Varios indigentes tuvieron un lugar privilegiado, cerca del altar mayor junto con cardenales y otros prelados que vestían de verde, luego de que el papa Francisco les invitara a una de las últimas misas que oficiara en el Año de la Misericordia, el cual culmina el 20 de noviembre.

La misa se realizó en la basílica de San Pedro. Algunos mostraban largas barbas, chaquetas manchadas y rotas y, en el caso de un hombre, un gran tatuaje en la cabeza calva que se hizo evidente al inclinarse.

En su homilía, Francisco dijo que Dios y el prójimo son las mayores riquezas en la vida.

Papa Francisco

AFP

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"Todo lo demás —el cielo, la tierra, todo lo que es bello, incluso esta basílica— pasará, pero jamás debemos excluir a Dios y al prójimo de nuestras vidas", dijo el papa.

El pontífice amplió sus declaraciones recientes sobre la necesidad de alentar las políticas sociales de la inclusión contra el trasfondo de políticos que deben su popularidad creciente a que promueven políticas de exclusión de inmigrantes de otras religiones, razas u orígenes étnicos en los países desarrollados.

"Es ominoso que nos estemos acostumbrando a este rechazo", dijo Francisco. "Debemos preocuparnos cuando nuestras conciencias están anestesiadas y ya no vemos al hermano o la hermana que sufre a nuestro lado o no advertimos los problemas graves en el mundo, que se convierten en un sonsonete en las noticias vespertinas".

Dijo que es un "síntoma de esclerosis espiritual" cuando la gente se concentra en la producción de bienes más que en el amor al prójimo.