Las más de 30 comunidades que se ubican en la zona de adyacencia (una franja entre los dos países: un kilómetro hacia el oeste de la línea impera la ley guatemalteca y un kilómetro hacia el este de la línea, la beliceña) son las más alejadas de las áreas urbanas de Petén.

Para llegar hay que desviarse de las carreteras de asfalto y recorrer caminos de terracería en vehículo de dos a tres horas. Durante el trayecto se observan fincas de ganado y algunas poblaciones, conforme se avanza se aleja la infraestructura.

Publinews visitó dos de las áreas más afectadas: San José Las Flores, en Melchor de Mencos, y San Marcos, en Dolores.

Las comunidades están aisladas y solo precarios caminos de piedra y tierra separan las viviendas, que han sido construidas con lo que se tiene a mano. No hay servicios básicos. Son escasos los hogares que poseen un panel solar en el techo, que les lleva un poco de luz durante la noche. Las casas cuentan con un dormitorio principal en el que se ubican varios adultos y niños. Hay otras, que tienen algunas camas y hamacas en el patio.

La incertidumbre que se percibe en ambos lugares es evidente. No es para menos, ya que no contar con un límite específico con Belice hace que los pobladores, que sobreviven de la agricultura, ingresen en territorio vecino sin percatarse. Esta confusión ha provocado la muerte de diez guatemaltecos que, según las autoridades beliceñas, se adentraron a su territorio.

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El caso más reciente fue la muerte de Julio René Alvarado Ruano, de 13 años, el 20 de abril. En el incidente también fueron heridos su padre y un hermano. Desde ese momento se aumentó la tensión entre ambas naciones, que mantienen una disputa territorial desde 1859 y que buscan elevarla a la Corte Internacional de Justicia, y supuso el primer roce diplomático del gobierno de Jimmy Morales.

Este hecho desencadenó una serie de acusaciones entre ambos gobiernos, tanto que el presidente Morales le solicitó a la Organización de los Estados Americanos (OEA) que elaborara una investigación del caso.

La comisión que conformó la OEA concluyó que las heridas que mataron al menor fueron ocasionadas por miembros de una ONG de ambientalistas beliceños que acompañaban con armas a la patrulla de soldados el día del incidente y descartó la postura de las autoridades nacionales, que aseguran que los disparos los realizaron las fuerzas de seguridad de ese país.

El gobierno guatemalteco desacreditó las conclusiones del informe. El cruce de posturas también llegó a la asamblea general de la Organización de las Naciones Unidas. Durante su discurso Morales afirmó que “durante los últimos meses ya no encontramos una actitud recíproca de Belice”.

El canciller beliceño, Wilfred Elrington, criticó con dureza el hecho de que Guatemala no acepte las conclusiones del informe.

Piden justicia

En San José Las Flores no olvidan a Julio René. Han transcurrido siete meses de su muerte. Con lágrimas en los ojos, don Carlos sigue lamentando cómo “las fuerzas armadas de Belice me atacaron y me quitaron a mi brazo derecho”.

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“Me arrebataron a la persona que me ayudaba a trabajar, los beliceños no mataron a un perro, era mi hijo. He vivido una situación muy difícil. Tuve que dejar mis tierras y me moví a otro lugar, no porque yo quisiera, sino porque tuve que buscar trabajo”, asegura.

Lo que quiero es justicia. Que las autoridades de Guatemala le exijan a Belice que se esclarezca el caso. El día del ataque, los beliceños me pudieron haber arrestado, si es que yo hubiera cometido algún delito, pero nos dispararon. Han sido siete meses difíciles”, recuerda.

Desde el incidente, los pobladores temen adentrarse más allá, en donde consideran que ya están en Belice.

“Tenemos miedo de adentrarnos, no sabemos en qué momento estamos en tierras beliceñas. Lo que pedimos es que las autoridades se pongan de acuerdo y definan esa línea”, narra Otilia Pérez.

Por momentos el silencio invade el lugar y solamente se escucha el ruido de un balón. No hay pretexto para un partido de futbol. En un terreno, al lado de la escuela, se ha improvisado una cancha, las porterías son de madera.

Originarios de Izabal

El panorama en la comunidad de San Marcos es similar al que se vive en San José Las Flores. La diferencia: varias abarroterías. Los pobladores adquieren artículos de primera necesidad. Eso sí, el temor del conflicto con el vecino país sigue intacto.

“Atrás de esa montaña está Belice. Hace tres años mataron del otro lado a Tomás, ahora mejor ya no nos pasamos”, explican los pobladores.

Una de las tiendas, que está a la par de una iglesia católica, es atendida por Jorge Ramos. “Soy de Izabal, y hace 28 años llegue a este lugar. Antes me dedicaba a la agricultura, pero vendí una parcela. Ahora, le alquilo este espacio a la iglesia y puse la abarrotería”, expone.

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Agrega que poco a poco la población ha entendido que no debe caminar hacia el terreno beliceño. “Claro que tenemos miedo, es necesario que exista una línea real que divida los dos países. Muchas veces más de alguno se cruza, pero no es por mala intención, simplemente no hay algo concreto que nos indique que ya se está en Belice”, expone.

En el ingreso de una de las últimas viviendas de esa comunidad se asoma Gloria Díaz, también originaria de Izabal. “Pasen adelante, acá vivo junto con mi esposo y mis hijos. Ellos no están, porque salieron a sembrar. De eso vivimos”, asegura.

En su hogar se observa un cuarto con una cama y hamacas. En el piso hay mazorcas. “Con esto hago tortillas”, explica. Relata que hace cuatro años se instalaron en ese lugar. “En Izabal no hay trabajo, por eso nos trasladamos. Acá hay siembra”, añade.

Díaz comenta que, a pesar de vivir cerca de Belice, han tomado en cuenta las recomendaciones de las autoridades guatemaltecas y no cruzan hacia terrenos del vecino país. “Dicen que allí vigilan los patrulleros de Belice, nosotros mejor no nos pasamos”, agrega.

Oportunidades

La problemática, que se ha traducido en pobreza en las poblaciones que se ubican en la zona de adyacencia, se debe a la falta de tierra para el cultivo, debido a que son áreas ganaderas y el suelo se ha ido degradando. En su afán por obtener recursos para subsistir, los pobladores cruzan del lado de Belice.

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En una reciente visita que el embajador del Reino Unido en Guatemala, Thomas Carter, realizó a estas dos comunidades, supervisó algunos de los proyectos que se impulsan con la contribución de la organización Balam, de la Coordinadora de Asociaciones Campesinas Agropecuarias de Petén (COACAP) y de los ministerios de Agricultura, Ganadería y Alimentación, y de Relaciones Exteriores.

En ambos lugares, se ha echado a andar un plan que incluye huertos familiares, criaderos de tilapia y el engorde de aves de corral. Además, los agricultores reciben capacitaciones para el cultivo, la cosecha y la comercialización de cacao injertado, izote, pony, xate, canela y pimienta.

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“En un reciente estudio que realizamos en las áreas de zona de adyacencia se reveló que el índice de las necesidades básicas en la población asciende a 30%. La principal causa que motiva a las personas a cruzar de un lugar a otro, sin importar arriesgar su vida, es la falta de tierras”, explica Ronaldo Chacón, enlace entre Balam y la COACP.

Añade que en la zona de adyacencia ha ocurrido un “fenómeno de concentración de tierras extremo”.

“Solo 29% de las personas tiene al menos un área que va de media manzana a 20 manzanas. El resto del territorio, que es área protegida, es de personas que han logrado concentrar la tierra y que han dejado a los habitantes de esas comunidades siendo empleados”, explicó.

"Proyectos buscan el desarrollo"

La zona de adyacencia no es una frontera, es una línea imaginaria con una zona buffer (zona de adyacencia), para evitar incidentes. La Corte Internacional de Justicia será la que resuelva el diferendo territorial, insular y marítimo.
En la vecindad de la línea de adyacencia, hay establecidas alrededor de 36 aldeas y caseríos guatemaltecos, para cuyos habitantes la Cancillería guatemalteca diseñó una serie de programas agrícolas de siembra de xate, frijol, maíz, y otros.
Estos proyectos buscan el desarrollo económico de los habitantes de las aldeas y los caseríos ubicados en la zona, brindarles una oportunidad de ganarse la vida con sus propias plantaciones y así coadyuvar a conservar el bosque.

Carlos Raúl Morales, ministro de Relaciones Exteriores