Cuando se camina sobre las toneladas de tierra que sepultaron las casas en la colonia El Cambray II, Santa Catarina Pinula, es imposible no detenerse a observar la parte del cerro que se derrumbó. Si se guarda silencio se escucha el agua del río entre las piedras y el viento que sopla en el cañón, lugar que estaba lleno de vida hace un año y que ahora solo es recuerdo del dolor.

Oliver de Ros

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La tragedia de la noche del 1 de octubre de 2015 está viva en la memoria de muchas personas, pero es una cicatriz en el alma de familiares y amigos quienes lograron sobrevivir o llegaron en busca de los suyos en la oscuridad. Tampoco ha sido fácil de borrar de la memoria de policías, socorristas y personas quienes expresaron su solidaridad con acciones.

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El sitio ya no se puede habitar, según dictamen de la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (Conred) pero hay personas que regresaron a lo que quedó de sus viviendas sin importar el riesgo. Carecen de electricidad, agua potable o una calle, luego que el trazado original fuera desfigurado por el alud.

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En el ingreso de la colonia están las primeras casas deshabitadas, luego sigue la tierra que sepultó viviendas, y después hay otros inmuebles, algunos habitados, por donde deambulan perros raquíticos que apenas se inquietan con los intrusos.

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Dormitorios, salas y cocinas sin muebles donde la luz ingresa con timidez, ropa, zapatos y algunas pertenencias tiradas en el suelo, así como marcos sin puertas ni ventanas son los vestigios de la vida que hubo en el lugar. La mayoría de sobrevivientes prefirió dejar el pasado de muerte para enfrentar un presente donde al gobierno se le ha hecho tarde para dar respuesta con el proyecto habitacional Mi Querida Familia, en San José Pinula, que aspira ser de 181 casas.

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Un año sin su esposa e hijos

Samuel Morales Herrera tiene una relación indirecta con la muerte todos los días. Vive en un apartamento que está en el segundo nivel de un inmueble donde funciona una funeraria en Santa Catarina Pinula. Vive allí tras haber perdido a su esposa Teresa de Jesús y a sus hijas Wendy y Jackeline Jasmin, de 22 y 11 años de edad, y a su pequeño Kevin, de 3 años.

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A su rutina de trabajo, que es de tarde y noche en una farmacia de la zona 10, se suma atender a periodistas en la mañana. Ya no le es ajeno dar entrevistar, colocarse donde el fotógrafo o camarógrafo requieran y responder preguntas.

Samuel dice que contar su historia le ha servido para desahogarse ya que nunca se le asignó un psicólogo que diera seguimiento a su salud mental. Él fue quien llegó una hora después de haber ocurrido la tragedia y excavó con una pala en busca de su familia, en una tarea en la que solo él confiaba y que 11 días después le permitió alcanzar su objetivo: ver de nuevo a su esposa e hijos, aunque sin vida.

A Wendy, la mayor, quien en noviembre de ese año se graduaría de una especialidad de enfermería a nivel universitario, recuerda que la encontró acostada, viendo hacia arriba y con el teléfono celular en la mano.

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La consigna que tenía era que la maquinaria no mutilara los cuerpos. Con tristeza recuerda que aunque a su pequeño de 3 años lo encontraron completo, en la maniobra para extraerlo fracturaron su cráneo. Asegura que esas y otras escenas las lleva en su mente y fueron las que le provocaban un llanto incontrolable en las primeras semanas. Ahora se considera un tanto más reconfortado.

En la semana previa a la tragedia pasaron eventos en la vida de Samuel que nunca vio como anticipo de lo que ocurría. Una semana antes había muerto su abuela. La tristeza aún la tenía el jueves 1 de octubre, pero aún así logró almorzar con sus hijos por el Día del Niño. A Kevin lo llevó consigo para comprarle papas fritas.

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El martes de esa semana, recordando la muerte de la abuela, Teresa, su esposa, le dijo que cuando ella muriera quería ser enterrada en un ataúd de color gris con ángeles. “Yo quiero en una igual” recuerda que le comentó Jasmín cuando se sumó a la charla. “Ustedes en lo que piensan” les respondió él. Dos días después ambas estarían muertas. Samuel no aceptó los féretros que se regalaron a los familiares de víctimas y logró conseguir los que tenían las características de las que su esposa le había mencionado.

Cargan con su dolor y pérdida

Mientras comparte lo que sufrió, Samuel acepta caminar por lo que queda de una calle de El Cambray II que da a un inmueble donde funcionaba la tienda “Regalito de Dios”, que destaca por el color azul profundo de su fachada.

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Ese era uno de los comercios del sector, como la verdulería que atendía Teresa. Doña Carmen, la dueña del “Regalito de Dios”, vive en una casa que está a 200 metros de la zona cero y a unos 100 de su antiguo negocio.

Samuel se suma al intento de los periodistas de hablar con doña Carmen. Toca con insistencia el portón de una casa en malas condiciones, los perros lo ven, pero no ladran. Toca con más fuerza y luego se escucha ¡no hay nadie! con tono molesto. El mensaje es claro, no todos quieren hablar de su pérdida.

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Lecciones de vida en medio de la muerte

En el cementerio de Santa Catarina hay una serie de nichos donde yacen los restos de las víctimas de El Cambray. Un grupo de estudiantes del Centro Educativo por Cooperativa (Cedoop) de Santa Catarina Pinula llegó rendir homenaje a sus 16 compañeros fallecidos.

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Pero no todos fueron inhumados en ese lugar. Hay casos como el de Dany Álvarez, de 17 años, quien el año pasado se graduaría de bachiller.

Ana Mercedes Ramírez, directora del Cedcoop, recuerda que Dany vivía solo en la colonia ya que sus padres alquilaban una habitación para él y le enviaban dinero desde Jutiapa. El joven vivía solo y agradecía el cariño de sus amigos. Sus familiares viajaron al lugar tras conocer la tragedia. Tuvieron que esperar 8 días para encontrar el cuerpo sin vida y llevarlo a Jutiapa.

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“Valorar el don de la vida” asegura la directora que es una de las lecciones que aprendieron los alumnos con la tragedia. Para ese 1 de octubre tenían una refacción por el Día del Niño que terminaron repartiendo a los colaboradores que extrajeron tierra y cadáveres, recuerda.

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A su criterio, ahora los estudiantes son más unidos y solidarios. Antes de retirarse de los nichos que adornaron con flores, oraron, lloraron, se abrazaron y aplaudieron. Luego soltaron globos de color blanco en memoria de sus compañeros, a quienes no volvieron a ver.

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En el Colegio Mixto Las Margaritas pasaron una situación similar. Este Día del Niño alumnos y profesoras lucieron caritas pintadas y disfrutaron de dulces y sorpresas, pero antes de la fiesta se respetó un minuto de silencio por cuatro víctimas que estudiaban con ellos.

Se trató de los hermanos Jeison y Marielos, de 12 y 9 años de edad, Jennifer de 11 y Jackeline Jasmin, la hija de Samuel, a quien la directora, América Tahuite, saluda con respeto y afecto.

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El acabo de año por las víctimas de El Cambray II

Para descender al área de desastre la municipalidad de Santa Catarina Pinula facilita un medio de transporte y el acompañamiento de la Policía Municipal y de la Nacional Civil.

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La comuna, dirigida aún por Víctor Alvarizaes, procesado por homicidio culposo al igual que el exalcalde Antonio Coro, quienes gozan de libertad bajo fianza, coordinó diferentes actividades este sábado 1 de octubre para recordar a las víctimas.

Una de ellas es una reunión frente a la municipalidad a las 6:30 horas, a las 7 habrá una misa y a partir de las 20 horas comenzará una vigilia que terminará a las 7 horas del domingo.

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En la actividad se darán reconocimientos a quienes destacaron por su solidaridad así como a algunos familiares de las víctimas.

Aunque las conmemoraciones se hagan lejos del área de la tragedia, quienes lloran a sus víctimas saben que la verdadera “zona cero” es la que llevan en su corazón.
 

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