"Yo subí a hacer un mandado de mi mamá y cuando regresé ya no había nada", recuerda el adolescente Carlos Ac, triste, desconsolado porque se ha quedado solo.

El joven es originario de la cabecera de Quetzaltenango y está con la misma ropa con que salió de casa minutos antes del alud que sepultó la aldea El Cambray II, en Santa Catarina Pinula con más de 600 vecinos, entre ellos la mamá de Carlos y sus siete hermanos. La familia sobrevivía de la venta de tortillas.

Cerca de las grandes máquinas miraba atenta hacia el suelo Lucía López, que busca a sus tres primos y su tía. La casa donde vivían está soterrada junto con otras 125.

Ellos tenían varios años de vivir acá. Yo en cambio vine desde la zona 21”, explicó.

"Mi esposa tenía 21 años y mi bebé dos años. Yo estaba trabajando en un McDonald's. Usualmente salgo a las 11:00 de la noche, pero ese día tenía varias tareas y salí a las 4:00 de la mañana, estuve llamándola pero no me respondió. Nadie me avisó. Cuando llegué al lugar fue que supe todo. Nunca me imaginé esto. Lo último que me dijo cuando le hablé por teléfono en la tarde fue que me amaba. Yo también la amo", dijo Nehemías González, con sus ojos clavados en el suelo.

Haroldo Pérez llegó al lugar desde San Marcos, acompañado de cuatro familiares. Trajo consigo palas con las que escarbaba para buscar a su hermana Mary Pérez, de 36 años. Dijo que su hermana es secretaria y que no sabe de ella desde el deslave.

Nora Morales, con una pala llegó a excavar aunque los rescatistas se lo impidieron porque “ya son suficientes”. Ella espera localizar a su hermana y a sus tres sobrinos. “El jueves vine a visitarlos. Ese día nos despedimos sin saber lo que sucedería”.

A su lado está Miguel Mejía, aún triste y sorprendido por la magnitud de la tragedia. “Viajé desde San Cristóbal Totonicapán y me sumé al rescate. Espero encontrar a mi hermana Olegaria Mejía y mis tres sobrinos”.

Garivaldi Ramírez recordó que vivía desde hace 24 años en la aldea. Sabe que el lote y el sector. La noche de la tragedia salió y al regresar su casa su esposa e hija ya no estaban, solo había tierra. “Me angustié pero luego las encontré, los bomberos las sacaron, gracias a Dios están bien”.

En La zona cero del desastre, los socorristas trabajaban incesantemente. Por momentos hacían sonar un silbato y alguien grita "¡silencio!". Todos callaban alrededor de un minuto para tratar de escuchar mejor algún signo de vida.

"¡Somos la unidad de rescate. Si hay alguien acá por favor haga ruido o grite!", decía un socorrista, que puso su cabeza en el suelo y trataba de escuchar algo. Si nada se oía, entonces sonaba el silbato dos veces en señal de que se debe continuar con el trabajo.