en quienes ni por asomo pueden darse esos “lujos”. Recibo una llamada. Es una colega que sufre de desempleo desde hace meses. Le pregunto el consabido ¿cómo está?, y su respuesta es categórica: “Estoy bien, ¿o quiere que le cuente?” Sin comentario. Veo padres con sus hijos en el jolgorio desenfrenado del consumo. Unos, porque les sobra; otros, porque se endeudan. Medito: las familias vencidas jamás serán unidas; familia que compra junta, se destruye junta. Matrimonios en victoria que se derrotan a sí mismos.

Me aturde tanta gente. Es sábado de ofertas. El que viene después del Black Friday. Dos días antes del Cyberlunes. Me pregunto: ¿Cuántos de quienes me rodean habrán preparado pavo el pasado jueves de Acción de Gracias? ¿Se imagina alguien a los gringos comiendo fiambre el 1 de noviembre? Me abstraigo un par de minutos del bullicio que me marea. En un apartado de una boutique marco mi celular para hablar con un colega a quien despidieron hace un par de días. Lo oigo golpeado, pero firme. No logro articular palabras lúcidas para consolarlo. “Es duro”, me dice. Y aunque yo confíe plenamente en que saldrá adelante, se me revuelve la ira cuando, en contraste, veo a un político corrupto exhibiendo su dispendio altanero.

“Ojalá pronto le caiga la CICIG”, me digo. Y ahí empieza mi verdadera angustia. Porque mientras las rebajas me atacan con sus cautivadores mensajes, se me viene a la mente que esta semana no ha sido la mejor para la lucha contra la impunidad, y que ese bufete de los ex abogados de la Comisión más la renuncia del fiscal del caso La Línea, en serio me preocupan. Y aunque admito que es precipitado, me aflige lo certero de la deducción matemática aplicable en este episodio: dos más da cuatro. Estaba claro que las mafias no iban a quedarse tan tranquilas después del remezón que sufrieron a partir de abril.

Y el momento para el contraataque es el ideal. La desactivación de la realidad que viene junto con el paquete navideño ya empezó. A partir de hoy, el convivio es ley. Yo, mientras tanto, diviso desde las gradas eléctricas la panorámica de la histeria colectiva hilvanada en las compras. Veo a una pareja de jóvenes que alucina frente a las vitrinas. Son múltiples lo cuadros similares a mi alrededor. En una tienda de ropa la gente se arrebata las prendas buscando su talla. Pienso en mis colegas desempleados. Ambos tan valiosos. Ambos tan honestos. Y por cruda casualidad, vuelvo a cruzarme con ese político corrupto que exhibe con pésimo gusto su dispendio altanero.

Recuerdo las palabra del comisionado Iván Velásquez, en cuanto a que no le inquieta la salida de los dos abogados de la CICIG que ahora van a prestar sus servicios de “asesoría legal”. Oigo en mi memoria el reporte de radio en el que la fiscal general Thelma Aldana afirma que hay más abogados en su equipo, capaces de argumentar en el caso La Línea. Regreso entonces a las matemáticas: dos más dos da cuatro. Pero también existe la posibilidad de sumar esfuerzos para llenar de nuevo la Plaza, si eso fuera necesario.

Y así, treinta mil más treinta mil da sesenta mil. Y sesenta mil más muchos miles más da como resultado un pueblo que no permite retrocesos. Decido en este preciso momento abandonar el centro comercial. Odio tanta algarabía enajenada. Vivo en un mundo en el que la felicidad falla en la promesa de poder comprarse con dinero, pero en el que el dinero no falla prometiendo comprar la felicidad y el poder. De ahí tanta corrupción.

Escribo esto en el Cyberlunes de ofertas por internet. De algún modo celebro que ya pasó el Black Weekend.