La organización ambientalista Greenpeace llevó una osa polar gigante hasta la Cumbre de Cambio Climático COP21 para que los ministros, que en este momento negocian a puerta cerrada, se comprometan con decisiones serias que ayuden a salvar el planeta

La osa se llama Aurora. Tiene cabeza de madera y toda en conjunto es tan grande como un autobús de dos pisos. Mueve la cabeza, puede caminar, abre la boca y, sobre todo, hace llamados urgentes para que el planeta no se siga calentando y se descongele su casa y la de miles de osos polares.

Aurora llegó hasta la COP21 a pedir que los ministros tengan en cuenta tres aspectos fundamentales a la hora de negociar aspectos trascendentales como, por ejemplo, cuántos grados más se dejará calentar el plantea. La apuesta ambientalista es que sea máximo dos grados, porque más que eso podría ser literalmente mortal para ecosistemas, especies y para la raza humana.

Lo primero que piden es que los combustibles fósiles (la gasolina, por ejemplo) queden eliminados para siempre y nunca más vuelvan a ser usados a partir de 2050, y que eso, por supuesto, lo dejen como una decisión tomada los negociantes, y que a su vez los gobiernos se comprometan a cumplir. Esto significa que todos cambiemos nuestros estilos de vida por unos que incluyan energías renovables y medios de transporte alternativos.

Lo otro que esperan que se firme es que cada cinco años cada Estado revise sus compromisos y los mejore. Que antes de 2020, cuando debería entrar en vigor el acuerdo de París, empresas y países se propongan objetivos mucho más ambiciosos.

Finalmente lo que esperan es que quede el compromiso de que quien contamine, pague. Los países que más daños generan al medioambiente deberían pagar millonarias sumas que ayuden a mitigar esos daños.