La izquierdista Dilma Rousseff inicia este jueves su segundo mandato en Brasil acosada por un escándalo de corrupción en la estatal Petrobras, y forzada a tomar medidas de ajuste frente al deterioro de la séptima economía del mundo.

Fiel a la tradición, Rousseff, de 67 años y vestida con una falda y una blusa color crema de encaje, abordó un Rolls-Royce descapotable de 1952 y recorrió, sonriente junto a su hija Paula, la vía de la explanada de los ministerios rumbo al Congreso, donde tomará juramento. 

La mandataria, una exguerrillera torturada por los militares, asumirá su segundo y último mandato consecutivo de cuatro años tras vencer al socialdemócrata Aecio Neves con una ventaja del 3% de votos en octubre. Una coalición de nueve partidos le garantizará mayoría en el Congreso.

La primera mujer en gobernar este país de más de 200 millones de habitantes, segundo productor mundial de alimentos y con enormes reservas petroleras, comienza el gobierno con buena parte del país en contra, una popularidad recortada (del 79% de 2011 al 52% en 2014) y un panorama desalentador para la economía.

Rousseff deberá lidiar de entrada con el escándalo en Petrobras. La empresa e inversionista más grande de Brasil está en el centro de una trama de corrupción que involucra a un cartel de las principales constructoras del país, que pagaban millonarios sobornos a cambio de contratos.

Treinta y nueve personas están siendo procesadas por la justicia, y varios políticos aliados del gobierno pueden correr la misma suerte. La policía estima que la red de corrupción movió unos 4.000 millones de dólares en la última década.

"Voy a investigar duela a quien duela, no va a quedar piedra por levantar", prometió Rousseff. Sin embargo, decidió mantener al frente de Petrobras a Graça Foster, muy cercana a ella, pese a los pedidos de la prensa y la oposición a favor de un cambio de mando en la estatal.