El laboratorio francés Grimault  vende  “cigarros para el asma”. En el prospecto que describe sus propiedades, figura también su utilidad para combatir el insomnio, la bronquitis o las tensiones de la agitada vida moderna. 

Esto podría ser un ejercicio de futurismo para el próximo año, cuando las farmacias uruguayas empezarán a vender cigarrillos de cannabis. Se trata, sin embargo, del pasado, más precisamente de fines del siglo XIX, cuando los cigarros de marihuana eran de venta libre en Uruguay. Lo mismo ocurría con la cocaína, la morfina y el opio en diferentes formas. La búsqueda de los “paraísos artificiales”, entonces, comenzaba en las farmacias.

Luego vino un largo período de criminalización de su consumo, producción y venta, desde fines de los años veinte del siglo XX. En los años ochenta se inició una larga lucha con la brigada Luca Prodan, de la Juventud Socialista del Uruguay, bajo la consigna de “liberar a los presos por fumar”. Así hasta llegar a más recientes movilizaciones, que incluían masivas “fumatas” en los espacios públicos. Finalmente, el 10 de diciembre del 2013, el Parlamento uruguayo aprobó la ley que regula el mercado de la marihuana, la producción controlada por el Estado, su comercialización, tenencia y usos recreativos, medicinales e industriales. La intención es una: apoderarse del mercado del narcotráfico.

La polémica no se hizo esperar. Mientras la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) catalogó a la medida como una violación de los tratados internacionales y el New York Times se refirió a Uruguay como “república marihuanera”, la revista The Economist definió al pequeño país sudamericano como “modesto, audaz, liberal y amante de la diversión”. Personalidades como Mario Vargas Llosa, George Soros, Juanes y el expresidente brasileño Fernando Henrique Cardoso aplaudieron la audacia.

Pocos días después de la legalización, ya se creaba la Federación de Cannabicultores de Uruguay, que fomenta el consumo y cultivo responsable de la marihuana dictando talleres gratuitos. Para el cultivo a gran escala se han apuntado a concurso público 22 empresas –ocho uruguayas, diez extranjeras y cuatro mixtas– para ser una de las cinco que proveerán al Estado de una tonelada de marihuana anual por cinco años (renovables).

Mientras se espera la venta en farmacias para fines de verano del 2015,  ya proliferan en Montevideo los negocios especializados en el autocultivo. La tienda Juanagrow, en el elegante barrio residencial de Pocitos, a orillas del Río de la Plata, es uno de ellos. Richard Duplech, apoyado en una vitrina donde se ofrecen pipas, es uno de los socios. En el local además se ofrecen carpas de cultivo que pueden cobijar entre seis y nueve plantas (a 700 dólares), tijeras de poda, medidores de ph y fertilizantes, además de la tierra ideal preparada por un ingeniero agrónomo. 

Empezamos a fumar recreacionalmente, con un par de amigos con quienes se daba la coincidencia de ser epilépticos y observamos que ciertos movimientos involuntarios que se dan en nuestra enfermedad se aliviaban por el consumo de marihuana. Así empezamos a cultivarla hace 18 años para no comprar porquerías”, nos cuenta Richard, mientras muestra las pipas y explica su preferencia por los vaporizadores, instrumentos sin combustión que no despiden ni olor ni humo y se venden desde 100 dólares. “El vaporizador es ideal para los enfermos, es una forma saludable de consumir la marihuana, sin humo que te irrite los pulmones”. 

El proceso para aceptar la marihuana en la sociedad uruguaya no será fácil. El contendiente de Tabaré Vásquez en la segunda vuelta presidencial de este domingo, Luis Lacalle Pou, ha anunciado modificaciones a la ley en el caso (muy improbable) de ganar. El presidente José Mujica no retrocederá, ya lo anunció en su jerga gauchesca: “No recularemos ni un  tranco de pollo”. Pero  tampoco  se cierra  y no deja de repetir que se trata de un experimento. El tiempo dirá si la ley logra su objetivo –mantenerse y quitarle piso al narcotráfico– o se hace humo.